No sin mi hija: 5 blood father de cine al rescate de sus retoños
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No sin mi hija: 5 padres coraje de cine

No sin mi hija: 5 padres coraje de cine

No hay nada peor que un blood father, un padre enfadado, porque le han tocado un pelo a su hija. Y no digamos ya si se la secuestran o si la utilizan para chantajearle. La cosa se complica cuando ese papá encima es un ex marine de las fuerzas especiales o un asesino a sueldo

No hay nada peor que un blood father, un padre enfadado, porque le han tocado un pelo a su hija. Y no digamos ya si se la secuestran o si la utilizan para chantajearle. La cosa se complica cuando ese papá encima es un ex marine de las fuerzas especiales o un asesino a sueldo superdotado. El caso es que la historia del cine está llena de padres coraje que han movido cielo y tierra para proteger a su descendencia. Un argumento inmortal que cada director enriquece como mejor sabe: historias de redención, conflictos generacionales, odas a la familia disfuncional o simplemente relatos de acción encabronados.

Esta semana llega a las carteleras Blood Father, un buen exponente del subgénero protagonizado por padres coraje. Y aprovechamos su estreno para dar un repaso a unos cuantos papás que lo dieron todo por sus hijos en la gran pantalla. Relatos con muchas explosiones, persecuciones, pólvora y algo de paranoia.

Hardcore: un mundo oculto (1979)

El padre coraje más esquizo de esta lista. Ya que en realidad se trata de un burgués calvinista de maneras autoritarias, incapaz de procesar la idea de que su hija se haya fugado de casa para introducirse en el mundo del porno. Para luchar contra eso, se inventa una historia: se la han llevado a la fuerza. Paul Schrader, con un estilo crudo y directo, introduce al espectador en esa búsqueda desesperada y en la mente paranoica del padre, un desatado George C. Scott, capaz de utilizar y pisotear a todo aquel que se le ponga por delante con tal de conseguir su empeño.

Profundamente triste y patético, el descenso a los infiernos del personaje sirve de negativo, con altas dosis de vitriolo, a todo aquel cine de justicieros urbanos de los setenta. Es de destacar también la fotografía impresionista de Michael Chapman (casi psicoanalítica en el clímax final) y la música experimental de Jack Nitzsche.

Secuestro en Central Park (1980)

Película que merece una reivindicación urgente. Este thriller seco, trepidante y políticamente incorrecto, que apenas da respiro al espectador, ofrece un retrato despiadado del Nueva York de principios de los años ochenta, recorriendo sus calles, lugares emblemáticos y tribus urbanas varias. James Brolin, ex policía metido a camionero, protagoniza una accidentada búsqueda a contrarreloj de su hija, secuestrada por error por un vecino perturbado harto de la especulación inmobiliaria que sufre la Gran Manzana. Filmada en su totalidad en exteriores, Secuestro en Central Park destaca también por las apariciones de secundarios como Dan Hedaya (su policía facha es memorable), Mandy Patinkin y una jovencísima Julie Carmen.

Camino a la perdición (2002)

El mejor filme de Sam Mendes, un neo-noir estilizado con una fotografía alucinante de Conrad L. Hall (fallecido pocos meses después del rodaje) que adapta un celebrado cómic de Max Allan Collins y Richard Piers Rayner. Aquí, el que debe proteger la vida de su hijo es Tom Hanks, un asesino a sueldo que se enfrenta a su jefe, Paul Newman, para defender a su retoño, testigo involuntario de un crimen que pone en peligro a toda la organización mafiosa. El tono fatalista de la historia, el talento de Mendes a la hora de re-imaginar el cine negro clásico, la interpretación de Hanks en uno de sus papeles más complejos, y la presencia de Jude Law también como refinado sicario, hacen de Camino a la perdición un must.

Venganza (2008)

Hace ocho años Luc Besson tuvo la idea –genial- de actualizar al justiciero setentero a lo Charles Bronson en el personaje de un ex-agente de la CIA de buen corazón y padrazo, que se convierte en una máquina de matar cuando alguien toca y secuestra a su hija. Venganza, que creó su propio paradigma en el nuevo cine de acción y que dio origen a dos secuelas inferiores al original, contiene un pequeño discurso de Liam Neeson que forma parte ya de la cultura popular: “No sé quién es usted, ni sé lo que quiere. Si espera cobrar un rescate le aviso de que no tengo dinero, pero lo que sí tengo es una serie de habilidades concretas, habilidades que he adquirido en mi vida profesional, habilidades que pueden ser una pesadilla para gente como usted. Si suelta a mi hija, todo quedará zanjado, no le buscaré ni le perseguiré, pero si no lo hace le buscaré, le encontraré y le mataré”.

Blood Father (2016)

Mel Gibson se interpreta a sí mismo en esta notable historia de redención sobre un ex-convicto que hace todo lo posible por salvaguardar la vida de su díscola hija, mezclada en asuntos turbios con los carteles de la droga mexicanos. Crepuscular y descreída como los mejores westerns americanos de los años setenta, Blood Father no destaca por su puesta en escena, formularia y con poco músculo, sino por los diálogos llenos de chispa entre Gibson y sus partenaires secundarios (William H. Macy y un Michael Parks crecido y encallecido), por el retrato de los Estados Unidos fuera de la ley, y por como describe el choque entre lo viejo y lo nuevo; la generación Instagram vs moteros fachas.

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