Microrrelatos de Ángel Pontones. "Invisible" - el Hype
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Microrrelatos de Ángel Pontones. “Invisible”

Microrrelatos de Ángel Pontones. “Invisible”

En Aguascalientes me comentaron que ya no vivía. En Zitácuaro que había desaparecido. En Tocula directamente que no preguntara. Ni siquiera tenía su nombre, tan solo dos iniciales: E. B. Del sindicato solo sabía que dejó de pagar cuotas hacia cinco años. No estaba casado. Su agente había estafado dinero a tanta gente que aún

En Aguascalientes me comentaron que ya no vivía. En Zitácuaro que había desaparecido. En Tocula directamente que no preguntara. Ni siquiera tenía su nombre, tan solo dos iniciales: E. B. Del sindicato solo sabía que dejó de pagar cuotas hacia cinco años. No estaba casado. Su agente había estafado dinero a tanta gente que aún era más complicado de localizar. Al no tener aún historia, me tocaba vivir de referencias de otros colegas, de una entrevista larga a Bogdanovich donde éste lo había citado un par de veces, del puñado de chismes que sobrevivían a este o aquel rodaje.  En suma, de la caridad de Cahiers que me había dado un tiempo ya  sobrepasado con creces. La impotencia me llevó a colgar anuncios donde  denunciaba su desaparición. Sabía (y temía) que esto me pondría en contacto con timadores, extorsionadores y lunáticos. Pero tuve suerte.

Decía llamarse Kodar, y se presentaba como la actual pareja de E.B. Como adelanto me desvelaba una de sus iniciales, Elías. También me pedía que dejara el asunto de los anuncios, pues nuestro hombre no deseaba esta publicidad. Nos citamos en una suerte de meublé a las afueras de Torreón.  Ella me esperaba sentada en una cama que parecía incómoda, ojeando sus notas con cierta desgana. No quiso negociar contraprestación y hoy lo puedo entender. Por lo demás fue generosa. A lo largo de tres horas se me dieron a contemplar cerca de 40 años de magia invisible, una serie de joyas en las que Elías B. brillaba como lo haría una sortija de brillantes sumergida en un vaso de agua. Por mis manos pasaron instantáneas en las que Elías masajeaba el cuello de un Brando sonriente y agotado tras su primer día como Don Corleone, Elías apuntando con el índice al inspector Harry Callahan, caminando unos pasos detrás de Julie Christie por el Madrid moscovita de Zhivago, bajándose en marcha del taxi de un De Niro pasado de vueltas, o absolutamente creíble como alucinación terrorífica que intenta estrangular a Nicholson por no poder hacerlo con Kubrik, una toma 85 cualquiera de El resplandor. Incluso de adolescente que explica a Cary Grant que ese avión que luego le perseguirá, fumiga campos donde no los hay.

Un mundo perdido entre salas de montaje, al albur de productores aterrados o montadores sin imaginación, o directores sin palabra o guionistas que crearon para Elías frases que solo podían meterse con calzador. A saber. Paulatinamente fue acostumbrándose a ser  parte del iceberg cuya punta es lo único que asoma a la superficie, pero al mismo tiempo descubrió que incluso para ser invisible existía una competencia  que muchas veces le obligaba a rebajar sus miras, y cuando las películas en las que seguía sin aparecer dejaron de convencerle, se marchó sin hacer ruido, privilegio al alcance únicamente de todo aquel que nunca estuvo allí. Como esa B. que en algún momento terminó por esfumarse del artículo.

©Angel Pontones

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