Historias del tiempo breve
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Con vistas al mal

Historias del tiempo breve

Historias del tiempo breve

Hoy te levantas siéndolo todo, aunque ese todo se limite a la gente. Desde el anciano que se despierta sin dolores, hasta el niño grande que no sabe cómo explicarle al vecino que su balón está en su casa, gracias a haber atravesado un cristal. Es 1985 y compruebas como avanzan por el cuello las

Hoy te levantas siéndolo todo, aunque ese todo se limite a la gente. Desde el anciano que se despierta sin dolores, hasta el niño grande que no sabe cómo explicarle al vecino que su balón está en su casa, gracias a haber atravesado un cristal. Es 1985 y compruebas como avanzan por el cuello las marcas del sarcoma de Kaposi, y haces memoria para averiguar quien pudo infectarte; es 1788, y caminas confiado por la proa de una goleta con bandera desgarrada, unos segundos antes de que el retroceso de un cañonazo lo haga pasar por encima de tu pie. Firmas dos pliegos que ajusticiarán a un campesino inocente y a su delator, y doblas el dedo índice en la postura adecuada que permite teletransportarte a Orion. Compartes pancarta con un chico que te gusta, para reivindicar algo en lo que no terminas de creer, y terminas cuarto en la maratón de una olimpiada que pensabas dedicar a tu madre. Desvalijas una casa, mientras suena en la del vecino el sonido rasposo de una aguja de tocadiscos desplazada.

Haces tiempo esperando un autobús lleno y en el ínterin tomas la decisión adecuada, y conduces una furgoneta que siega como el trigo a toda esa gente que odias. Vendes la patente de la fórmula que erradicará todos los males del mundo, y contemplas un dedito que parece tentar los límites de la incubadora. Sientes la corriente eléctrica de una mirada inesperada, y sobrevuelas la ciudad en un parapente que responde a tus pensamientos. Penetras en su interior y descubres que el placer puede contener nostalgia. Abres la boca para gritar, pero aún te queda medio millón de siglos para bajarte del árbol. Preparas la comida para alguien que piensa dejarte, y pides perdón por tus pecados a un niño desnudo hecho de barro. Pintas una obra mediocre encima de tu mejor cuadro, y pasas incluso así a la historia que ya te ha elegido.

Amas y vives, aunque nadie te explica cuánto.

Y aún siéndolo todo, sabes en el fondo que aún no eres lo que querrías.

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