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Hermosos y malditas

El desenlace de 2018 como relato cultural

El desenlace de 2018 como relato cultural

Aún es demasiado pronto para saber el efecto que el «boom» del tipo de relato a la carta o la oferta «modelo-Netflix» ha provocado sobre nuestra forma de entender el mundo y de manejarnos en él. Hoy apenas es posible estudiar con cierto rigor las consecuencias que para la literatura tuvo la aparición de la

Aún es demasiado pronto para saber el efecto que el «boom» del tipo de relato a la carta o la oferta «modelo-Netflix» ha provocado sobre nuestra forma de entender el mundo y de manejarnos en él. Hoy apenas es posible estudiar con cierto rigor las consecuencias que para la literatura tuvo la aparición de la radio, aunque sabemos que ese fue solo uno de los motivos por los que la gente dejó de agolparse en el puerto a la espera del barco que traía la última novela de Charles Dickens. Sabemos, gracias a la estupenda biografía que del autor de Oliver Twist escribiera hace unos años Peter Ackroyd, que las largas jornadas que Dickens trabajó en una fábrica londinense de betún, infestada de ratas, modelaron el privilegiado lugar que el gran relato de cómo los ricos chupan la sangre a los pobres había de ocupar en su oficio literario. No sabemos, sin embargo, si algunas de las mejores series de 2018 como The Terror (Kajganich, 2018), Atlanta (Glover, 2018), o Killing Eve (Phoebe Waller-Bridge, 2018) modificarán sustancialmente las percepciones más extendidas sobre la concepción metafísica del hombre, la movilidad social en EEUU, o el universo afectivo femenino, respectivamente.

The Terror. Serie TV

El poeta Homero –o, mejor, la tradición oral que llamamos Homero– educó a una civilización entera. Tiempo después, un libro hecho de libros, la Biblia, orientó las conductas de cientos de miles de seres humanos durante el oscuro período de tiempo que llamamos Edad Media. Las guerras que convirtieron la Tierra en los siglos XIX y XX en un inmenso matadero no hubieran sido posibles sin esas ficciones románticas que llamamos «naciones» y esos grandes relatos —los fascismos, el comunismo, etc.– a los que la posmodernidad creyó frívolamente poner fin.

Al igual que Marx no supo ver que el derecho podría ser algo más que el vapor que emanaba de las cabezas de los propietarios de los medios de producción, tampoco la Escuela de Francfort entrevió las posibilidades educadoras de los productos de su vilipendiada industria cultural. El cine mismo canalizó la propaganda anti-soviética, y luego anti-social, la caza de brujas y la defensa del más rancio american way of  life, pero también disolvió más tarde los prejuicios racistas (In the heat of the night, Jewison, 1967), homófobos (As good as it gets, Brooks, 1997), sexistas (Thelma y Louise, Scott, 1992) etc., de forma especialmente acelerada desde finales de los años 60; referentes compartidos que permitían decir que el cine podría hacernos mejores (Stanley Cavell) o que ampliaría, como podría hacer la mejor literatura, nuestra empatía y la concepción del «yo« (de Martha Nussbaum a Richard Rorty).

Low

El regreso de Low está entre los capítulos más emocionantes del año.

El culebrón venezolano fue a la educación sentimental de hispanoamérica lo que Gladiator al modelo motivacional de Josep Guardiola, mientras estuvo al frente de un equipo de fútbol multimillonario. Hoy, la fragmentación del relato, la proliferación de plataformas de contenido por géneros sugeridos por algoritmos conservadores y la sustitución de la novela decimonónica por series de muchas temporadas coinciden con la emo-política o la política de la «posverdad», con los primeros casos de idiocracia probada, el gobierno de idiotas ostentóreos predicho por el creador de Beavis y Butt-Head, con la adhesión voluntaria y sin excusas al populismo político más zafio y ramplón, con la cultura de las identidades siempre-heridas, con el ejercicio de la democracia como forma de micro-despotismo individual, con el desdén a los hechos, con el descrédito de la realidad que expresa la estadística, etc. Y yo no sé si todavía hay algún discurso compartido al que nos podamos agarrar, aunque sea para empezar a hablar. Sé que todo comenzó con las ediciones locales de los grandes periódicos deportivos de nuestro país, con el cambio del rótulo «Cultura» por «culturas», con la caída de Maradona, con la escena de tortura de Reservoir Dogs, con la terrible sonrisa de Berlusconi, con la frívola no-crítica cultural de la tramposa película de Paolo Sorrentino, con la segunda edición de Gran Hermano, con la alegría-retarded de agujeros de la inteligencia del tipo Aquí no hay quien viva, pero no sé cuánta gente lo sabe también. Lo que quiero decir es que aún no conocemos bien si el auge del tipo de narración seriada propio de la distribución digital de contenido multimedia por plataformas del tipo Amazon o HBO, afectará y cómo a ese fascinante relato que llamamos «historia de la humanidad».

Hotel by the River (Hong Sangsoo, 2018)

Hotel by the River, Hong Sangsoo, 2018.

Se puede conocer una época por el tipo de ficciones que produce, pero también por el tipo de ficciones que la sostienen, por ello la hermosa Call Me By Your Name (Guadagnino, 2017) es poco creíble, pero imprescindible. Girl (Dhont, 2018) o El reverendo (Schared. 2018) siguen cumpliendo una cierta función pedagógica. En el mundo de las series, hace tiempo que me resulta insoportable la homilía diaria acerca de que si no practico interpretaciones solidarias de cualquier tipo de relato –desde la estupenda Bates Motel a la insufrible Orange Is the New Black– en clave de género o decolonial debo ser tratado como un patán trasnochado. En literatura, el asunto parece cada vez más absurdamente dividido entre clásicos y experimentales, aunque el éxito de Lincoln en el bardo, la novela de nuestro querido George Saunders hace buena, mutatis mutandi, aquella célebre observación de la lúcida Rosa Luxemburgo, cuyo centenario (el de su muerte) celebraremos pronto: cuando un socialista (entonces sinónimo de revolucionario de izquierda) llega al gobierno, no cambia el poder, el poder le cambia él.

Si seguimos en ese orden metafórico de las cosas, la infancia es tan poderosa que, a menudo, el niño no percibe el relato completo de la miseria y el maltrato que se ceban con él. De eso también van dos de las películas más bonitas que vimos en 2018: Un asunto de familia (Kore-eda, 2018) y The Florida Project (Baker, 2017). En esta última, el mal provocado por el relato del capitalismo es difuso y parece cada vez más natural, es decir, menos erradicable. A diferencia del éxito (en mi opinión, exagerado) de Cold War, que se debe también a la justa y fácil condena que hoy recae sobre las experiencias del «socialismo real». En ella la denuncia al comunismo polaco es directa y brutal frente a la fina carga ideológica decolonial de la estilizadísma Roma.

Un año también se puede conocer por las cosas que no cuenta, y el hecho de que no hayamos podido ver A Rainy Day in New York (Woody Allen, 2019) es sintomático de una regresión premoderna anterior al moderno politeísmo de los valores del que hablara Max Weber siguiendo el hilo de Baudelaire. El poder está en todas partes y se dice, de muchas formas: el poder del fuerte sobre el débil como en Dogman (Mateo Garrone, 2018) o Zama (Lucrecia Martel, 2017), el poder del hombre cobarde y débil frente a la mujer desprotegida y fuerte, como en una de las películas que mejor ilustra uno de los grandes problemas del año: la violencia machista de Custodia compartida, (Xavier Legrand, 2017).

relato

Jusqu’à la garde (Xavier Legrand, 2017).

El éxito de Bohemian Rhapsody en los Globos de Oro, se sitúa en mi cabeza con la misma extrañeza con la que digiero que el programa más visto de la televisión de este país, supuestamente adulto, sea un concurso de cocina para niños, y lo leo como el enésimo culto a la fórmula-speed del éxito, otro rasgo de nuestra identidad epocal. Alguien me llamará elitista y la ingente cantidad de ese «alguien» es también una clave del desenlace de 2018 como relato cultural. Otras señas muy extendidas son el creciente número de bloqueos en las redes sociales por no darle la razón en todo al señor o a la señora «Simón», el desdén cinematográfico por los problemas del hombre y la mujer común, el desprestigio de la figura del profesional, y su trasfondo, la misma idea de educación. razón y cultura. Por eso la consternación es otra seña del relato de nuestro tiempo y yo me siento muy cercano a la singular estupefacción del conspiranoico protagonista de Under the Silver Lake.

Lo que esconde Silver Lake (David Robert Mitchell, 2018).

Hermosos: familiares de The Shoplifters.

Malditas: ocurrencias (las de dar un premio –¡otro!– a la película más taquillera).

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