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Música

¿Mejor solos que acompañados?

  • En Música
  • 28 Junio, 2017
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¿Mejor solos que acompañados?

Es como la multiplicación de los panes y los peces: basta que un puñado de músicos recuperen la marca que les hizo célebres, su antigua enseña grupal, y automáticamente su clientela se desdobla como por ensalmo. De actuar ante unas cuarenta o cincuenta personas a hacerlo antes mil o dos mil. Hace tan solo unos

Es como la multiplicación de los panes y los peces: basta que un puñado de músicos recuperen la marca que les hizo célebres, su antigua enseña grupal, y automáticamente su clientela se desdobla como por ensalmo. De actuar ante unas cuarenta o cincuenta personas a hacerlo antes mil o dos mil.

Hace tan solo unos días, un veterano músico nos comentaba lo fácil que le resultaba todo cuando se trataba de desenterrar el nombre de su antigua banda (reunida de nuevo en este 2017, con ocasión del 25 aniversario de uno de sus mejores discos) y lo complicado y farragoso que se tornaba cuando se trata de promover sus trabajos y sus giras en solitario, una lid en la que tampoco es precisamente un debutante.

No nos atreveríamos a hacer una comparativa con otras escenas, ajenas a nuestro país (cualquier cotejo, aparte de odioso, resultaría incompleto y seguramente sesgado), pero diríase que el nuestro no es precisamente un territorio proclive al fomento de carreras en solitario a largo plazo. Siempre hay, por supuesto, excepciones que confirman la regla: el caso de Iván Ferreiro, de Xoel López o de Coque Malla, sin ir más lejos.

Pero cuando la nostalgia por una banda emblemática entra en juego, la justicia poética de sus resurrecciones acaba por entrar siempre en abierta contradicción con la sostenibilidad de las carreras paralelas -posteriores a su primera disolución- de sus miembros. El fenómeno casi tiene hechuras de maldición.

Comenta José Ignacio Lapido, otro insigne superviviente, en su propio blog, que ya tiene canciones nuevas a las que dar salida. En realidad -confiesa- ya las tenía grabadas desde hace más de un año antes, pero los fenómenos sobrenaturales (así describe la exitosa resurrección de sus 091) habían postergado su edición.

El próximo otoño nos traerá su octava entrega en solitario, y es más que lógico dudar de que el multitudinario rescate de 091 (llenando plazas de toros) o la buena acogida de su anterior gira formando tándem con Quique González (abarrotando salas), vaya a redundar en que los próximos conciertos a su nombre -regidos por una imponente discografía que se explica por sí misma- consigan reunir a alguien más que al habitual escaso centenar de personas que siempre acude a verle. Rezaremos por equivocarnos, desde luego.

Aún duele más contemplar esa desproporción, esa diferente acogida por parte del público, cuando es el propio músico quien aprovecha su singladura en solitario para progresar permanentemente, para dejarse imbuir de nuevas compañías y de nuevas sonoridades, para lanzarse a la piscina sin el yugo grupal ni el fardo de los prejuicios encima, dotando a su propio lenguaje de una riqueza y una diversidad difícilmente imaginables en los albores de su carrera.

Ese bien puede ser el caso de Josele Santiago, quien -a poco que sigan así las cosas- perderá la cuenta de las veces que ha reunido a Los Enemigos, mientras las soberbias entregas que lleva despachando a su nombre desde principios de este siglo son acogidas con fervor tan solo por una inquieta minoría. Transilvania, su quinto álbum, también llegará con las primeras brisas del otoño (o los últimos calores del verano, finales de septiembre), así que habrá que volver a cruzar los dedos para que su eco no vuelva a quedar absurdamente amortiguado por los rescates escénicos de su antigua banda. Esta “El bosque” es su adelanto, por cierto.

Es precisamente Raül Fernández Refree quien le ha producido esta nueva remesa de canciones a Santiago. Y decimos precisamente porque si alguien -entre muchos otros, como puedan ser Nacho Vegas, o, más recientemente, Hans Laguna, Nacho Umbert, Joan Colomo y otros- hizo carne el tránsito desde aquellos años 90 tan grupales (la inequívoca sombra del primer indie) a una reformulación de la figura del cantautor pop en España, desprovista de todos los prejuicios que arrastraba desde los años 70, fue precisamente él, con sus primeros discos.

La distancia del cantautor folk de guitarra acústica y ceño fruncido al singer songwriter de toda la vida no era tan amplia. No es de extrañar, cargando de argumentos nuestra tesis, que su prosperidad como músico haya tenido más que ver con sus labores de producción y sus ententes creativas con voces femeninas (Sílvia Pérez Cruz, Rosalía) que con cualquiera de los capítulos que fue destilando a nombre de Refree, en una progresión ejemplar entre 2002 y 2013.

Fernando Alfaro también ha sido uno de quienes han gozado en alguna ocasión de los servicios de Raül Fernández Refree. Puede decirse que la situación de quien fuera compositor principal de los Surfin’ Bichos, de nuevo rescucitando este año aquellas composiciones que alumbraron hace 25 años (el fabuloso Hermanos Carnales), es análoga- prácticamente idéntica, si nos ceñimos a su poder convocatoria por separado- a la de su compañero Joaquín Pascual.

Poco parece importar lo que hagan por su cuenta. Que afilen su escalpelo melódico, que recubran sus canciones con texturas inéditas, que se esmeren por tender puentes con la música incidental o con el mundo del cine. Terminará esta nueva gira con Surfin’ Bichos en loor de multitudes, con la buena acogida de sus reediciones y nuevas -y merecidas- hipérboles críticas, y luego volverá el frío de esos conciertos casi en familia. Salvo milagro. 

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