"Las distancias": Elena Trapé y el desencanto - el Hype
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“Las distancias”: Elena Trapé y el desencanto

“Las distancias”: Elena Trapé y el desencanto

Las distancias, segundo largo de Elena Trapé, es una película que te deja tocado, casi tocado y hundido. Un (involuntario) retrato generacional de los treinta y tantos, los que se comieron la crisis, y que también refleja ese momento, más universal, en el que te preguntas si estás donde estás porque es lo que has

Las distancias, segundo largo de Elena Trapé, es una película que te deja tocado, casi tocado y hundido. Un (involuntario) retrato generacional de los treinta y tantos, los que se comieron la crisis, y que también refleja ese momento, más universal, en el que te preguntas si estás donde estás porque es lo que has querido, o porque te has dejado llevar. Imperdible.

Todo empieza cuando cuatro amigos de Barcelona deciden presentarse por sorpresa en casa de un quinto, que vive en Berlín y cumple 35. Una idea descabellada, que no puede salir bien. Estreno: 7 septiembre, en los mejores cines.

Ha pasado mucho tiempo desde Blog (2010), tu debut tras la cámara, ¿por qué?

Sí, la verdad es que empecé a escribir en 2011, en el verano que cumplí 35 años, la misma edad que tienen los personajes de la película, pero no rodamos hasta 2017. Costó mucho encontrar una productora que apostase por la película, porque es una película pequeña, con un tono muy particular, sin concesiones, y era muy difícil de vender. Pero una vez Marta Ramírez entró en el proyecto, tardamos tres años en llevarla a cabo, un timing razonable.

¡Ya es hora de crear personajes con los que podamos sentirnos identificadas!

Me llaman la atención algunas simetrías entre Blog y Las distancias. Una cuenta cómo se forma un grupo de millennials (entre ellas Anna Castillo, que prácticamente debutaba), y la otra narra la disolución de un grupo de la llamada Generación X (nacidos entre finales de los 60 y principios de los 80). En la primera, las adolescentes se quedan embarazadas al unísono como acto de rebeldía, mientras que aquí el embarazo de Alexandra Jiménez parece más un gesto de capitulación.

Bueno, me cuesta establecer paralelismos con Blog porque no tengo esa mirada tan externa. Es verdad que en Blog mostraba ese sentimiento naif de pertenencia a un grupo, que te puede llevar a hacer algo muy oscuro y siniestro, mientras que en Las distancias está ese reconocimiento melancólico de que ese grupo con el que viviste experiencias increíbles ha dejado de ser tal. En cuanto al embarazo de Olivia, el personaje que interpreta Alexandra Jiménez, yo solo quería mostrar algo que no he visto en el cine: la embarazada que tiene dudas y no conecta con el embarazo, porque lo ve como el fin de todo. La embarazada que fuma, cosa que parece una tontería pero es un gran estigma. Olivia es una mujer de 35 años que lidia con la culpa, que no sabe si se ha quedado embarazada de la persona adecuada, o si simplemente ha cedido a la presión del reloj biológico. ¡Ya es hora de crear personajes con los que podamos sentirnos identificadas!

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Elena Trapé recoge la Biznaga de Plata a la mejor directora en el Festival de Málaga 2018.

Me da la impresión que los personajes masculinos salen peor parados: Guille (Isak Férriz) es gilipollas; Eloi (Bruno Sevilla), un pardillo, y Comas (Miki Esparbé), un ególatra que no sabe lo que quiere, mientras que Anna (Marta Ribera) se rebela, y Olivia es la líder del grupo, ambas también son más inteligentes que ellos. ¿Es una manera de vengarte de los estereotipos femeninos en las películas dirigidas por hombres?

¡Nooo! Para nada. Es verdad que, como punto de partida, pensamos en personajes tipo, pero la película retrata la evolución emocional de cada uno de ellos. No juzgo a ninguno, y me identifico con todos, en lo bueno y en lo malo. Para Guille, pensamos en el clásico tipo que no te caería bien si lo conoces ahora. Pero lo amo. Lloré con su escena en el aeropuerto. Comas era ese otro que a los 20 está en una fiesta y te hace creer que tiene mucho mundo interior. Pero que, después, con la edad, te das cuenta que nada de nada. A los 20 resultaba carismático, pero a los 35 es un loser. Es muy infantil, aunque posiblemente yo misma hubiese reaccionado como él en su situación. A Eloi le falta sangre e iniciativa… Y Olivia, dentro del grupo, es un chico más, no la chica que todos se han pasado por la piedra. Tiene cierto liderazgo, porque es el aglutinante emocional, la confidente, la detallista, la que procura que los vínculos no mueran. Pero para mí todos están al mismo nivel de incapacidad de gestionar las situaciones. No creo que ellos salgan peor parados que ellas. Todos hacen lo que pueden.

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La película refleja muy bien esa generación que se pegó la gran hostia con la crisis.

Nunca he tenido la ambición, ni la pretensión, de llevar a cabo un retrato generacional, ni con Blog ni con Las distancias. Aquí quería mostrar ese momento que es común para todos, independientemente de cuando hayamos nacido, en el que nos preguntamos si estamos donde estamos a consecuencia de nuestras propias decisiones, o porque simplemente nos hemos dejado llevar… Algo más universal que un retrato generacional. Y la prueba es que, en el Festival de Málaga –donde Las distancias fue la Mejor película, además de cosechar premios para Trapé, como Mejor directora, y Alexandra Jiménez, como Mejor Actriz–, periodistas de todas las edades creían que les hablaba de su generación. El contexto de la crisis no es lo más importante, aunque está claro que les ha marcado. Llegan a ese momento en el que se supone que tienen que dar un salto, conseguir un cierta estabilidad… y ocurre todo lo contrario. Hablamos de una generación muy preparada con idiomas, estudios superiores, masters, pero que daba por supuesto el estado del bienestar. Algunos perdieron hasta sus casas. La precariedad se ha instalado como modo de vida. Es la primera generación que vive peor que sus padres.

Entonces, ¿asumes el retrato generacional? Para mí, cuando una película presenta un grupo de personajes de la misma edad, ya lo es, por defecto, aunque sea accidental.

¡Esa discusión ya la tuve con Sergi Pérez –el director de El camí més llarg per tornar a casa, 2014–, que me decía que asumiera sin complejos lo del retrato generacional. Pero la crisis no es tan importante en la película. Comas, por ejemplo, no forma parte de los que emigraron a Berlín por necesidad. Se fue por motivos más bien artísticos, y tiene esa actitud snob que tienen los que viven ahí desde hace tiempo y fingen no hablar español. Pero sí que es cierto que, cuando empecé a escribir, a mi alrededor flotaba la idea de desencanto. Mucha gente se estaba dando cuenta de que no llegarían a donde pensaban que llegarían. Era el monotema de la época, como ahora los alquileres.

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Aunque hay toques de humor, la película te deja tocado a un nivel bastante hondo, reviste cierta gravedad.

Sí, hay momentos en los que el espectador puede reírse un poco de lo absurdo de la situación, y creo que lo agradece. Por lo demás, es cierto que ha salido más oscura de lo que esperaba, aunque desde el principio sabíamos que iba a ser áspera, ese era el concepto, y lo trabajamos en la imagen, en el sonido, en el montaje… La localización en Berlín también ha sido decisiva en ese sentido. No sólo por el ambiente, sino porque es ese marco lo que desestabiliza al grupo. Si se hubiesen encontrado en Barcelona, hubiesen podido mantener sus roles habituales. Pero el cambio de contexto, y una convivencia prolongada, aunque sea sólo un fin de semana, es lo que hace detonar todo.

Me gusta mucho cómo se muestra Berlín, de un modo envolvente e inmersivo, que huye del cliché.

Sí, aparece un pedazo de muro, porque pasamos por ahí y me pareció bien ponerlo a nivel icónico, y las vistas de la torre de Alexanderplatz son las que veía cada día cuando estuve viviendo en la ciudad. Pero el resto se organizó para que, en mi cabeza, todo tuviera un sentido. Pensé que, al llegar a Berlín, Comas probablemente se alojó en Kreuzberg, un barrio que era muy barato en aquel momento, pero como la gente se va moviendo era más probable que ahora viviese en Friedrichsain, cosa que me permitía filmar en la Karl Marx Allee, que me apetecía mucho; en el mercadillo de Boxhagener Platz, o frente a ese cine en el que se refugia y que me encanta.

Hablamos de una generación muy preparada con idiomas, estudios superiores, masters, pero que daba por supuesto el estado del bienestar.

Me recordó un poco al Berlín de Júlia ist, de Elena Martín.

No te digo que no, pero cuando la vi ya habíamos acabado de rodar, y para mí Berlín fue lo de menos. La película me tocó a saco, porque hice un Erasmus en Inglaterra, y me vi muy reflejada. La soledad por primera vez, el novio que dejas en Barcelona, la relación que se acaba rompiendo, el sentir que ya no encajas cuando vuelves, que algo ha cambiado en ti. Todas esas pequeñas cosas del primer viaje iniciático de alguien que tiene 21 años.

¿Has vivido en Berlín?

Sí, conseguimos una beca de un programa ligado a la Academia del Cine Europeo para escribir el guion en Berlín. Había empezado a escribir sola, y luego se incorporó el escritor Josan Hatero, que es amigo mío desde hace muchos años. De hecho, teníamos un pacto como el de la película. Algo en plan si a los 40 no estamos con nadie, estaremos juntos. Una parida de este tipo. Construimos juntos los personajes, y luego al final, de vuelta a Barcelona, se sumó Miguel Ibáñez Monroy, que es guionista de verdad, y fue el que terminó de apuntalar la estructura.

¿Tenías claro desde el principio que iba a ser una película de reencuentro?

Sí, me gustan mucho las películas de reencuentro, ya sean de amigos o familiares. Son una bomba de relojería, muy melancólicas, y Reencuentro (Lawrence Kasdan, 1983), es una de mis películas favoritas.

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