El arte del karaoke, según Vermut - el Hype
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El arte del karaoke, según Vermut

El arte del karaoke, según Vermut

Lo que sé de los karaokes es bien poca cosa. No es un lugar al que me haya dejado arrastrar demasiado a lo largo de mi, cada vez más lejano, pasado nocturno. Aunque, en los últimos años, nos hemos reunido unos cuantos en uno de ellos la última noche de Cannes, y es ahí donde

Lo que sé de los karaokes es bien poca cosa. No es un lugar al que me haya dejado arrastrar demasiado a lo largo de mi, cada vez más lejano, pasado nocturno. Aunque, en los últimos años, nos hemos reunido unos cuantos en uno de ellos la última noche de Cannes, y es ahí donde descubrí que estos bares musicales do it yourself son algo más que un desfile de borrachuzos desafinando atrozmente encima de un fondo musical sintético, que hace que todas las canciones del mundo suenen igual. De tanto en cuando, alguien agarra el micro y hace que la noche se vuelva mágica, como cada vez que el gran Alejandro Díaz Castaño se arranca con el Baby One More Time, de Britney Spears. Es más que probable que Carlos Vermut haya encontrado la inspiración, o al menos el punto de partida, para Quién te cantará en alguno de esos destellos de lo sublime que a veces brillan en la enrarecida oscuridad de aquellos tugurios donde noctámbulos empedernidos juegan a ser cantantes.

El divino tema de Mocedades que da título, y algo más, al largamente esperado tercer largo de Vermut, es como una pregunta a la que que el realizador madrileño responde con un planteamiento fascinante: con la historia de una desmemoriada diva pop —Lila Cassen (Najwa Nimri)— que, en vísperas de un Resurrection Tour ideado por su no tan maquiavélica ayudante y amiga (Carme Elías), vampiriza el talento de su mejor imitadora y fanática admiradora —Violeta (Eva Llorach)— para reaprender su forma de cantar y de moverse encima del escenario. La fan fatal ha de rellenar el recipiente vacío de su idolatrada diva del pop, dando lugar a un juego de espejos sobre la identidad, el valor de la copia y de lo auténtico, y el peligroso significado de la devoción.

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Carlos Vermut dirige a Carmen Elías en Quién te cantará.

La simbiosis de las dos protagonistas, acaso reflejada en el elegante y ambiguo póster del film, hace que acuda rápidamente a la mente del espectador Persona, de Ingmar Bergman (donde Liv Ullmann trataba de recuperar el habla junto a Bibi Andersson en una casa al borde del mar), llevándole a pensar que, antes que establecer apresurados paralelismos con Almodóvar (el drama, la música, las mujeres), quizás haya que retroceder a los más clásicos referentes de ambos.

Quién te cantará es, en cualquier caso, un grandioso, acaso grandilocuente, melodrama con siniestra luz propia. Un claustrofóbico cuento gótico, que prácticamente se desarrolla entre el apartamento de Violeta, donde convive con una hija (Natalia de Molina) que aparentemente la odia, y la mansión acristalada de Lila Cassen, repleta de discos de oro ya polvorientos. Todo envuelto en el fantasmagórico ambiente de lo que parece un pueblo de veraneo fuera de temporada (Rota, Cádiz), con un amenazante mar de fondo, madre de todas las tragedias. La atmósfera, sin duda, es lo que más me ha atrapado de la película.

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Probablemente, no quede ya nada que añadir sobre este film mundialmente estrenado en Toronto y aplaudido en San Sebastián, donde se esperaba premio para Llorach. Y hay bastante quórum. Por lo menos en el club del karaoke cannois. Está claro que es la obra más ambiciosa de la corta, pero fulgurante carrera, de Vermut, en cuanto a desparrame de medios, y que marca un giro artístico, radical y necesario, tras tocar techo con la consagratoria Magical Girl (2014), que se considera como uno de los títulos clave, y no son tantos, del cine español del nuevo milenio. Mal que nos pese o no, el madrileño se ha vaciado por completo del humor marca de la casa para abrazar el melodrama con una puesta en escena casi operística, que oscila extrañamente entre el minimalismo (pocos personajes, y no demasiadas localizaciones) y un cierto barroquismo (multiplicación de detalles pensados y repensados), sembrando una desasosegante inquietud en el espectador.

He de decir que personalmente aplaudo el debatido cast. Eva Llorach, que se dio a conocer con Diamond Flash (2011), como alter ego natural de un cineasta que se propone superar, o al menos igualar, a sus modelos, y Najwa Nimri, no sólo porque arrastra consigo una discreta carrera como cantante, sino por esa singularidad que le vale tantos fans como haters, y que lleva el divismo incorporado de serie. Fantástica también Natalia de Molina en el perturbador rol de la hija desagradecida, cargada de odio, pese a que a su historia le falte aire, como si fuera una película atrapada dentro de la película, dando la impresión de que, volando libre, podría haber dado para otra gran película de Vermut. Un drama intermedio entre su pasado mágico y esta ópera pop.

Quizás porque me encuentro en un momento muy Pawlinowski, tengo la sensación que el 99,99% de los cineastas mundiales —es decir, todos salvo el polaco— consideran que sus películas han de superar las dos horas de metraje para parecer importantes. Hay que cortar más, así en general. Esta misma crítica tendría que ser mucho más corta. Respecto a lo que nos ocupa, hay en Quién te cantará una larga explicación sobre los traumas de Lila Cassen que, más que sumar, le resta misterio a una obra por lo demás muy hipnótica y sugerente. Ah, y luego están las canciones. Meses después de disfrutar del privilegiado visionado de esta magnífica película, que espero recuperar en sala con mi señora, el único tema que sería capaz de tararear es el que da título al film. Ni las canciones de Najwa Nimri, ni las de Eva Amaral, que dobla a Eva Llorach, triunfan en el pequeño karaoke de Cannes. Pequeños detalles que no alteran tampoco demasiado el resultado final. La película es mucho mejor de lo que promete el tráiler.

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