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Glass y la tesis de Shyamalan

En Cine y TV 19 January, 2019

Javi Cózar

Javi Cózar

PERFIL

Empecemos por lo más obvio: es imposible hablar de Glass sin tener en cuenta tanto a El protegido como a Múltiple. No se trata, sin embargo, de una saga en el sentido más ortodoxo del concepto cinematográfico, porque M. Night Shyamalan conecta las tres películas más a un nivel conceptual y no tanto por una continuidad de la narración: en realidad no nos enteramos de que Múltiple opera en el mismo universo de El protegido hasta la última secuencia, lo que la convierte en una película bastante autónoma.

El protegido (M. Night Shyamalan, 2000)

Bruce Willis en El protegido, la película que lo empezó todo.

La conexión entre las tres películas puede rastrearse ya desde la elección de los tres títulos. La primera se titula Unbreakable, y hace referencia a David Dunn, el personaje interpretado por Bruce Willis, que es efectivamente irrompible. La segunda se titula Split, y obviamente se refiere al personaje múltiple que encarna James McAvoy, Kevin Wendell Crumb, dividido en su interior en 24 personas distintas. Y esta se titula Glass, aludiendo a Elijah Price, interpretado por Samuel L. Jackson y que padece una enfermedad que hace que sus huesos sean tan frágiles como el cristal. Tres títulos compuestos de una sola palabra que sirve para describir con precisión al personaje al que apela, y que Shyamalan utiliza para dejar claro que existe una relación entre los tres.

La naturaleza exacta de esa relación es lo que el director explora en las tres películas comenzando por lo que plantea en El protegido: el mundo real está lleno de superhéroes anónimos. Shyamalan expande y completa esa idea en Múltiple cuando asocia la naturaleza del superhéroe a personas con taras, personas defectuosas. En definitiva, eso es lo que son sus tres principales protagonistas: personas corrientes que arrastran una pesada carga física, psíquica o emocional. Y esta idea entronca con el hecho de que el protagonista de Múltiple solo asesine a chicas jóvenes que han padecido algún tipo de sufrimiento acusado, a las que denomina puras en yuxtaposición a las chicas que no han sufrido, que son impuras. Efectivamente, esas chicas «puras» son personas defectuosas con las que Kevin se siente identificado, son en definitiva las heroínas a las que protege.

Múltiple (M. Night Shyamalan, 2016)

Kevin en Múltiple, a punto de conocer a una chica «pura».

Lo que hace Glass de manera admirable, y lo que definitivamente la convierte en un cierre perfecto para esta trilogía, es recoger toda esta reflexión acerca de la naturaleza misma del superhéroe y llevarla a un terreno completamente nuevo. Sin moverse de la escala de producción contenida que caracteriza a la mayoría de sus películas, Shyamalan explora el impacto que tiene sobre sus personajes el concepto apuntado en las dos películas anteriores, que relaciona superhéroes cotidianos con personas defectuosas.

En Glass es, pues, donde convergen definitivamente los tres superhéroes de las tres películas, un choque que permite a Shyamalan tejer una auténtica carta de amor al mundo de los cómics. El director, que sin duda ama a sus criaturas, les encierra en un edificio para forzar la interactuación y obligar a que aflore la verdadera naturaleza de cada uno de ellos. De esa revelación surgen las mejores ideas de la película, algunas ya esbozadas en las dos anteriores y otras completamente nuevas.

Unas ideas que intentan acercar al superhéroe a un plano realista, y es que de eso va precisamente Glass, de lo que es o no es heroico, de lo que es o no es un (super)poder. Para desarrollar este debate entra en juego la doctora Staple, el raciocinio lógico y empírico, que pretende arrastrar a estos tres atormentados personajes a una realidad en la que todo tiene una explicación por causas naturales. El director de El sexto sentido se entretiene en navegar por esta dicotomía realidad/fantasía, quizás demasiado en la primera mitad de la película, pero como casi siempre en Shyamalan todo cobra un especial significado en la segunda mitad de la proyección.

Glass (Cristal) (M. Night Shyamalan, 2019)

Glass… en persona.

Es justo en esa segunda hora donde la película pone toda la carne en el asador y obliga al espectador a enfrentarse frontalmente con la cuestión: ¿dónde acaba la realidad y empieza la fantasía? Ahí, en el enfrentamiento definitivo en el parking, es donde Glass se vuelve bastante caótica y arriesgada… pero a la vez apasionante, algo parecido a lo que ocurría en los mejores momentos de Múltiple, película con la que desde luego Glass comparte más elementos de caligrafía que con una película un tanto lejana y mucho más clásica en este sentido como es El protegido.

Y el desenlace de Glass, que a priori puede parecer bastante abierto, es en realidad uno de los más conclusivos en la carrera de Shyamalan. El director acaba dejando todo amarrado y esas presuntas imprecisiones del relato que aparecían aquí y allá en la primera mitad de película finalmente tienen un sentido. Es un cierre que cohesiona a las tres películas de esta pseudo-trilogía y las aglutina en torno a un único y personal discurso acerca de la importancia de los superhéroes en la vida real y cómo su anonimato es precisamente el lugar de donde emana todo su (super)poder.

Aunque no lo parezca, aunque no ha hecho ningún ruido, aunque ni El protegido ni Múltiple ni probablemente Glass serán nunca percibidas por el gran público como películas de superhéroes, la lucidez y la precisión con la que Shyamalan disecciona el universo de los cómics y se esfuerza en entenderlo hace que, por comparación, cualquiera de las películas que Marvel defeca cada año palidezca de vergüenza. Después de esta verdadera tesis doctoral, ya nunca podremos mirar a un superhéroe con los mismos ojos que antes.

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