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La insensibilidad del “influencer”

La insensibilidad del “influencer”

The Sartorialist ha visitado las míseras calles de las megalópolis hindúes. Su única reflexión: lo estilosos y fabulosos que son los hombres, mujeres y niños pobres con los que se ha cruzado. Servidor lleva unas semanas enervándose cada vez que se conecta a Instagram y le aparecen las actualizaciones del perfil de Scott Schumann a.k.a. The

The Sartorialist ha visitado las míseras calles de las megalópolis hindúes. Su única reflexión: lo estilosos y fabulosos que son los hombres, mujeres y niños pobres con los que se ha cruzado.

Servidor lleva unas semanas enervándose cada vez que se conecta a Instagram y le aparecen las actualizaciones del perfil de Scott Schumann a.k.a. The Sartorialist en la dichosita red social.

Él, al que le debemos la eclosión de los blogs de street style, se ha marcado un periplo por la India, de donde ha regresado cargadito de fotos, preparadas para ser subidas (también a su blog) y aclamadas vía like por hordas de enfervorizados palmeros.

Hasta aquí, concluiríais que mi irritación se debe o a la hidratante barata que uso o a la envidia, porque yo no puedo costearme un billete a Bombay (tampoco me lo puedo pagar a ningún otro paraíso mecaniano y, por eso, yo me los monto en mi piso, me meto en el baño, le pongo sal y me hago unos largos).

thesartorialist.com

thesartorialist.com

Mi enfado, compartido por algún que otro seguidor entre los 470.000 que atesora Schumman, solo en Instagram, lo provoca el contenido de las imágenes y, sobre todo, los comentarios de su autor al pie.

La miseria más acuciante trasluce en cada instantánea, pero ¿qué creéis que ha hecho The Sartorialist? ¿Aprovechar su notoriedad para denunciarlo? ¿Utilizar el foco de su cámara para -valga la redundancia- poner el foco sobre la situación de estas personas? ¡No, caris! Esto es la Blogosfera, esto es Instagram y él, uno de los mayores influencers en materia de moda.

thesartorialist.com

thesartorialist.com

Por eso, Scott, cuando ve un burka, lo único que tiene que decir es que qué maravilla de colores y qué guantes largos más divinos. De unos niños que van harapientos al colegio, ensalza la actitud airosa que mantiene el chaval. Sobre un señor en un zoco, alaba ese bigote tan bien recortado y esa camisa tan bien planchada. Al cruzarse con un anciano escuálido que no puede permitirse unos calcetines, que cómo mola que se apunte a la tendencia de los blucher a pelo. Es patético que la única reflexión de un líder de opinión ante una imagen que captura la desigualdad más apabullante sea que le va a quedar estupenda colgada “en un rinconcito mono del apartamento” (sic).

Por una falta de sensibilidad del tamaño del Taj Mahal, Schumann se merece el peor de los desplantes que un instagrammer puede recibir: un hiriente unfollow. No pretendo que The Sartorialist se torne en un blog social de fotoperiodismo, ni que Scott abandere causas, venda su coqueto piso neoyorquino y se mude a una chabola en un suburbio de Varanasi. Le pido algo muy sencillo: un poco de tacto.

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