Kiko Veneno y el malditismo optimista - el Hype
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Con vistas al mal

Kiko Veneno y el malditismo optimista

Kiko Veneno y el malditismo optimista

Es primavera y 1977. Hay pescaíto frito entre las cuerdas de un carísimo piano Steinway, una sandía reventada en medio del suelo del cuarto, y una cantidad importante de personal desperdigado en distintos grados de acidificación o bajada. Una manera de resumir el primer día en que Josep María López Sanfeliu pisa un estudio de grabación, y no

Es primavera y 1977. Hay pescaíto frito entre las cuerdas de un carísimo piano Steinway, una sandía reventada en medio del suelo del cuarto, y una cantidad importante de personal desperdigado en distintos grados de acidificación o bajada. Una manera de resumir el primer día en que Josep María López Sanfeliu pisa un estudio de grabación, y no para registrar un disco cualquiera. No mucha gente puede presentar en su hoja de servicios un debut con las etiquetas “Fundamental”, “Punto de partida”, o “Modelo a imitar inimitable”.

Veneno (CBS, 1977) rompe con todos los convencionalismos, empezando por reubicar a dos gitanos talentosos, que viven en las 3.000 viviendas y aún no pueden votar pese a ser 1977, cambiándoles sus guitarras de palo por  eléctricas y bajos (bajos que no quedarán registrados en el disco por un descuido en la grabación). Aparataje, surrealismo, progresión con acompañamiento de palmas, portada mítica y censurada, con tableta de hachís vestida en papel de plata, y un cantante que no sabe cantar como los demás, que viene de hacer de hippy por las Américas, y de empaparse en vivo de Zappa, Dylan y la Clarence, y que ha descubierto que el flamenco le gusta, pero que lo quiere hacer sonar distinto.

“Los delincuentes”, “Aparta el corazón de las mangueras”, “Canción antinacionalista zamorana”…, treinta y pocos minutos del estilo musical que quieras asignarle al disco, de tantos que mezcla. Veneno está compuesto, arreglado producido e interpretado en el futuro, y por ello “el resto de” tardará muchos años en alcanzarlo. Por ello también, y por otras muchas cosas que pasan por una producción y distribución casi inexistentes, queda en un fracaso que, acentuada su condición de clásico, degenera en frustración.

Kiko Veneno

Veneno recolecta criticas entusiastas y directos infumables, y se disuelve en vía muerta. Los hermanos Amador se montan en Pata Negra, el vehículo con el que quieren seguir viendo si tiene recorrido emparentar estilos que se miran con recelo desde cada orilla. Kiko se queda solo, se queda en su desamparo y con él marcha aún más al sur, a lamerse las heridas mientras regenta un chiringuito en Conil.

Los 80 son para este tipo tan cercano y simpático, un pez boqueando fuera del agua. Todo expectación y respeto, pero nunca la senda bien marcada. Vuelve a la música aún en shock por la confluencia afortunada de astros que fue su primer disco, que le ha dejado encima un picor que no sabe cómo rascarse. Se suceden proyectos a medio cocinar (Seré mecánico por ti, CBS, 1982), y entre medias la rueda dentada del día a día que obliga a tragar con cualquier cosa para ir tirando, desde las lúdicas –ese Frankenstein feliz de La bola de cristal– hasta las inconfesables. Logra armar una banda con gente interesante –Maribelcupleteraeléctrica, luego Martirio–, que no puede dar de sí en los ensayos al residir cada componente en una punta de la región. Nada expresa mejor los triples mortales carpados de Kiko, que este imposible parlamento autonómico musical.

En un momento dado oposita y le sale bien; es cuando puede dedicarse a componer, sin la presión inmediata de tener que estar todo el rato con un ojo en el quitamiedos de la carretera. Explora sonidos diferentes, pero cuando los plasma, ni suena a pop maduro, ni a rockabilly, ni siquiera al flamenco del que nunca ha renegado a la hora de alimentarse. Hay muchos y buenos músicos que le arropan con entusiasmo –Coque Malla, el virtuoso Chano Domínguez, el guitarrista Andres el Pájaro–, pero sigue siendo iconoclasta de sí mismo. Trata de resucitar Veneno sin el toque de gracia del original, y la cosa queda entre Pinto y Valdemoro. En Barón rampante (1987) le hacen luz de gas desde el primer momento, cortándole el presupuesto antes de empezar. En El pueblo guapeao (Twins, 1989) nunca queda claro quien estaba al volante. Peor las cosas no se pueden hacer, sentencia su autor.

En los 90 tiene la suerte de engancharse a la fe de un buen amigo (Santiago Auserón) que le apoya y le presta a su productor, el inglés Joe Dworniak, que no necesita entender flamenco para comprender que es lo que lleva Kiko clamando en el desierto durante años, y que le pone en la pista de los músicos y los arreglos que necesita. Crea el trabajo más completo y hermoso de su carrera (Échate un cantecito, Animal Tour 1992) y recibe el reconocimiento de manos de aquellos que le habían olvidado antes. Tras 15 años, puede vivir de su arte y, por vez primera, se convierte en instrumento fiable y rentable de discográficas, que apuestan por él para vender lustre. Los directos suenan mejor que nunca, a un trabajo sensacional le sucede uno muy estimable (Está muy bien eso del cariño, BMG 1995).

Pero Kiko Veneno nunca termina de dejar de lado esa máxima de que todos los caminos conducen a la catástrofe. Su productora interesante va minusvalorando paulatinamente sus ideas. Un trabajo destinado a ser más, como es Punta Paloma (BMG 1997) queda deslucido por la desidia que corta donde no debe y respeta lo intrascendente. El directo siguiente, Puro Veneno (BMG, 1998), está lleno de buenos amigos y grandes canciones, pero no desprende más calidez de la estrictamente necesaria, todo por la absurda idea de registrarse en un estudio. La familia pollo (BMG, 2000) es poco menos que desgana, como ese primer recopilatorio punto y final de su contrato con BMG. Kiko pone a parir a todo Cristo después de dar el portazo, sabe que le toca reconstruir desde los cimientos el edificio en el que había entrampado su primera madurez.

En 2002 se une al No me pises… Pepe Begines, para una Gira mundial que no pasa de Ayamonte, y que evidencia demasiados desajustes de talento entre sus componentes. Entra en la cincuentena con la sensación continua de no saber si es posible una nueva reinvención. Se autoproduce un disco de colaboradores brillantes (Jackson Browne, Jorge Drexler, Raimundo Amador), pero repercusión invisible (El hombre invisible, 2005), mientras da forma a su nueva casa, Ele Music.

Su nueva banda G5 incluye a gente de Muchachito bombo infierno y Delinqüentes, pero pese a que Kiko Veneno disfruta con ella, queda demasiado solapado en el conjunto. Vuelve a la carretera y a una gira americana, que 35 años antes vivió como espectador, ahora de manos de un colega inapreciable, Jonathan Richman. De ella saldrán proyectos futuros como El pimiento indomable, curiosa colaboración al otro lado del charco con el músico Martín Buscaglia.

Los siguientes dos años son más propios de un orfebre, elaborando con mimo un nuevo trabajo donde todo vuelve a vibrar adecuadamente, Dice la gente (Ele Music, 2010). El tema homónimo quizá no sea  la mejor canción de Kiko, pero posiblemente lo sea de la década. El resto no palidece, nunca sobra lo sobresaliente.  El músico que todo lo aprendía malamente, vuelve al candelero, los reconocimientos que ya no cesarán, y una hermosa gira 20 aniversario del Cantecito, que Kiko reedita con un cuaderno manuscrito de impresiones de aquel otoño de 1991, cuando no sabía muy bien si estaba probando su último cartucho.

Pero nuestro hombre no es ni debe ser jamás una línea recta, así que su siguiente trabajo (Sensación térmica, 2013), es tan arriesgado, experimental y diferente, que tiene aroma a fiasco buscado, a cosa sin ensamblar adecuadamente. Kiko Veneno deja asomar un bigotito similar al de 1981 pero ahora tan blanco como se ha vuelto su penacho de pájaro loco. Se calla cada vez menos cosas, si es que alguna vez tuvo miedo a decirlas. Edita en 2016 un directo como toca, devolviendo la frescura perdida a clásicos ya instalados en nuestra gramola sentimental.

Kiko Veneno cumple los 65 en buen momento, y en noviembre vuelve visitar Valencia con nueva aventura, Cordes del Món, y acompañamiento de orquesta. Hace 7 años y en un Palau de la Musica totalmente entregado, llegaron a lanzarle al escenario una camisa de ejecutivo, metida en su correspondiente bolsa del Corte Inglés. No recuerdo si llegó a probársela in situ. En 2018, vuelve a sorprendernos de nuevo con un disco que aún no está ni en su cabeza, cuyas maquetas posiblemente vaya puliendo a lo largo de estas próximas semanas. No será fácil, tendrá ocasión de enredarse con managers sin escrúpulos, productores invisibles o promotores desleales, y seguro que el camino será el doble de largo de lo habitual, por intentar hacer las cosas a su manera y no a la del prójimo. Volverán la voz cascada y el gracejo cómplice.  Nos gustará por lo mismo que le encontraremos peros, aunque con el tiempo descubriremos que los peros eran solo nuestros.

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