«Tres caras», un pausado Jafar Panahi

En Cine y TV 22 November, 2018

Inés Calero

Inés Calero

PERFIL

Como no podía de ser de otro modo, Jafar Panahi vuelve con otra película grabada en la clandestinidad, ya que desde 2010 el gobierno de su país le tiene prohibido filmar y salir de Irán. Tres caras es el cuatro largometraje realizado a escondidas, en el que habla de tres generaciones de actrices en formato de road movie y dónde es difícil de adivinar cómo de ficticios son los misterios que Panahi propone.

Una famosa actriz iraní recibe un vídeo de una joven pidiendo su ayuda para escapar de su familia conservadora. La grabación parece mostrar a Marziyeh, la joven, a punto de ahorcarse en una cueva, mientras la cámara se aleja y el móvil cae al suelo.

El vídeo es suficientemente impactante como para comenzar la película más pausada del director iraní; es imposible no estar ya dentro de la trama. Entonces, la actriz, Behnaz Jafari, pide a su amigo, el cineasta Jafar Panahi, que le ayude a entender si se trata de una manipulación, si existe conflicto en esta película.

Tres caras es un viaje literal e introspectivo. Literal, pues es la travesía al noroeste de su país para intentar ayudar a una joven, aspirante a actriz, que espera más de la vida y amenaza con suicidarse. O quizás ya lo ha hecho. Introspectivo y calmado pues todo discurre en paz, con un enfoque que funde la ficción, el documental y el propio universo personal del cineasta.

Y ¿de quiénes son estas tres caras? Es una cuestión abierta. Una es Marziyeh Rezael, el motor de la trama con esa grabación pidiendo ayuda en la cueva, al borde del suicidio. Otra es Behnaz Jafari, que interpreta a sí misma, una actriz famosa que parece estar rodando una película dirigida por la tercera cara conocida de la cinta: la del mismo Jafar Panahi, imperturbable y afable. Pero hay otra cara algo más oculta: la de una actriz de la prerrevolución, que ha acabado de retiro en el pueblo de Marziyeh, donde se dedica a pintar.

Tres caras (Jafar Panahi, 2018)

El metacine vuelve a ser protagonista en este drama, donde los roles de Panahi como director y como actor se diluyen una vez más, convirtiéndose en argumento de su propia auto-filmografía, siempre como por accidente, pero rigurosamente planeado. Con una cámara menos presente de lo que nos tenía acostumbrados en sus anteriores trabajos –donde todo relato se cuestionaba a través de ella–, ahora es la misma realidad la que necesita de la ficción.

La película continúa con su cine urbano y contemporáneo, donde abundan los detalles de la vida. Transcurre de un modo atractivo, a pesar de parecer casi soporífero, entre la incertidumbre del suicidio y la tranquilidad de quien espera en el coche. Panahi crea una parábola inquietante, sin espectáculos, y deja de lado su propio compromiso más humorístico y explícito con la política y la sociedad, como hizo en Esto no es una película (2011) y Taxi Teheran(2015). No obstante el contenido humanista vuelve a ser innegable, lleno de humildad y un profundo respeto por las actrices y por las tradiciones ancestrales que retienen la vida rural. Un homenaje al cine de Kiarostami, que recuerda a El sabor de las cerezas (1997).

Bajo una dirección minimalista, Tres caras es más lírica y se desarrolla en un ambiente algo más libre que sus anteriores cintas. Ya bajo arresto, rodó Esto no es una película, donde aunque todo transcurría entre su casa y el ascensor, supo retratar el mundo en aquel inmenso fuera de campo. En Closed Courtain (2013), el relato ocurría en un piso habitado a medias, abandonado a medias. En Taxi Teherán, la realidad quedaba retratada desde el interior del coche. Otra vez, el encierro era una forma de dibujar lo que está más allá.

Tres caras (Jafar Panahi, 2018)

Con Tres caras, que le valió el premio al Mejor Guion en Cannesex aequo con Lazzaro Feliz, de Alice Rohrwacher–, muestra la realidad más sórdida, esa que está censurada en la cinematografía iraní. Panahi ha convertido su trabajo clandestino en la única forma coherente de explicar el mundo, su mundo. De modo que es un ejercicio casi más de resistencia de que protesta. Quizás es el cine el único modo liberador para Panahi y sólo el cine le ayudará a resistir, aunque sea desde el interior de un coche.

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