Crítica de Leviatán por Rubén Higueras
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Leviatán (Leviafan, 2014)

Andrey Zvyagintsev se confirma como uno de los nombres indispensables del cine europeo moderno con su cuarto largometraje, ganador del premio al mejor guión en el pasado Festival de Cannes. Un símbolo de extraordinaria polisemia corona la costa rusa bañada por el Mar de Barents. El esqueleto de una ballena viabiliza diversas lecturas del último

Andrey Zvyagintsev se confirma como uno de los nombres indispensables del cine europeo moderno con su cuarto largometraje, ganador del premio al mejor guión en el pasado Festival de Cannes.

Un símbolo de extraordinaria polisemia corona la costa rusa bañada por el Mar de Barents. El esqueleto de una ballena viabiliza diversas lecturas del último largometraje de Andrey Zvyagintsev que, merced a su complementariedad, fortalecen su discurso. El Leviatán del título se refiere a ese Estado absoluto (y absolutista) de la obra homónima de Thomas Hobbes al cual los hombres ceden voluntariamente parte de su libertad y poder individual, mediante un pacto social que les garantiza seguridad, única manera de poner fin a los conflictos que generan los intereses particulares.

El director de El regreso (2003) se sirve de personajes reconocibles de la crónica política y social contemporánea para retratar de qué manera la Rusia presente mantiene ese contrato con sus habitantes. En este sentido, el filme se revela con celeridad como la crónica de un fracaso anunciado: el del minúsculo ciudadano engullido por la monstruosa maquinaria del poder estatal (el Leviatán titular, mefistofélico demonio bíblico) que favorece a los poderosos (la puesta en escena ubica con inteligencia la imagen del retrato de Putin en el despacho de Vadim, de manera que observa/vigila/preside la tensa conversación entre éste y Dmitri, que revela de qué sucias maneras se consuman los asuntos políticos en la actualidad). La lectura de la sentencia judicial, en un plano secuencia en el que la jueza lee de manera acelerada el veredicto revela su inexorabilidad: el sistema deja nula posibilidad al débil para alterar su lógica en beneficio del más fuerte. No es gratuito, en este sentido, que las primeras imágenes del filme estén acompasadas por una sinfonía compuesta por Philip Glass para la ópera Akenatón (1984), otra lúcida meditación en torno al poder.

Leviatán (Leviafan, 2014)

Leviatán (Leviafan, 2014)

Pero la osamenta del inerte cetáceo también podría interpretarse como la representación de la nietzscheana idea de la muerte de Dios. El rechazo de la creencia religiosa conduce también al de sus valores morales, que el individuo sustituye por los suyos. Así, la religión se ve reducida a utensilio para limpiar la imagen pública de los altos cargos los domingos mientras entre semana cometen toda clase de crímenes en contra de los mandamientos sagrados. El Leviatán de Zvyagintsev es también el propio ser humano: tal y como afirmó Hobbes en la referida obra, “el hombre es un lobo para el hombre”.

Leviatán (Leviafan, 2014)

Leviatán (Leviafan, 2014)

En una secuencia del filme, uno de los personajes se niega a disparar al cuadro de Putin porque no ha mediado el tiempo suficiente para que se le juzgue como dirigente. Zvyagintsev deja, empero, un retrato desolador (aunque no exento de puntuales ramalazos de humor) de la Rusia contemporánea, convertida en un cadáver devorado por sus propios habitantes (la lúgubre fotografía de Mikhail Krichman ayuda a crear la penumbra visual de una Rusia que agoniza).

Magistral en su estudiada puesta en escena y en su lenta pero firme progresión dramática, Leviatán es un título clave destinado a erigirse en referente del cine europeo contemporáneo.

Leviatán (Leviafan, 2014)

Leviatán (Leviafan, 2014)

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