La radio les salvó la vida: cinco discos magistrales gestados al calor de las ondas
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La radio les salvó la vida: cinco discos magistrales gestados al calor de las ondas

  • En Música
  • 22 Febrero, 2017
  • 1171 visitas
La radio les salvó la vida: cinco discos magistrales gestados al calor de las ondas

El pasado 13 de febrero se celebró el Día Internacional de la Radio. Aquel aparato que se sacó de la manga Guillermo Marconi fue el principal difusor de las sonoridades del rock y del pop durante décadas. Aunque, hoy en día, la proliferación de ordenadores portátiles y dispositivos móviles que reproducen millones de canciones en

El pasado 13 de febrero se celebró el Día Internacional de la Radio. Aquel aparato que se sacó de la manga Guillermo Marconi fue el principal difusor de las sonoridades del rock y del pop durante décadas. Aunque, hoy en día, la proliferación de ordenadores portátiles y dispositivos móviles que reproducen millones de canciones en streaming pueda generar la sensación de que los tiempos dorados de la radio (al menos por lo que respecta al ámbito de la música popular) sean cosa del pasado, más aún en estos tiempos de programas recalentados en forma de podcast.

De cualquier forma, como el binomio entre radio y música pop experimentó durante décadas algo parecido a un idilio perfecto, era perfectamente lógico que algunos álbumes explicitasen esa retroalimentación, que se ha revelado provechosa hasta nuestros días.

Así que allá va nuestro particular Top 5 de discos largos gestados al calor de las ondas herzianas, cinco magistrales tributos (más o menos explícitos) que serían como la versión sonora de lo que cineastas como Woody Allen tramaron en su momento en películas como Días de Radio (1987). Y hay de todo: desde jazz pop a hip hop, pasando por la americana vintage, el rock and roll o el pop orquestal.

#1 Donald Fagen – The Nightfly (Warner, 1982)

El que fuera una de las dos mitades de Steely Dan y uno de los músicos más elegantes de la historia, debutó en solitario con un álbum de marchamo autobiográfico. En él, rememoraba aquellas noches de finales de los años 50 y principios de los 60, en las que siendo apenas un chaval se pasaba horas y horas con la oreja pegada al transistor, escuchando programas de jazz y viajando con la imaginación a remotos destinos tropicales.

De hecho, se llegó a barajar Talk Radio como título provisional del disco. Producido por el habitual Gary Katz, The Nightfly es un delicioso, cálido y nostálgico trabajo con el que Donald Fagen rendía tributo (ya desde su misma portada) a todos aquellos radiofonistas, autoridades contrastadas en la difusión del jazz, que hicieron de su infancia un lugar mucho menos gris.

#2 LL Cool J – Radio (Def Jam, 1985)

La cultura hip hop es completamente indisociable de la radio. No solo porque a través de sus emisoras se propagó como la pólvora su metraje de ritmos y rimas, sino también por el enorme poder icónico de aquellos grandísimos transistores portátiles (los ghettoblasters o boomboxes) que muchos de sus acólitos lucían por las calles de los barrios más degradados de ciudades como Nueva York.

Los personajes del DJ Mr. Love Daddy (Samuel L. Jackson) y Radio Raheem (Bill Nunn, fallecido hace cuatro meses) en el film Do the Right Thing (Haz lo que debas), dirigido por Spike Lee en 1989, serían la concreción más popular de ambas figuras.

El primer álbum de LL Cool J también rendía tributo a aquella cultura de la radio, y fue uno de los primeros álbumes de hip hop en vender considerables cifras, nada menos que 500.000 copias en sus primeros cinco meses. Apuntaló así la prometedora carrera de su autor y del sello Def Jam de Rick Rubin, quien luego popularizaría la música de Run DMC, Public Enemy o Beastie Boys. En retrospectiva, puede hasta chocar lo elemental y básico del sonido de aquel Radio, dada la frondosa evolución del estilo hasta nuestros días.

#3 Paddy McAloon – I Trawl The Megahertz (Liberty/EMI, 2003)

Haciendo de la necesidad virtud, el alma mater de Prefab Sprout palió sus problemas en la retina (que a punto estuvieron de dejarle ciego), y la reclusión doméstica que conllevó la convalecencia tras las operaciones a las que fue sometido, mediante la escucha de horas y horas de programas nocturnos de radio.

Así es como encontró inspiración para formular un trabajo eminentemente instrumental y tan personal como para computar solo a su nombre. Crepuscular, agridulce y conmovedor, sustanció su particular tributo a la radio y algo más que eso: una bella oda al paso del tiempo, que merece perdurar como algo más que un mero apéndice a la discografía de su banda de siempre. Por cierto, que las últimas fotos que han trascendido de McAloon en redes sociales son en compañía, precisamente de…  Spike Lee.

#4 M Ward – Transistor Radio (Merge, 2005)

Como si fuera el devenir del dial de una emisora de radio que brotase en los años 50 en el corazón de Norteamérica, estas dieciséis canciones sin fecha de consumo preferente, publicadas ya en el nuevo siglo aunque nacidas sin edad, confirmaron el enorme talento de Matthew Stephen Ward para repintar como nadie los senderos de una americana con sello vintage (sin la menor connotación peyorativa), que nadie más ha sabido mutar como él en canciones emocionantes.

Fue la embriagadora reválida (tras Transfiguration of Vicent, su tercer disco y el que le dio a conocer internacionalmente, en 2003) de un músico mayúsculo, capaz de poner de acuerdo a quienes suspiran por las lecturas clásicas del blues, del folk o del country y a los cazadores de tendencias.

#5 Paul Westerberg – 49:00 (Autoeditado, 2008)

El último capítulo en la carrera del líder de The Replacements (aparte de su último disco junto a Juliana Hatfield) supuso un glorioso y concluyente corte de mangas a la industria. Una última pirueta final, propia de uno de los más geniales tarambanas que ha dado el rock norteamericano en las últimas décadas, dentro de su propia escalada de actos de autosabotaje.

El origen fue accidental: Paul Westerberg se lesionó una mano con un destornillador, en una extraña faena doméstica (que bien podría ser la versión underground de lo de Keith Richards y su caída de un cocotero), y tuvo que estar un año entero sin tocar la guitarra. Con la movilidad reducida en su mano derecha, optó por reaprender a pulsar las cuerdas dando primacía a su izquierda.

Y acabó por facturar el álbum más casero y destartalado de toda su carrera: en realidad, se trataba de una sola pista de 43 minutos, con más de veinte canciones enlazadas (algunas incluso entremezclándose entre sí, otras acogiendo fragmentos de versiones de los Beatles, Bowie, Alice Cooper o los Rolling Stones). Westerberg lo puso a la venta solo por internet al precio de 49 centavos, y por un tiempo limitado. Es como juguetear con el dial de la radio mientras viajas por una carretera perdida, dijo su manager, Darren Hill. Fue su último golpe de genio hasta ahora, proferido en el lenguaje de las viejas emisoras de radio, alumbrando un diverso e inagotable muestrario de espléndidas canciones.

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