«Mac y su contratiempo» de Vila-Matas: Joy in Repetition - el Hype
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Hermosos y malditas

«Mac y su contratiempo» de Vila-Matas: Joy in Repetition

«Mac y su contratiempo» de Vila-Matas: Joy in Repetition

«Hermosos y malditas» es una geografía al este de Fitzgerald que tiene que ver con la literatura y con la vida, aunque, paradójicamente, ni el oscilante escritor americano de corazón irlandés, ni los móviles personajes de The Beautiful and Damned (Gloria Gilbert y Anthony Patch) supieran exactamente qué hacer con su vida. Nosotros tampoco, pero

«Hermosos y malditas» es una geografía al este de Fitzgerald que tiene que ver con la literatura y con la vida, aunque, paradójicamente, ni el oscilante escritor americano de corazón irlandés, ni los móviles personajes de The Beautiful and Damned (Gloria Gilbert y Anthony Patch) supieran exactamente qué hacer con su vida. Nosotros tampoco, pero lo cierto es que nos gusta invitar, en el este donde suena en bucle Marianne Faithfull («Trouble in Mind»), a perderse en novelas y pensamientos, canciones y poemas comprometidos con la escritura de la literatura y también con la vida. Es por ello que Enrique Vila-Matas suele aparecer («París no se acaba nunca» no se acaba nunca) en esta latitud de EL HYPE.

Leí la última novela de Vila-Matas, Mac y su contratiempo, en un sillón que regresó a la habitación verde de mi casa tras la muerte de mi suegra, Julia, mujer precisamente de sastre, mujer muy leída, que escribía poemas y «literatura del yo». Oportunamente, como supe pronto por esta estupenda novela/diario de la repetición, repetía yo estos días de Semana Santa (fiestas que siempre me han perturbado profundamente) una vida en la rutina: mi mujer me trae muy temprano un café a la cama, porque se levanta antes que yo y porque está contenta de que la noche anterior haya fregado yo los platos y barrido bien toda la casa, pues siempre he temido mucho la posibilidad, recogida en una serie de sueños de la infancia de que, al despertar, el pasillo amaneciera plagado de leones. Luego leía las ediciones digitales del New York Times, El País, El Mundo, Público, El Diario.es y La Vanguardia mientras sonaba, para atemperar las noticias que repetidamente tienen que ver con Trump y la popularidad que da las bombas, la negación cínica de la crisis económica y las cofradías, “In my head”, un tema atmosférico de Bedroom que siempre me devuelve a lo que ocurre en mi cabeza.

Dedicaba un par de horas a corregir en el Mac una serie de textos sobre Vania en la calle 42 (Chéjov, Louis Malle y David Mamet), dos tesis doctorales, una sobre la inefectividad del derecho de asilo y la otra sobre la llamada Better Regulation (una forma de no repetir errores en la legislación). Luego revisaba mis reseñas sobre Saturno, la novela de Eduardo Halfon y sobre El arte de desaparecer, título ambos muy afines a los deseos que albergo sobre la siempre postergada idea de escapar de aquí. Deseo sospechoso de desaparecer porque (enseguida estuve muy de acuerdo con Pierre Zaoui) hay muchas maneras indiscretas de desaparecer: por miedo a la opinión pública, por sumisión servil a las reglas de la buena educación, por prudencia, astucia y cálculo, para realzar la propia imagen social, para arrogarse un toque de elegancia que no se posee, es decir, por refinamiento de un narcisismo. Desaparecer, pero no para aparecer luego refinado o mejor (al modo epicúreo, estoico o cristiano) sino para dejar espacio a los demás, o como en el caso, de la novela de Vila-Matas, desaparecer para dejar espacio a otras voces, «a las otras voces».

Mac y su contratiempo. Enrique Vila-Matas

Bajo al mercado a comprar manzanas, charlo con Kowalski, le subo a mi madre el pan, regreso a casa, pongo La Sexta mientras hago la comida y a las cuatro de la tarde leo con Pimpom. Mi gato se arrellana contra una mesa hecha de papeles de viejos periódicos y me observa creo que contrariado como si su naturaleza breve y caprichosa quisiera recordarme la prioridad de la discreción sobre la literatura. Como estamos de vacaciones, a las ocho bajamos a Pepe a tomar muchos mojitos y entonces pierdo el orden de la repetición y la rutina y pienso sin sentido en la idea de convertirme en alguien distinto a mí o a alguien a quien ya me parezca.

Mi gato en los márgenes de la literatura.

He leído así Mac y su contratiempo, diario diletante y novela que se convierte en muchas voces, novela que ríe y piensa contra la aparente necesidad de escribir con voz propia, literatura sobre la repetición y el juego de la ventriloquía, diario de un estupendo personaje, entre el flâneur de Poe y Buster Keaton, obsesionado con la posibilidad de trazar un remake de la novela del vecino que le ignora.

Hay en la última novela de Vila-Matas voces de muchos cuentistas (Cheever, Djuna Barnes, Hemingway, Carver, Malamud, Chesterton, el Schwob de las Vidas imaginarias), laberintos, diálogos que provocan carcajadas, música, ejercicios de la imaginación, digresiones acerca de la creatividad (la creatividad es la inteligencia divirtiéndose), páginas, pues, divertidas (inteligentes, como insiste innecesariamente el innecesario reclamo de portada) y en muchos puntos conmovedoras: el análisis de la repetición como gesto propio de lo humano, viaje al principio del mundo como en el film de Manoel de Oliveira, la Arabia feliz, la posibilidad de trazar deliberadamente un libro falsamente póstumo e inacabado.

Horóscopos, poéticas (la del escritor que baja a la calle a observar como si lo ignorara todo, para luego escribir como si lo supiera todo), páginas dedicadas a la repetición de los actos del día como obra de arte y que apuntan, creo, a su cuestión central: al ensayo de la escritura como un camino donde lo principal es averiguar qué escribiría uno si escribiese, como un formato de la cuestión, no necesariamente más crucial, de cómo viviría uno si viviese.

Enrique Vila-Matas©

Por una cuestión oscura del «Equipo de Ajustes» de Philip K. Dick, me ha hecho especial gracia la relación entre la polifonía y el acto de desaparecer pues, casualmente, me hallaba yo redactando el prólogo de la antología de cuentos de Óscar Peyrou que tienen que ver principalmente con la muerte (ese gran contratiempo) y, aún más casualmente, me hallaba yo intuyendo que un día Óscar se despediría de todos a la francesa, esto es, con la exquisita fórmula del sans adieu.

Dibujo de cubierta de Adjustement Team, Phillip K. Dick, 1954

Construcción artificial de novelas póstumas e incompletas, arte de la repetición, observación de que las cosas que suceden se vuelven más narrables cuando se escribe un diario y no anda uno sumergido en la gris monotonía de lo real; creencia en una ficción que se reconoce como ficción: saber que no existe nada más y que la exquisita verdad consiste en ser consciente de que se trata de una ficción y, aun así, creer en ella. Un autor, Vila-Matas (V.-M.) que se atreve con todo, que por eso se recomienda mucho en este este de EL HYPE, y que en muchas páginas de Mac y su contratiempo se pregunta incluso por la vida fuera de la literatura (odiadores y mendigos) al otro lado del nebuloso margen de la página, por decirlo con Nabokov.

«El silencio de un hombre» (Le Samuraï), polar francés, Jean-Pierre Melville, 1967.

El silencio de un hombre (Le Samuraï), polar francés de Jean-Pierre Melville (1967).

Flaneos y secretos desternillantes de un matrimonio, Wallace Stevens, palabras moribundas (como «desternillante»), cuentos que se incorporan en nosotros, que los llevamos y los traemos, slapstick, relatos en los que el lector va leyendo lo que va sucediendo en la vida justo en el momento en que eso va ocurriendo. Siempre que leo a Vila-Matas, incluyo en mis planes del día otros planes. He decidido titular un cuento así: Probablemente su mejor cuento. Inspirado en el sobrino odiador de Ander Sánchez, la próxima entrada en EL HYPE se llamará «Moriarty y compañía», dedicada a la maledicencia de los hombres grises, a la opinión sobre Dostoievski de Nabokov, a Salieri, a Karpov y Kasparov, a Norman Mailer y Gore Vidal, a los duelistas, aquel estupendo filme de Ridley Scott, en el que se enfrentaban en un complejo sentido de la repetición, Hervey Keitel y Keith Carradine, el actor de Choose me, del que Greta, mi mujer, dice que me parezco mucho a él.

La muerte tiene que ver con la desaparición, pero también con la repetición. El año que murieron David Bowie y Leonard Cohen, murió también Prince, autor de una canción que me pareció la más sexy del verano, repetida muchas veces en mi cabeza cuando me enamoré de una asesina que paseaba por la playa con sombrilla de Java y de la que nunca alcancé a ver el rostro por completo: «Joy in Repetition».

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