Martha, el paso del tiempo y las canciones perennes - el Hype
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Martha, el paso del tiempo y las canciones perennes

Martha, el paso del tiempo y las canciones perennes

La primera novela del periodista musical Fernando Navarro desgrana una conmovedora historia con sello coming of age en la que la música pop juega un papel esencial. Marta, la antagonista del relato que sirve para hilvanar la primera novela de Fernando Navarro (Madrid, 1981), afirma en uno de sus pasajes algo francamente concluyente sobre el poder de

La primera novela del periodista musical Fernando Navarro desgrana una conmovedora historia con sello coming of age en la que la música pop juega un papel esencial.

Marta, la antagonista del relato que sirve para hilvanar la primera novela de Fernando Navarro (Madrid, 1981), afirma en uno de sus pasajes algo francamente concluyente sobre el poder de las canciones. Al menos sobre aquellas que, pese a estar escritas a miles de kilómetros de distancia y bajo una rúbrica ajena, sirven muchas veces para explicar muchísimas cosas acerca de nosotros mismos: son como norias imparables, recalca de forma entusiasta.

La descripción es grandilocuente, pero casa con ese fragor de la post adolescencia que se palpa en la lectura de sus frecuentes flashbacks, a través de los cuales el peso de la música pop comienza a configurarse como permanente hebra con la que detallar el relato de nuestra vida. El pop, el rock, la música popular, en definitiva, como enorme pozo sin fondo: ese milagroso asidero con el que miles de corazones disléxicos (por emplear la terminología de Paul Westerberg, aunque, al fin y al cabo, ¿quién no lo es?) hayan cobijo a sus dilemas, sus explosiones de júbilo, sus pesadumbres e incluso sus  comprometidas declaraciones de amor. Como la de Javi, el protagonista de este libro.

De todo eso trata Martha. Música para el recuerdo (66 RPM Edicions). Un libro que incorpora la “h“ intercalada a su título como homenaje a la canción de Tom Waits, incluida en Closing Time (Asylum, 1973), su álbum de debut. El tema de Waits como búsqueda desesperada de aquel sonido al que un cúmulo de palabras nunca hará justicia. Así es al menos como lo contempla su personaje principal.

El libro nos habla no solo sobre la música pop como eterna tabla de salvación en medio de la deriva emocional más devastadora. También trata de forma ejemplar sobre el paso del tiempo, sobre las oportunidades perdidas, sobre el tránsito de la juventud a la madurez. Sobre cómo los viejos ideales se van arqueando. Sobre la supervivencia laboral en tiempos de zozobra, la transformación del periodismo en un contexto de crisis y la necesidad de obedecer a los propios instintos sin embarrancar por el camino. Sobre perseguir los sueños de toda la vida, y cómo estos acaban materializándose en algo que nunca termina de corresponderse con el candoroso esquema mental que nos trazamos en nuestra adolescencia.

Martha es una historia de recuerdos y aprendizaje vital. De evocaciones de largos veranos en un pueblo de la serranía madrileña, en esa época en la que todo es futuro. De descripción de un presente prosaico y sometido a decisiones trascendentes, marcadas por el troquel de la pérdida. Un relato que también nos habla de la forma en la que disfrutábamos de la música en ese momento iniciático en el que nuestros tótems musicales se erguían como gigantes ante nosotros, hablándonos de tú a tú. Compartiendo un mismo código. Y de cómo consumimos esa misma música pasados los 30 o los 40 años: con la celeridad propia de este sinvivir de vida y la inmisericorde voracidad a la que nuestra actividad laboral nos constriñe, más propensos a engullir que a degustar (no cuesta mucho atisbar los pespuntes autobiográficos en sus páginas).

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La primera novela del periodista Fernando Navarro es una historia de amor, sí. Poco convencional en su amargo trasfondo aunque muy accesible en su formato. Esa clase de relato que enganchará por igual a un estudiante de secundaria que a un padre o madre de familia. Con ciertos paralelismos con el canon de la británica One Day (2010), de David Nicholls, tan deudor a su vez de Nick Hornby. Pero exuda tal derroche de sensibilidad a través de ese canto a la vida que esboza, que se devora en un pispás. Con el corazón encogido y un nudo en la garganta.

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