Julieta y el silencio - el Hype
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Julieta y el silencio

Julieta y el silencio

Si se puede reconocer a Almodóvar con los ojos cerrados, la carne trémula y los brazos rotos, esta Julieta con muchos espíritus es de la hornada 3.0. Sí, una vez más, estamos ante una película de actrices, de una Emma Suárez insuperable, contenida, expresiva en la no expresión, sufridora en y por el silencio, que logra

Si se puede reconocer a Almodóvar con los ojos cerrados, la carne trémula y los brazos rotos, esta Julieta con muchos espíritus es de la hornada 3.0. Sí, una vez más, estamos ante una película de actrices, de una Emma Suárez insuperable, contenida, expresiva en la no expresión, sufridora en y por el silencio, que logra desdoblarse milagrosamente en una Adriana Ugarte (Julieta joven) que, salvando las distancias, ofrece una digna continuidad al personaje. Sí, una vez más, los hombres son pobre comparsa, aunque germen liberador de conflictos; Daniel Grao, raspando el suficiente; Grandinetti, en su lugar. A Rossy de Palma le vuelve a tocar un papel característico y Susi Sánchez, majestuosa, reluce en su propia sombra, aportando significado a su protagónica hija.

Julieta

El reino almodovariano es el dominio del significante, la dirección artística convertida en significado, símbolo, metáfora o metonimia para dummies, cuando no referencia explícita de las querencias y background cultural de personajes y autor. En este caso, se abre el telón con una escultura de Miquel Navarro y el disco Playing the Piano de Ryuichi Sakamoto (que aun se verá una segunda vez), para seguir con Lucien Freud, Robert Wilson, Marguerite Duras y La tragedia griega, de Albin Lesky. Los papeles pintados y el vestuario son un torbellino de más de un tiempo que fue feliz, convertido en un lapso temporal inventado, no son los setenta, ni los ochenta, los noventa o el siglo XXI: es el tiempo Almodóvar donde todo coexiste. Los tótems de la cultura occidental se convierten en manos del manchego en must de suplemento de EL PAÍS, con la misma facilidad que hace suyas obras literarias adaptadas hasta el deshaucio total, reencarnando emociones, paisajes y personajes mutantes siempre y sin límites.

Julieta nos intriga en su obertura in media res con un póquer de faroles: recuerdos, foto rota, mudanza a contrapelo, indecisión… desplegando una baraja de tarot que ya es patrimonio de nuestra memoria cinematográfica con otros rostros, otras parejas, otros (más rocambolescos, eso sí) conflictos. Lo que estaba por ver cumple las expectativas, aunque esta vez tenemos drama sin contrapunto humorístico-grotesco; grandes damas con grandes papeles; amores leales y desengaños inesperados; giros vitales que reformatean el presente, pero son incapaces de negociar con el pasado mientras niegan/ansían el futuro.

Julieta-Adriana Ugarte

En La piel que habito, Elena Anaya leía Escapada, la obra de Alice Munro que contiene “Destino”, “Pronto” y “Silencio”, y lo que fuera una de las numerosas citas con que adorna Almodóvar sus películas se convierte ahora en glosa, a través de la historia vivida entre Madrid y un pueblo pesquero de Galicia. Dos contextos que enfundan perfectamente el drama, pisos que han perdido la vida, lo mismo que su habitante ha perdido parte de la suya y un paisaje dramático, que la música de Alberto Iglesias magnifica hasta evocar los dramas chabrolianos, anticipando el desgarro y la doble pérdida en un tono que llega a tener un efecto distanciador.

Julieta es una tragedia sin coro, un relato que no alcanza a encajar las piezas del rompecabezas con el pegamento de la cultura clásica, del teatro griego, ni con el nombre de la propia Antía (Flor), de origen griego, la inspiración, la clave del relato no cohesiona, por falta de un eco profundo que resonara en las paredes empapeladas, silenciosas, intemporales, a la manera de las grandes tragedias eternas.

Emma Suárez en Julieta

El peso de una dirección deliberada, en una contención nada frecuente en Pedro Almodóvar, refleja un enorme esfuerzo para desnudar de melodramatismo una historia de pérdida y culpabilidad envasada al vacío, que, a pesar del encomiable trabajo de Suárez, convierte el silencio lacerante de la ausencia y el duelo infinito en un silencio metálico. Aunque deseemos ser seducidos y conmovidos hasta el tuétano, el director nos impide compartir el pathos, por mucho que el logos y el ethos logren persuadir de la honestidad de la propuesta.

Eva Peydró
ADMINISTRATOR
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