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El futuro ha muerto

El futuro ha muerto

El pop siempre ha tratado de inmortalizar sus obsesiones de época en sus canciones, pero de un tiempo a esta parte hace patente, también en su elección de años concretos, su renuncia a radiografiar el presente y su propensión a dar la espalda al porvenir. Durante los años en que la caligrafía de la música

El pop siempre ha tratado de inmortalizar sus obsesiones de época en sus canciones, pero de un tiempo a esta parte hace patente, también en su elección de años concretos, su renuncia a radiografiar el presente y su propensión a dar la espalda al porvenir.

Durante los años en que la caligrafía de la música pop emergía como una de las más poderosas manifestaciones creativas del siglo XX, brotaban las profecías acerca de un futuro más bien ominoso. Lógico: el género apenas tenía pasado en el que rebuscar, y el progreso tecnológico sembraba dudas más que razonables en la generación que había medrado en la era del flower power. “In The Year 2525”, de Zager & Evans, fue número uno en varios países durante el verano de 1969, y es una de las primeras muestras pop de preocupación por el futuro. In the year 2525, If man is still alive, If woman can survive, They may find…

Esto no significa, ni mucho menos, que el pop renunciase ya entonces a hacer inventario de la actualidad. El pasado apenas importaba, pero el presente quedaba bien reflejado en la intención notarial de muchos de sus adalides. El fermento folk del Greenwich Village y la radiografía del cambio social que emana de algunos de los clásicos de Bob Dylan son la prueba más obvia. Pero si volvemos a centrarnos en la nomenclatura anual, no hay muchos que definan mejor el espíritu de su tiempo que el “1969” de los Stooges, editado precisamente el mismo verano que el hit de Zager & Evans. El sueño de la era de Acuario amenazaba con convertirse en pesadilla, solo unos meses antes del estallido de violencia de Altamont.

El legado de Iggy y sus Stooges fue luego recogido por la hornada punk. Y con la misma intención notarial, The Clash quisieron rubricar el punto y aparte que la generación del imperdible planteaba, elevando 1977 a la categoría de nuevo kilómetro cero en la historia de la música popular. No Elvis, Beatles, or the Rolling Stones, decían. Aunque solo dos años más tarde incorporasen el rock and roll clásico de Vince Taylor a su repertorio (“Brand New Cadillac”), en el inolvidable London Calling (79).

Con el cambio de década, se suceden las canciones que aspiran a ser, de una forma u otra, crónicas de su tiempo. 1984, por sus resonancias orwellianas, ya había sido anticipado por David Bowie diez años antes, en un tema de Diamond Dogs (74). Y también los californianos Spirit habían hecho lo propio unos años antes con “1984”, su single de éxito en 1969. Pero pocos como Van Halen podían concretar, ya llegado el año en cuestión, mejor esos tiempos de chirriantes producciones sintéticas, predominio de la floreciente estética del videoclip y pimpante Reaganomía (y su correspondiente eco de Thatchermanía al otro lado del charco). 1984 era el título de su álbum, prologado por esta intro homónima, segundos antes de que los teclados babilónicos de “Jump” entrasen en escena.

El cambio de siglo que se avecinaba fue una fuente inagotable de profecías sonoras con mayor o menor cuajo. El efecto 2000 se anticipó en el mundo del pop con bastante antelación, y a veces con resultados tan brillantes como los que expidieron Prefab Sprout (“Carnival 2000”, en el año 1990) o Pulp (“Disco 2000”, en 1995). Pero el gran himno para pasarse la angustia pre milenio por el forro ya lo había facturado Prince en 1982, con la imponente “1999”.

Más allá de predicciones apocalípticas sobre el futuro, algunas de las estrellas del firmamento pop seguían en sus trece, prestas a enmarcar algunas de sus canciones atendiendo a las retículas del calendario en el que se movían. Es el caso de R.E.M. (“Popsong’ 89”), Mudhoney (“1995”) o Guru Josh, cuyo invasivo “Infinity” (1990) repetía, como un mantra, aquella cantinela de es 1990, tiempo para el Guru. Todas en tiempo real. Pero la nostalgia, más de treinta años después del estallido del rock and roll y la explosión beatle, comenzaba a cundir.

Algunos se retrotraían tan solo unos años, en una suerte de morriña precoz que evocaba sus momentos más dulces: Blur componiendo “1992” en pleno 1997, o Luna rindiendo tributo a “1995” en pleno 2002. Pero la década de los 60, la misma a la que el fatuo Bryan Adams había consagrado su “Summer of 69”, y en la que muchos se habían criado, era ya un lugar común. Y no solo por motivos biográficos, sino también por la enorme mina de referencias culturales y políticas que había sedimentado con el tiempo. The Auteurs con “1967” (en 1999) y, mucho antes, New Order con “1963” (una de sus mejores canciones, aunque originalmente editada como cara B en 1987) lo habían probado.

Con el cambio de siglo, y en sintonía con la retromania imperante, las predicciones sobre el futuro comienzan a desaparecer del mapa. Pero también las radiografías del presente. Es el pasado la principal fuente de abastecimiento de materia prima. Y como los 80 se convierten en los nuevos 60, no es de extrañar que algunos de los creadores más prolíficos (y también brillantes, porqué no) orienten el retrovisor a aquella década en la que aún eran críos o adolescentes. En sintonía con directores de cine como Greg Mottola (Adventureland, 2009). Ese es el caso de Ben Gibbard, líder de Death Cab For Cutie, y su “Expo 86” (de 2003), o de Mac McCaughan (Superchunk) y su fijación con la segunda mitad de los 80, ejemplarmente patentada en “Barely There”, uno de los temas de Non-Believers, el álbum a su nombre del año pasado: Traté de aferrarme a ti con fuerza pero te escurriste en el tiempo, borrosa como aquella foto de un viaje de 1989…

En cualquier caso, que hayan tenido que ser Primal Scream, una vez más (ya cargan con el peso de haberse marcado dos álbumes que encapsulan el sentir de una época, en 1991 y en 2000), prácticamente los únicos que se han atrevido en los últimos tiempos a plasmar explícitamente el signo de su tiempo en forma de canción, depara una conclusión inquietante: que el pop, sumido en su fijación por el pretérito indefinido, está renunciando conscientemente a fotografiar su presente y a anticiparse al futuro. Su legado, el de quienes editan discos hoy en día, será fiel testimonio de su tiempo, claro. Pero sin apenas pretenderlo.

Bobby Gillespie y los suyos, de actualidad ahora por su resultón Chaomosis (2016), un disco muy eficiente que tiene -no obstante- más de búsqueda en su arcón de los recuerdos que de desafío al presente, facturaron la estupenda “2013” hace precisamente tres años, en el notable -y más aventurado- More Light (2013). Buena prueba de una osadía que no está precisamente cundiendo actualmente en la escena del pop y el rock internacional.

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