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Líbranos del mal (Deliver Us From Evil, 2014)

Líbranos del mal (Deliver Us From Evil, 2014)

Un agente de policía de Nueva York investiga una serie de asesinatos que parecen guardar relación con posesiones demoníacas. Hagan la prueba: se aprende más viendo malas películas. Los trucos de guión quedan fácilmente al descubierto cuando son torpemente manejados, del mismo modo que la tosquedad de la realización evidencia los mecanismos retóricos convocados por

Un agente de policía de Nueva York investiga una serie de asesinatos que parecen guardar relación con posesiones demoníacas.

Hagan la prueba: se aprende más viendo malas películas. Los trucos de guión quedan fácilmente al descubierto cuando son torpemente manejados, del mismo modo que la tosquedad de la realización evidencia los mecanismos retóricos convocados por la enunciación. En este sentido, Líbranos del mal representa un dilatado (pero poco imaginativo) muestrario de sobresaltos auditivos (la nueva película de Scout Derrickson conserva poco del inquietante uso del sonido de su anterior filme, Sinister) y lugares comunes del cine de terror.

El fantástico ha pretendido paliar la endémica carencia de imaginación que parece atravesar en el nuevo milenio recurriendo a la fórmula del pastiche, a la que abiertamente se acoge Líbranos del mal con su mezcolanza (encontronazo, más bien) de algunos de los estilemas más representativos del subgénero de posesiones (diseminados a lo largo de la investigación policial que estructura el relato y que tendrá su clímax en un exorcismo didáctico) y thriller policiaco cuyo inequívoco referente es Seven, de David Fincher (véanse la nocturnidad y la omnipresente lluvia que bañan la acción de ambos filmes, que acontece en contextos urbanos).

Hay, empero, un espacio que escapa a tan apocalíptica connotación: el hogar del protagonista, el único iconográficamente corriente que aparece en todo el metraje ―y que alberga en su interior un crucifijo que preside ostentosamente la escalera de la vivienda (bastaba con este detalle para dejar claro que sus inquilinos son católicos, pero el redundante guión cree necesario que verbalicen su semanal asistencia a misa)―. Dicho sea de paso, la inclusión con calzador en la trama de la familia del personaje principal genera situaciones de lo más gratuitas, como su irrelevante (en términos dramáticos) secuestro.

Líbranos del mal (Scott Derrickson, 2014)

Así, queda claro que la peripecia dramática de la pareja protagonista (un detective de homicidios y un sacerdote experto en exorcismos) deviene una peculiar cruzada evangelizadora. El horror de los actos humanos que Ralph Sarchie (Eric Bana) ha de contemplar diariamente en su trabajo no puede sino ser obra de un mal mefistofélico. Esto parece querer decirnos Derrickson, cineasta que había prestado un especial interés a la lucha entre relativismo posmodernista y absolutismo religioso en El exorcismo de Emily Rose.

Sin embargo, aquí no rentabiliza de manera satisfactoria los conflictos y traumas pasados de sus personajes, cuya construcción como individuos atormentados es el mayor punto de interés de un filme en el que el terror está tan devaluado que las fuerzas luciferinas ya no se sirven del heavy metal o del hard rock como medio difusor de sus mensajes, sino que recurren a temas de The Doors.

Líbranos del mal (Scott Derrickson, 2014)

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