Perlas, vuittones y mantillas son complementos del poder
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La elegancia de la decencia

La elegancia de la decencia

El cambio político nos hace albergar la esperanza de una época en la que dejaremos de ver vuittones, perlas y mantillas como complementos del poder. La madre de una de mis mejores amigas era votante popular. Y lo entiendo: comprendo que haya gente tradicional y conservadora, católica, que crea en el liberalismo económico y que

El cambio político nos hace albergar la esperanza de una época en la que dejaremos de ver vuittones, perlas y mantillas como complementos del poder.

La madre de una de mis mejores amigas era votante popular. Y lo entiendo: comprendo que haya gente tradicional y conservadora, católica, que crea en el liberalismo económico y que considere que esos valores suyos -carcas, pero tan legítimos como los de cualquier otro- los representa el partido de la gaviota. Habréis notado que he hablado en pretérito imperfecto. Era votante del PP. Ya no. En las pasadas elecciones, optó por Oltra otra candidatura. Una tarde, comentándolo con unas amigas mientras tomaban un café -me cuenta su hija-, éstas le afearon la decisión: “Pero, querida, si a ti siempre te ha gustado la gente elegante”, le espetó una de ellas. ¿Elegante? ¿Como ellos…?

Alfonso Rus

En la fotografía anterior, la trendsetter Begoña Ricart y su marido, un tal Alfonso, propietarios de la firma de moda Stefano Russini, auténtico referente de la moda valenciana made in China, pero con etiqueta pretendida y pretenciosamente italiana, que queda más fino.

En fin. Para muchos, y supongo que sobre todo para quienes votan azul, puede que las perlas, los bolsos de Vuitton y las mantillas en las procesiones sean sinónimo de elegancia y distinción; símbolo de un rancio glamour; de un estilo añejo que les da un cierta tranquilidad, como un saquito de naftalina asegura que no se apolilla la ropa en el armario. Pero de lo que estoy convencido -y a los resultados electorales me remito- es que un buen puñado de esos votantes populares considera que la corrupción, el nepotismo y el saqueo de las arcas públicas son actitudes reprobables, que nada tienen que ver con la moral de una persona conservadora y que en absoluto son elegantes. Y por eso, esos antiguos simpatizantes populares han cambiado su fondo de armario y, por ende, su voto.

Es cierto que la madre de mi amiga no supo qué responderle a aquella allegada que le reprochaba -imagino estas lindezas en su boca- estar votando a una panda de “perroflautas piojosos de esos que hablan en valenciano y van en camiseta a las manifestaciones”. Lo que ignora esta deslenguada es que no hay nada más elegante que la decencia. Por ello, una amplia mayoría de votantes en Valencia, y en Madrid, y en Barcelona y en otras capitales ha decidido apostar por una nuevo paradigma, que no entiende -y promete que jamás lo hará- de la única etiqueta que hasta ahora regía en la Administración Pública: la del guante blanco.

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