Microrrelato de San Valentín
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Con vistas al mal

No hay tiempo para amar

No hay tiempo para amar

Eran muy jóvenes. Se gustaron enseguida, con un grado de intensidad que llamaba la atención en los que les rodeaban. Bastaban dos miradas para que sus mentes se leyeran las intenciones a distancia, o en lugares concurridos donde el ruido distorsionaba cualquier mensaje. Formaban un ensamblaje tan perfecto que a momentos sentían como si sus

Eran muy jóvenes. Se gustaron enseguida, con un grado de intensidad que llamaba la atención en los que les rodeaban. Bastaban dos miradas para que sus mentes se leyeran las intenciones a distancia, o en lugares concurridos donde el ruido distorsionaba cualquier mensaje. Formaban un ensamblaje tan perfecto que a momentos sentían como si sus cuerpos fluyeran del uno al otro, una ósmosis carnal de la que estaban convencidos que eran detentores y pioneros.

Aún así había algunas goteras en este paraíso: Les aterraba sentir algo tan terminante por alguien sin apenas haberse asomado a la vida, y por alguna circunstancia no creían en aprovechar el momento y despreocuparse por el futuro. Diseñaron entonces un plan que les permitiera respirar un tiempo alejados uno del otro, para inevitablemente volver a encontrarse en el momento propicio. No resultaba fácil despedirse por las buenas. Se buscó un motivo real o inventado, se mal escenificó una bronca con celos y dardos en forma de cuchillos, y cada uno siguió por su lado. El síndrome de abstinencia posterior les demostró que estaban hechos el uno para el otro, pero al mismo tiempo les llevó a redoblar sus esfuerzos.

Él empezó enseguida otra relación en la que no creía. Ella fingió enamorarse y hasta quedó embarazada. La niña era una preciosidad pero no consiguió otra cosa que acentuar su nostalgia. Volvieron a verse primero como amigos, luego a escondidas, lo cual no era necesario pues siempre que coincidían causaban en el resto una sensación como de intrusismo, que casi les empujaba a dejarles espacio propio. Decidieron de nuevo marcar distancias, pero por un sentido eminentemente práctico: él aspiraba a unas oposiciones suculentas y ella quería centrarse en ver crecer a su hija. Conforme fue pasando el tiempo descubrieron que la sincronía se había desajustado. Cuando uno de ellos estaba dispuesto, el otro se encontraba sujeto por la enfermedad terminal de la madre de su pareja, o por una depresión compartida, o por un destino laboral lejano e impracticable. Se encontraban siempre que podían, pero mayormente para echarse en cara no haber podido disfrutar de tal o cual momento. Lo que venía a ser para gritarse el uno al otro ¡Salta!

"Happily Ever After", Dina Goldstein.

Happily Ever After, Dina Goldstein.

—Me habría gustado escucharte animándome a huir de aquel trabajo.
A mí tus abrazos cuando Lisa y su neumonía.
—Me habría encantado aún más esa playa contigo.
A mí cumplir los 30 a tu lado.

A la desincronía siguió la frustración de la oportunidad que se pierde, del tiempo que no se vive y que por ello se marcha sin casi dar sensación de acabarse. El haber planificado del mismo modo sus trabajos, siguiendo un plan preconcebido del que nadie aseguraba su cumplimiento, aumentaba sus ansiedades. Se hicieron amantes, solo por las náuseas que les provocaban los días no compartidos. Sus mentes seguían leyéndose como libros abiertos, sus cuerpos seguían encontrándose en el punto exacto donde la necesidad pasa a ser el centro de una diana. Soñaban en los viajes que harían en el futuro, acaso para acallar las quejas de los destinos que no compartieron en el pasado. El día que acudieron al psicólogo especializado en disfunciones de pareja estaban tan nerviosos que no se dieron cuenta de la mirada estupefacta que aquel les dedicaba, sin saber bien a las claras si estaba hablando con un par de masoquistas inconsistentes, o con dos especímenes únicos que se habían perdido en algún lugar de su particular andadura. Una pareja que, de algún modo, necesitaba a un poder superior que le corrigiera una trayectoria. Conforme profundizaba en su historia, empezó a sospechar si, por encima de las otras dos teorías, no estaría hablando con un par de imanes perfectos que, por un cambio de polaridad parecido al que tú y yo podemos sufrir con nuestro metabolismo, no podrían sino repelerse hasta el fin de sus tiempos.

Solo pudo aconsejarles no haberse encontrado nunca.

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