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Ghost in the Shell, un remake sin alma

Ghost in the Shell, un remake sin alma

Se estrena la versión en acción real de Ghost in the Shell: El alma de la máquina y toca pasar revista. ¿Ha valido la pena el remake? Pues la verdad es que no. Y es una pena porque la materia prima del cómic y anime originales daban para una reformulación con enjundia de los universos

Se estrena la versión en acción real de Ghost in the Shell: El alma de la máquina y toca pasar revista. ¿Ha valido la pena el remake? Pues la verdad es que no. Y es una pena porque la materia prima del cómic y anime originales daban para una reformulación con enjundia de los universos creados por Masamune Shirow y Mamoru Oshii.

A continuación explicamos el porqué de la decepción. Y es que este nuevo Ghost in the Shell no tendría que haber existido nunca.

Vulgarización del ciberpunk

Género de ciencia ficción surgido a principios de la década de los ochenta, el ciberpunk describe una distopía donde la informática y la cibernética han tomado el control de la humanidad. Un temática que abre un abanico extraordinario de alegorías con el mundo actual (ese caos tecnológico en el que vivimos y que nos domina) y cuestiones filosóficas sobre la inteligencia artificial: androides vs personas mejoradas con la tecnología y humanos sin implantes.

El cómic en el que se basa Ghost in the Shell tocaba esos temas en profundidad. Pues bien, esta nueva versión apenas lo hace. Y cuando se atreve, es muy superficial, con subrayados evidentes y torpes que vulgarizan un subgénero riquísimo en subtextos.

Thriller futurista del montón

La apuesta del Ghost in the Shell: El alma de la máquina es clara: convertir el cómic original en un thriller futurista. Y si bien a priori es algo respetable, la cosa se derrumba tras comprobar que no han sido capaces de hacerlo bien. La película de Rupert Sanders solo aguanta el tipo como filme de acción en sus primeros veinte minutos, donde muestra todas sus cartas: cámaras lentas, acrobacias, tiroteos interminables… Unas normas de estilo que luego serán repetidas sin sorpresas a lo largo de sus dos horas.

Ese primer tramo se asemeja al tono pulp de ciencia ficción de la superior Johnny Mnemonic (cinta que contó con un guion del mismísimo William Gibson, uno de los padres del ciberpunk). Más allá de su vistosa recreación de un Japón futurista con un ojo puesto en Blade Runner (quizás lo único salvable del filme), el trabajo de Sanders y su equipo es más bien justito.

El factor Scarlett Johansson y un reparto sin alma

Digámoslo claro: Scarlett Johansson está lejos de ser una buena actriz (ojo, lo acabará siendo con el paso de los años). De hecho, solo cuando hace de ella misma (Lost in Translation, Match Point)  o cuando tiene detrás un director que es capaz de sacarle lo mejor (Jonathan Glazer en Under the Skin) es capaz de convencer. Aquí, aunque haga de cíborg (un cerebro implantado en un cuerpo artificial), su interpretación es fría y plana, como si la historia no fuera con ella.

En el apartado de secundarios solo brilla con fuerza un Takeshi Kitano robaescenas. El resto no es capaz de aportar carisma a sus personajes. Desde el trasunto femenino de Victor Frankenstein de Juliette Binoche, al cíborg de un desdibujado Michael Pitt, pasando por el villano de chichinabo interpretado por Peter Ferdinando.

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