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Mujeres directoras de cine de terror

Mujeres directoras de cine de terror

Derribar mitos sobre el cine de terror y las mujeres tras la cámara, es algo necesario. En los últimos años estamos asistiendo a una enorme cantidad de películas de género dirigidas por mujeres, de una calidad incuestionable, incluso algunas de ellas han puesto patas arriba los elementos narrativos de las historias. Remontándonos un poco al

Derribar mitos sobre el cine de terror y las mujeres tras la cámara, es algo necesario. En los últimos años estamos asistiendo a una enorme cantidad de películas de género dirigidas por mujeres, de una calidad incuestionable, incluso algunas de ellas han puesto patas arriba los elementos narrativos de las historias. Remontándonos un poco al pasado cercano, debemos recordar a la directora estadounidense Kathryn Bigelow por aquella maravilla titulada Near Dark (1987), que en España se tituló con el más poético Los viajeros de la noche. Este filme, con el paso del tiempo, se ha tornado en clásico del género, obra de culto con trazas de western vampírico, que narraba una historia atípica y valiente: un joven convertido en vampiro que rehúye de su nueva naturaleza, la de cazar para sobrevivir. Bigelow solventa un argumento sólido, pero estereotipado, siendo aclamada por su pulso en la dirección. Una prisma diferente sobre el género, otra vuelta de tuerca sin caer en banalidades. Recuperamos esta obra, y a su directora, para enfatizar que a finales de los ochenta la visión de una mujer recompuso los cimientos del vampirismo en el cine.

Near Dark (Kathryn Bigelow, 1987)

Near Dark (Kathryn Bigelow, 1987).

Regresando a la actualidad, algunos de los grandes hitos están firmados por la mano de una mujer. The Babadook (2014), supuso un aluvión de traumas y miedos que inundaron la pantalla. Su directora, la australiana Jennifer Kent, propone algo más que un mero filme de terror, con sus sustos y sangre. Ella avanza en ese terreno desmarcándose, en la medida de lo posible, de los clichés que abarrotaban el imaginario colectivo, para sumergirnos en una familia disfuncional monoparental, una madre trabajadora y viuda que lucha por sacar adelante a su hijo. El drama de la madre es parte de la historia, es uno de los ejes que hacen crecer la angustia que sufren ambos. Una mujer sola, frente a sus miedos y a los de su hijo. Kent, de un modo muy inteligente, nos muestra el mal que convive con nosotros, ese monstruo que ha entrado en sus vidas y al que no podemos sacar con la facilidad que nos gustaría. La reinterpretación de los cuentos de terror como metáfora de la soledad y del miedo a esa soledad. El vehículo es el manido subgénero del haunted house: una casa endemoniada que quiere expulsarte de ella o atraparte, pero donde Kent llena de capas la historia, hasta hacernos temer de la soledad.

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The Babadook (Kent, 2014).

Si  The Babadook (Kent, 2014) fue un éxito, con los Premios del Jurado y Mejor Actriz en el Festival de cine de terror de Sitges, ahora nos centramos en una película que resultó ser muy incómoda para el público, que hirió alguna sensibilidad, pero que aterrorizó (y sobre todo escandalizó) a una audiencia que no estaba preparada para esa dosis de violencia. La directora francesa Julia Ducournau ha logrado, merced a su ópera prima, Crudo (2016), colocarse en un lugar destacado en el universo del cine de terror, para algunos incluso gore. El filme, que como toda película de culto suele estar acompañado de polémica, comenzó su andadura en el alambre del escándalo en su proyección en el marco del Festival Internacional de Cine de Toronto (Canadá), donde cuentan que se desmayaron varias personas del público. Esto, sumado a un argumento controvertido (el canibalismo), generaron un caldo de cultivo en las expectativas del público que culminó con su estreno. Al final, la película se alzó con varios y prestigiosos premios que la pusieron en el candelero, más allá de ese episodio de desmayos. Sitges y Cannes se rindieron a sus pies, y el público la aceptó como una obra de su tiempo. No solo es un filme de terror sin más, Ducournau profundiza en los primeros años de universidad de una chica tímida, alejada de la familia, descubriendo sus propias deseos, sus necesidades desconocidas.

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Crudo (Julia Ducournau, 2016).

El despertar sexual y la atracción por comer carne humana, el placer que halla en ello son el anzuelo de algo más profundo. El terror no reside en el acto caníbal, sino en la despersonalización que pretenden hacer con la protagonista, su propia hermana la quiere transformar en un producto depilándola, preparándola para el mundo de la Universidad. La directora francesa no teme en adentrarse en senderos extraños, difusos, casi neblinosos. Justine, la protagonista, viene de un hogar vegano, donde la alimentación se transforma en dogma incuestionable, donde lo bueno viene impuesto por la familia. En su primer año de veterinaria prueba la carne, el pecado de la muerte animal está su paladar. La chica abraza la carne, el placer enfermizo que ésta le provoca, el poder que esta le da de libertad, de empoderamiento, de marcar su camino a dentelladas. Un placer diferente, una vida diferente. El canibalismo como el despertar a una nueva vida, su propia vida.

Cada una con un estilo visual y narrativo diferente, estas directoras han acuñado un sello de personalidad, pero sobre todo, han logrado hablar de las mujeres desde el terror, sin que el espectador note que casi todo es una fábula sobre un mundo que ahoga a las protagonistas, donde la sociedad las asfixia. El cine de terror está cambiando.

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