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Sin miedo, Juan

¿Qué dicen mis palabras?

¿Qué dicen mis palabras?

La comunicación que se produce en cualquier relación entre personas está llena de juicios, valoraciones, creencias y exigencias. Por mi experiencia, hablando así se pierden las amistades. Vengo observando, desde hace algún tiempo, que existen personas en mi vida que en un momento determinado se van alejando y terminan por desaparecer casi definitivamente. En otras ocasiones,

La comunicación que se produce en cualquier relación entre personas está llena de juicios, valoraciones, creencias y exigencias. Por mi experiencia, hablando así se pierden las amistades.

Vengo observando, desde hace algún tiempo, que existen personas en mi vida que en un momento determinado se van alejando y terminan por desaparecer casi definitivamente. En otras ocasiones, soy yo quien, poco a poco, se va alejando hasta desaparecer sin ninguna pena ni remordimiento. Generalmente, son personas con las que se crea un vínculo lo suficientemente fuerte como para poder hablar y escuchar sobre la confianza de que vale la pena arriesgar ante semejante individuo.

Al principio, pensaba que esta circunstancia se producía porque una vez pasado el sarampión del inicio de la relación, sea del tipo que sea, nos relajamos y comenzamos a estar con la otra persona como si estuviéramos con nosotros mismos. Eso conlleva que hablamos como nos hablamos a nosotros, comenzamos a decir lo que pensamos sin cuidar los detalles, nos atrevemos a compartir necesidades y sentimientos e incluso somos capaces de transmitir conceptos en función de nuestras creencias y de nuestra manera particular de ver el mundo.

Leyendo hace unos días a Marshall Rosenberg, psicólogo norteamericano creador de lo que él llama comunicación no violenta, me di cuenta de la importancia que tiene, en cada uno de nosotros, las palabras que utilizamos cuando nos comunicamos en nuestros entornos. El juego en el que nos relacionamos se parece más a ¿quién hace lo correcto? que a cualquier proyecto relacionado con la comunicación propiamente dicha.

Me da la impresión de estar en la historia de siempre, esa que crees que tienes superada y asumida. La historia de indios y de vaqueros, de buenos y malos, del deber o del tener que hacer, de salvadores y de pecadores, etc. Es decir, cualquier comportamiento que, lejos de encontrar ese punto entre el dar y el recibir desde el placer que supone ese juego, se sitúa en el juicio moral o la simple exigencia con un lenguaje casi perfectamente estudiado para vivir nuestras necesidades a costa del otro. Un juego donde solo hay dos posibilidades. Castigos o recompensas en función de mi vara de medir.

Utilizar ese tipo de lenguaje conlleva siempre alejamiento y ahora me entristezco al saber que, en multitud de ocasiones y tratando de hacer las cosas lo mejor que sabemos, hemos partido o dejado partir a personas de nuestra vida por no saber separar las necesidades de los sentimientos en nuestro lenguaje.

Me encantará seguir profundizando en un tipo de comunicación que produzca acercamiento con las personas que quiero, que obvie utilizar un lenguaje desde creencias personales, razones u opiniones, valoraciones o juicios etc, donde ya no existan los buenos y los malos, los culpables de todo o los deberes y obligaciones dentro de nuestras palabras usuales. Un lenguaje que me permita expresar mis sentimientos adecuadamente y, por ende, mis necesidades sin ningún tipo de exigencia o chantaje. Y poder recibir de la misma forma las necesidades ajenas.

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