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He venido a hablar de mi perfil

He venido a hablar de mi perfil

Usar bien Instagram no es un tema menor: con cada publicación alimentamos, ampliamos y enriquecemos el universo de la marca que mejor deberíamos cuidar, la nuestra propia. Llevo unos días muy pesado. Me he convertido en esa señora que, talonario en mano, se pasa el día ofreciendo lotería a sus familiares, vecinos y allegados cuando

Usar bien Instagram no es un tema menor: con cada publicación alimentamos, ampliamos y enriquecemos el universo de la marca que mejor deberíamos cuidar, la nuestra propia.

Llevo unos días muy pesado. Me he convertido en esa señora que, talonario en mano, se pasa el día ofreciendo lotería a sus familiares, vecinos y allegados cuando se acerca la Navidad. La diferencia es que yo ni llevo el pelo cardado ni vendo participaciones: servidor está de promoción de su recién estrenado perfil en Instagram.

Para disgusto de la dirección de EL HYPE, mi cuenta de Twitter sigue piando poco -aunque promete graznar fuerte en breve- y la que ha despertado con brío de su letargo es la de la red social de los filtros fotográficos y las etiquetas ocurrentes (y recurrentes). Así las cosas, cual heredero del carácter gafapasta y exaltado de Paco Umbral, declaro: he venido a hablar de mi perfil.

¿Que aún no me seguís en Instagram? Pues de momento os habéis perdido detalles tan relevantes de mi día a día como que el martes me tomé un mojito o que el miércoles me puse mis deportivas fluorescentes. Buscadme como @Jesus_And y hacedme eso que empieza por FOLL y que tanto me gusta: un FOLLOW, mal pensados.

Modernos de los albores del XX, inventando el selfie.

Modernos de los albores del XX, inventando el selfie.

Hasta el momento, en Instagram uno ejercía de stalker, es decir, de mirón en la sombra. Me metía en perfiles ajenos, miraba, criticaba para mis adentros y solo dejaba aquí y allá algún comentario, como para justificar la existencia de una cuenta, la mía, que carecía de publicaciones. Pero hace una semana y después de un tiempo barruntándolo, me he lanzado a la ciénaga instagramera y estoy dispuesto a retozar en su barro. Para vuestro disgusto, no me meto a esto para ejercer de ego-iger y recibir regalos u organizar sorteos. Bien al contrario, aprovecho el lienzo en blanco del virginal perfil para pintarme un autorretrato favorecedor. En otras palabras, como no tengo abuela, Instagram será la yaya que se dedique a hablar bien de mí.

Para determinados ámbitos profesionales -y especialmente para los que tienen algo de creativo pero no dan para generar un portfolio de obra propia-, Instagram es una herramienta óptima, que ilustra el denostado apartado “otros datos de interés” de nuestros currículos: cada foto es una tesela del mosaico de nuestra propia personalidad. Así, cuando algún responsable de recursos humanos, algún fan acérrimo o algún candidato a amante de madrugada me busque en Instagram, ya me habré encargado yo de dejar bien claro y meridiano que sí, que yo lo valgo. Caben gustos, inquietudes, aptitudes, sentido del humor, fortalezas, defectos. Contarse bien no es algo menor: la construcción sólida de nuestra propia marca es el mejor ejercicio de branding que un profesional de la comunicación puede desarrollar.

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