Esos francotiradores que no deberían caer en el olvido - el Hype
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Esos francotiradores que no deberían caer en el olvido

  • En Música
  • 17 diciembre, 2015
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Esos francotiradores que no deberían caer en el olvido

El espléndido nuevo álbum de Josh Ritter nos lleva a reivindicar la no siempre ponderada figura de esos songwriters clásicos que rara vez figurarán en las listas de lo mejor del año. De tan propensos como somos a la militancia incondicional, bebemos los vientos por las bandas y muchas veces nos olvidamos de los solistas. Es

El espléndido nuevo álbum de Josh Ritter nos lleva a reivindicar la no siempre ponderada figura de esos songwriters clásicos que rara vez figurarán en las listas de lo mejor del año.

De tan propensos como somos a la militancia incondicional, bebemos los vientos por las bandas y muchas veces nos olvidamos de los solistas. Es bien cierto que a lo largo de la historia del rock, unos y otros han competido por el fervor del público, prácticamente en igualdad de condiciones. Pero también lo es que en los últimos tiempos hemos tendido entre todos a primar la atención que dispensamos a los grupos, en detrimento de algunos -no todos, claro, generalizar nunca es prudente- escritores de canciones que por amoldarse a hechuras clásicas y no exhibir demasiadas fluctuaciones en el balance cualitativo de su hoja de servicios, pasan a formar parte de nuestro paisaje cotidiano, sin que apenas advirtamos su presencia. Son esos francotiradores de la canción, que nunca despuntarán por agrietar la línea argumental de la historia reciente del rock incurriendo en socavones discursivos; pero rara vez fallan en lo que, al fin y al cabo, se puede esperar de ellos: facturar extraordinarias canciones.

No serán pasto de ningún hype, no abrirán nuevas vías de expresión para que nadie acuñe nuevos estilos, pero en cada nuevo trabajo se van superando a sí mismos. Sin hacer demasiado ruido. También los hay, claro está, en nuestro país. Pero como bien dice Fernando Alfaro, los melómanos suelen mostrar más querencia por las marcas grupales. Y ya lo decía hace unos años Bob Mould (Hüsker Dü), rememorando sus tiempos al frente de Sugar en sus memorias: ¿quién quiere lucir una camiseta con el nombre de un solista en el pecho, pudiendo exhibir la de una banda?

La espléndida acogida que se le ha dispensado al reciente octavo álbum de Josh Ritter es una excusa como cualquier otra para echar la vista atrás y tomar también el pulso, por qué no, al presente de un puñado de extraordinarios músicos que, aunque no suelan protagonizar portadas, siguen deparando poderosos motivos para que cuando hablemos de compositores clásicos, no solo lo hagamos pensando en esos nombres que los santones de los suplementos culturales suelen citar de forma recurrente (Bob Dylan, Van Morrison, Neil Young, Tom Waits o Leonard Cohen), sino también en sus aplicados legatarios, que muchas veces ofrecen tantos motivos para el alborozo como aquellos. Y además, los conjugan en palpable presente. Aunque la mayoría de ellos hayan pasado de militar en una mutinacional a compañías pequeñas, o directamente a autoeditarse. Y aunque no gocen de personalidades tan magnéticas y apetitosas para los focos como las de Father John Misty, Kurt Vile, John Grant o Rufus Wainwright.

Entrando en materia: ustedes nos disculparán, pero cada vez que uno escucha el nombre de Josh Ritter, nos resulta inevitable acordarnos también del bueno de Ron Sexsmith. Trece álbumes en algo más de veinte años le contemplan. La sombra de Elvis Costello, Paul McCartney o Bill Withers siempre se cierne sobre este songwriter canadiense, discreto y algo apocado sobre el escenario, que tuvo la guasa de bautizar uno de sus últimos discos con el nombre de Long Player, Late Bloomer (2011), quizá ironizando con esa línea continua, sin sobresaltos ni seísmos mediáticos, que es su carrera. Carousel One (Compass Records, 2015) también ha sido editado este año. Y aunque no es su mejor álbum, sirve para reivindicar su valiosa obra una vez más.

Lo tenemos tan cerca (lleva años viviendo en nuestro país) que apenas lo valoramos ya en la misma medida que hace una década. Pero aunque cumbres como 1972 (Ryko, 2003) o Nashville (Ryko, 2005) sean muy difíciles de volver a escalar, lo cierto es que The Happiness Waltz (Bedroom Classics/Grabaciones en el Mar, 2013) y The Embers of Time (Yep Roc/Grabaciones en el Mar, 2015) nos han devuelto al mejor Josh Rouse posible. Ese que recrea como pocos el pop de la costa oeste y el mejor soft rock de los años 70.

Deslumbró con Here Be Monsters (EMI, 2001) y, sobre todo, con el fabuloso From Every Sphere (EMI, 2003), pero luego cayó en el olvido. Sus actuaciones en nuestro país, algo irregulares, tampoco ayudaron. Compuso hace un par de años para la multivendedora Sophie Ellis-Bextor, pero Ed Harcourt ha seguido editando discos a su nombre, últimamemte en su propio sello. El más reciente retoño discográfico de este ferviente admirador británico de Jeff Buckley y Tom Waits (la sombra de ambos está presente en su música, sin que eso niegue una perspectiva muy propia) fue el estupendo mini álbum Time Of Dust (CCCLX, 2014).

Kelley Stoltz es otro fenómeno. Un talento que merece protección especial. Una especie de compositor total, en cuya obra se citan el sunshine pop, la herencia de los Velvet Underground, el sonido Paisley Underground o la psicodelia. Sus conciertos son auténticas demostraciones de poderío. Y su nuevo disco, In Triangle Time (Castle Face, 2015), aparecido hace poco más de un mes, es tan bueno como cualquiera de los siete anteriores, aunque ya no goce del plácet promocional de un sello como Sub Pop. Incombustible.

Llevamos tiempo sin saber nada del exquisito Eric Matthews, concretamente, desde que editara The Imagination Stage (Empyrean Records), en 2008. Y es una pena, porque la producción que fue escanciando desde mediados de los años 90 era el contrapunto más elegante posible al sonido lo fi que acuñaron bandas como Sebadoh, con quienes -paradójicamente- colaboró en un proyecto llamado Belt Buckle, en 1993. Desde entonces, los preciosistas arreglos y las melodías irresistibles de la escuela de Burt Bacharach o Brian Wilson han sido santo y seña de su obra. Esta imponente “My Morning Parade”, de hace ya 18 años, seguramente es la mejor y más concluyente prueba. Se le echa de menos.

Debutó a lo grande, en el sello Real World de Peter Gabriel, pero su perfil se fue difuminando conforme avanzaban los 2000. Pintor, diseñador, músico y ahora también responsable de su propio sello, lo de Joseph Arthur podría englobarse en aquello de quien mucho abarca…. No obstante, su fluctuante carrera no ha dejado de proporcionarnos discos interesantes. El último es de este mismo año, y se llama Days Of Surrender (Lonely Astronaut, 2015). Conviene no perderle nunca la pista.

En una onda cercana a Ryan Adams (o a Jesse Malin, que también podría figurar aquí), Pete Yorn despuntó en 2001 con el extraordinario Musicforthemorningafter (Columbia). Siguió editando buenos discos, aunque no tan sobresalientes como aquel. Pese a ello, no concitaría la atención de los medios hasta 2009, por grabar Break Up (Rhino) junto a Scarlett Johansson. Ahora vuelve para reclamar su lugar en la actualidad, con el single “Summer Was a Day” y el inminente álbum Arranging Time (Universal, 2016).

Con él concluimos este breve listado en el que, para no faltar a la costumbre, no están todos los que son pero sí son todos los que están. Y en el que no hemos querido entrar en la amplia relación de solistas adscritos al folk, a la americana o a otros sonidos adyacentes (Will Oldham, Bill Callahan, Will Johnson), con su correspondiente panteón (Vic Chesnutt, Jason Molina, Mark Linkous, hasta Elliott Smith), o en músicos de mayor predicamento (Damien Rice), porque eso ya daría material por sí solo para varios interminables artículos.

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