Efecto Pigmalión - el Hype
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Sin miedo, Juan

Efecto Pigmalión

Efecto Pigmalión

Pigmalión, magnífico escultor, había buscado una esposa cuya belleza correspondiera con su idea de la mujer perfecta. Al final, decidió que no se casaría y que dedicaría todo su tiempo y el amor que sentía dentro de sí a la creación de las más hermosas esculturas. Era tal la fuerza del sentimiento y de la

Pigmalión, magnífico escultor, había buscado una esposa cuya belleza correspondiera con su idea de la mujer perfecta. Al final, decidió que no se casaría y que dedicaría todo su tiempo y el amor que sentía dentro de sí a la creación de las más hermosas esculturas. Era tal la fuerza del sentimiento y de la inspiración cuando trabajaba el mármol, que su mano parecía guiada de un poder mágico. Su estatua, la joven Galatea, resultó perfecta y hermosa y Pigmalión se enamoró perdidamente de ella. Un día soñó que la estatua cobraba vida.

My fair Lady (George Cukor, 1964)

Ovidio nos lo contaba así: Pigmalión se dirigió a la estatua y, al tocarla, le pareció que estaba caliente, que el marfil se ablandaba y que, deponiendo su dureza, cedía a los dedos suavemente… Volvió a tocar la estatua otra vez, y se cercioró de que era un cuerpo flexible y que las venas daban sus pulsaciones al explorarlas con los dedos.

Desde entonces, los humanos conocemos este hecho como el efecto Pigmalión, que no es más ni menos el hecho de que la confianza que alguien tenga en nosotros puede darnos alas para alcanzar objetivos impensables. De alguna manera, las expectativas, las creencias y la confianza de una persona respecto a otro individuo afectan de tal manera a su conducta que el segundo tiende a confirmarlas.

My fair lady (George Cukor, 1964)

El cine nos lo ha recordado en varias ocasiones con grandes películas como Pygmalión (Anthony Asquith, 1938), con Leslie Howard, Wendy Hiller, Wilfred Lawson como intérpretes, ganadora del Oscar al mejor guion, o My Fair Lady (Georges Cukor, 1964) en la que Audrey Hepburn y Rex Harrison dan vida a una grandísima transformación desde la descarada florista Eliza Doolittle a una dama de exquisitos modales.

En definitiva, Ovidio nos transmitió un interesante principio al que no sé si hemos prestado suficiente atención ni si le sacamos el máximo partido. O quizá nuestro ego nos lleva a pensar que nadie de nuestro alrededor es digno de tanta confianza como para que podamos impulsar sus objetivos hasta límites desconocidos por ellos y practiquemos el deporte nacional del desprestigio, la crítica y el juicio fácil y equivocado.

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