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Cuando los dinosaurios del rock se recluyen en la esencia

  • En Música
  • 4 octubre, 2017
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Cuando los dinosaurios del rock se recluyen en la esencia

Cuando ya has rizado el rizo de la elefantiasis escénica, no te queda otra salida que volver a los orígenes. Desde que en los años noventa algunos espectáculos de música en vivo comenzaron a rebasar las más altas cotas de grandilocuencia, pertrechados por abundante pirotecnia visual, se constata una ligera pendiente abajo, por parte de

Cuando ya has rizado el rizo de la elefantiasis escénica, no te queda otra salida que volver a los orígenes. Desde que en los años noventa algunos espectáculos de música en vivo comenzaron a rebasar las más altas cotas de grandilocuencia, pertrechados por abundante pirotecnia visual, se constata una ligera pendiente abajo, por parte de quienes se encargaron de alimentar –con mejor o peor fortuna, en ocasiones con brillantez– la vertiente más circense de esa especie de Disneylandia para adultos (feliz definición que nos transmitió Iain Pace, batería de Deep Purple) que son las giras mastodónticas.

Los Rolling Stones actuaban la semana pasada en Barcelona, tratando de revivir la experiencia de una sala de conciertos en un estadio en el que se congregaban más de cincuenta mil personas. Algo así propone el No Filter Tour. U2 hacían lo propio en el mismo recinto dos meses antes, para evocar las esencias del disco que les hizo mundialmente famosos, The Joshua Tree (1987). Ni muñecas hinchables, ni arcos parabólicos, ni escenarios interminables, ni coches colgantes, ni conexiones en directo vía satélite ni salvas de fuegos artificiales (bueno, apenas unos segundos para rematar el directo de los Stones). Tan solo cuatro veteranos multimillonarios divirtiéndose sobre un escenario.

Los Rolling Stones, en una imagen de su gira "No Filter".

Los Rolling Stones, en una imagen de su gira “No Filter”.

Como esas personas que, al hacerse mayores, van replegándose sobre sí mismas, aferrándose con determinación a sus principios más arraigados, los grandes dinosaurios del rock encaran su inevitable declive con una vuelta a las esencias. Como esas franjas de ciudadanos de más de cincuenta o sesenta años (disculpen la generalización) que, ante la incertidumbre que genera cualquier disyuntiva de futuro, se repliegan sobre sus convicciones más innegociables, y lo demuestran a la hora del voto. Quizá también haya una lectura conservadora de todo esto, al margen de esa que abunda –con razón– en la espontánea vivacidad recuperada, que muchas veces se desprende de unas canciones que aún palpitan, con un chasquido que vuelve a restallar sobre el escenario.

El contraste entre la inveterada pericia para el stadium rock que han predicado algunos y ese tránsito a lo básico es aún más acentuado cuando son músicos que basaron su poder de atracción en la pompa. ¿Alguien podía imaginarse hace treinta años a los Simple Minds recreando sus clásicos en acústico en un auditorio cerrado, tal y como se mostraron hace unos meses por nuestro país?

El mismo síntoma, aunque con diferentes detonantes, se aprecia en el caso de aquellas bandas que se repliegan en la intimidad de un pequeño escenario como vía de escape ante el gigantismo en el que viven instalados; aunque sea de forma puntual, y casi siempre por motivos promocionales. El concierto sorpresa que se marcaron en el último Primavera Sound los reyes del arena rock de ínfulas indies, Arcade Fire, se inscribe en esa tendencia, que hace de ese factor sorpresa uno de los alicientes de los grandes festivales. Lo cierto es que se hizo extraño verles desarrollar toda su fanfarria épica así, con sus miembros agolpados en un escenario de pocos metros, destilando una versión de bolsillo de sus enfáticas arengas.

La última visita de los Foo Fighters también recreó el ceremonial, con marchamo de exclusividad, de una sala abarrotada. Con el añadido del efecto sorpresa de que hasta unas horas antes no se diera a conocer el enclave. Los buques insignia del rock para grandes recintos se sienten especialmente cómodos cuando jibarizan sus demostraciones de fuerza, quizá porque en el gran circo de los macroconciertos se ha llegado a un punto de no retorno, en el que –además– el hecho de que los DJs les hayan tomado el relevo (o comido gran parte de la tostada) desincentiva aquella competitividad por ver quién la tiene más larga a lo hora de impresionar al público. ¿Acabarán Coldplay sumándose a esta querencia y desvistiendo sus canciones en público?

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