La fe en Death Cab For Cutie merece renovar sus votos - el Hype
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La fe en Death Cab For Cutie merece renovar sus votos

La fe en Death Cab For Cutie merece renovar sus votos

Con Death Cab For Cutie se cumplía últimamente al milímetro esa máxima tan común de los últimos lustros: aguardábamos con impaciencia cada nueva entrega, pero seguramente lo hacíamos más por lo que llegaron a ser que por lo que suponían hoy en día. Nadie le podrá negar el pan y la sal a Ben Gibbard como uno

Con Death Cab For Cutie se cumplía últimamente al milímetro esa máxima tan común de los últimos lustros: aguardábamos con impaciencia cada nueva entrega, pero seguramente lo hacíamos más por lo que llegaron a ser que por lo que suponían hoy en día. Nadie le podrá negar el pan y la sal a Ben Gibbard como uno de los compositores más inspirados y reconocibles de su generación. Merced a una carrera con la que fue cimentando su reputación en la primera década de este siglo. Pero tanto Narrow Stairs (Atlantic, 2008) como Codes and Keys (Atlantic, 2011) habían ido agudizando, progresivamente, esa curva descendiente que ya se venía insinuando desde unos tiempos atrás, pese a sus aciertos puntuales. Demasiado puntuales.

El recientísimo Kintsugi (Atlantic, 2015), editado hace solo unos días, supone una recuperación constatable. Aunque no puntúe (y es hasta cierto punto bastante lógico) a la altura de sus mejores discos, los de mediados de la primera mitad de los 2000. Es el último trabajo que Gibbard graba junto a su inseparable Chris Walla, también productor de infinidad de bandas (The Thermals, Telekinesis, Nada Surf, The Decemberists o The Long Winters) y responsable del que fue tradicionalmente el sonido de Death Cab For Cutie. En esta ocasión, ha sido Rich Costey (Muse, Foster The People, Chvrches) el productor. Pero el cambio no ha mermado la capacidad de la banda. Este “Black Sun”, el que fue su single de adelanto, es una buena prueba de lo que venimos diciendo.

La banda de Ben Gibbard y Chris Walla representó mejor que nadie (quizá solo Modest Mouse estén a su altura) el eslabón perfecto entre la hornada indie norteamercana de los 90 y lo que se entiende por modernidad pop en los 2000. Era fácil detectar en su música la huella de bandas tan emblemáticas como Pavement, Guided By Voices o Built To Spill, surgidas hace más de dos décadas. Pero la mayor accesibilidad de su propuesta (sus discos siempre gozaron de una producción muy pulida), unida a la introducción de pespuntes electrónicos y a esas aportaciones a las bandas sonoras de algunas series juveniles de televisión, establecían un claro nexo con el presente.

Comenzaron a despuntar internacionalmente en 2000 con su segundo álbum, el estupendo We Have the Facts and We’re Voting Yes (Barsuk, 2000), que se abría con este pedazo de canción, interpretada aquí en el programa de Jimmy Fallon, hace cuatro años.

Reafirmaron su valía con el también notable The Photo Album (Barsuk, 2001), al final de cuyo minutaje ya esbozaban su capacidad para marcarse emocionantes y logradas versiones de temas ajenos. Como esta “All Is Full Of Love”, de Björk, que aún tienen a bien recuperar en algunos de sus directos.

Y alcanzaron su cima con el soberbio Transatlanticism (Barsuk, 2003). Un álbum enérgico, rotundo y certero. Un trabajo unánimemente reconocido por la crítica como su más lograda colección de canciones. La más equilibrada. La más redonda. Sin salir de nuestras fronteras, fue considerado el mejor disco de aquel año para la revista mensual Mondo Sonoro. Y con razón. Esta es la exultante canción que lo abría, un tema de esos que piden a gritos ser reproducidos a todo volumen cada día de Año Nuevo. Y que ayudan, de paso, a olvidar el infausto recuerdo que cierta cancioncita de Mecano suele grabar en nuestra sesera unas horas antes. Siempre que hayamos cometido el error de encender el televisor más tiempo del estrictamente necesario, claro.

Con posterioridad, tanto Plans (Atlantic, 2005) como Narrow Stairs (Atlantic, 2008) mantuvieron, con sus matices y diferencias, el tipo, pese a presentar ya algunas grietas en su fachada, que antes eran más difíciles de atisbar. Los trabajos de Death Cab For Cutie comenzaron a deparar una irregularidad manifiesta. Aunque sus directos siguieran manteniendo una solidez a prueba de bombas, como el que ofrecieron en uno de los escenarios del FIB de 2008. El destino (o los rigores de la programación) quiso que tuvieran que competir aquel día por el favor del público con Leonard Cohen, nada menos, quien actuaba a la misma hora en el escenario principal.

Death Cab For Cutie estarán, por cierto, presentes en el Primavera Sound de Oporto, pero no en el de Barcelona. Así que habrá que esperar aún para volver a verles sobre un escenario cercano, salvo viaje a Portugal.

El flamante Kintsugi (Atlantic, 2015) no es un disco magistral, pero sí sumamente consistente, que ayuda a recuperar la confianza en ellos. Porque aporta argumentos para que cualquier seguidor renueve los votos de fe en su carrera. Así que celebremos que su música aún es necesaria. Y no solo para fans irredentos.

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