Los clásicos del viejo indie aún tienen mucho que decir - el Hype
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Los clásicos del viejo indie aún tienen mucho que decir

Los clásicos del viejo indie aún tienen mucho que decir

Cuando el indie aún era indie, y no una palabra manoseada hasta no significar prácticamente nada, había músicos que se desmarcaban de las corrientes mayoritarias, que editaban sus discos en compañías prácticamente autogestionadas (algunas firmaban sus contratos en servilletas, a lo Charly Rexach meets Messi, o directamente los estampaban en sangre) y reivindicaban a músicos

Cuando el indie aún era indie, y no una palabra manoseada hasta no significar prácticamente nada, había músicos que se desmarcaban de las corrientes mayoritarias, que editaban sus discos en compañías prácticamente autogestionadas (algunas firmaban sus contratos en servilletas, a lo Charly Rexach meets Messi, o directamente los estampaban en sangre) y reivindicaban a músicos entonces tan ignotos, pero hoy tan conocidos que cuesta creer que alguna vez alguien se viera en la necesidad de desenterrar (The Velvet Underground, Love, The Byrds, Stooges).

Todo aquello sucedía a finales de los años setenta y principios de los ochenta, especialmente en el Reino Unido, pero también en los EEUU. Algunos de los grandes clásicos de aquel viejo indie siguen en activo. Han vivido para contarlo, aunque el éxito rara vez les haya sonreído. Algunos de ellos han atravesado fases de punzante ostracismo, a veces sumidos en adicciones poco recomendables.

Cuatro de esos pequeños grandes nombres han vuelto a editar recientemente nuevos discos. Y hay que celebrar que todos mantienen sus propiedades incontaminadas, sus señales vitales en perfecto estado de revista. Son Pete Astor, The Monochrome Set, Michael Head y Half Japanese.

Al británico Pete Astor ya habría que darle de comer aparte, aunque solo fuera por lo que hizo al frente de The Loft y The Weather Prophets en los ochenta y The Wisdom of Harry a finales de los noventa. Hace ya algunos años que se lo monta en solitario, definiendo un preciso y precioso jangle pop de tiento artesanal, de pretensiones modestas pero hondo calado.

El último capítulo de su primorosa discografía es One for the Ghost (Tapete/Gran Sol, 2018), un álbum para el que ha contado con la ayuda del guitarrista James Hoare (Ultimate Painting, Veronica Fall) y la base rítmica de los Wave Pictures, el bajista Franic Rozycki y el batería Jonny Helm. Savia joven para otro trabajo exquisito.

El deambular de sus paisanos The Monochrome Set a través de diferentes sellos desde finales de los setenta (Rough Trade, Cherry Red, luego en la autoedición y desde hace unos años en la germana Tapete) también ilustra la sempiterna mala suerte comercial de un grupo como el suyo, sin cuya influencia posiblemente no se entenderían los relieves de la música de The Smiths, Belle & Sebastian, The Divine Comedy o Franz Ferdinand (ahí es nada).

Ahora, Bid y los suyos vuelven con otro tratado de pop distinguido marca de la casa, Maisieworld (Tapete/Gran Sol, 2018), y nos consta que están locos por estrenarlo en España. Y por rescatar también sus clásicos, claro. ¿Algún promotor en la sala que se anime a traerlos?

Otro pequeño gran genio subestimado es Michael Head, ese enorme compositor –de la inagotable escuela de Liverpool– que nos dejó tan soberbios álbumes al frente de The Pale Fountains en los ochenta, de Shack en los noventa o de los más fugaces The Strands con el cambio de siglo. Ni siquiera el apoyo decidido de Noel Gallagher le reportó una popularidad medianamente acorde con sus méritos. Adiós, Señor Pussycat (Violette Records) es su espléndido retorno tras una fase de su vida en la que estaba más allá que acá.

Un disco que es también una resurrección en toda regla, tan creativa como vital, al más puro estilo de los últimos retornos de Martin Phillips (The Chills) o Peter Perrett. Guitarras acústicas, violines y trompetas en una colección de canciones otoñales, inteligentes y rebosantes de clase, de las mejores que aparecieron a finales del año pasado.

Y cerramos este repaso, que nos estaba quedando tan británico, yéndonos al otro lado del charco. Porque de Maryland (EEUU) procede una de las bandas más singulares que ha dado nunca el post punk norteamericano: los Half Japanese de Jad Fair, quienes franquean con creces la barrera de las sesenta primaveras expidiendo esas efervescentes melodías marca de la casa, de esquivo y desmañado poder de seducción, con una urgencia chocante para su edad.

Las camadas del lo fi de los 90 (el arco que va de Beat Happening a Sammy, pasando por Sebadoh, Pavement o Guided By Voices) les reverenciaban. La escuela escocesa del anorak pop (The Pastels, Eugenius, BMX Bandits) tomó siempre buena nota de sus enseñanzas. Y Kurt Cobain les adoraba. Pero, más allá de esa influencia, lo realmente proteico es que sigan sacando a paseo discos como Why Not? (Fire Records, 2018). El decimoséptimo. Quién lo diría.

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