Dedos negros - el Hype
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Vidas salvajes

Dedos negros

Dedos negros

Uno de mis argumentos de hombre de otra época (que arrastro como una suerte de apodo o destino) es que la música está muerta. El circo no se detiene, pero las emociones a flor de piel sí que se han desvanecido en el recuerdo de generaciones cansadas de buscar sitio para aquellos viejos vinilos. Bien,

Uno de mis argumentos de hombre de otra época (que arrastro como una suerte de apodo o destino) es que la música está muerta. El circo no se detiene, pero las emociones a flor de piel sí que se han desvanecido en el recuerdo de generaciones cansadas de buscar sitio para aquellos viejos vinilos. Bien, dejad que esos vinilos se acerquen a mí. Mis tímpanos y yo les daremos buen uso.

Tener los dedos negros de buscar en viejas cubetas es una dedicación tan maravillosa que debería de ser acotada a quien supiese valorarla y así dejarnos espacio. Hacerlo (buscar vinilos) en los caros e impolutos compartimentos de la FNAC es algo más propio de aquellos que llegan con holgura a fin de mes y que han heredado el ático de sus padres en el barrio progre de cualquier ciudad avanzada.

Para mí déjame tiendas de las de siempre (las pocas que subsisten), aquellas en las que de repente debes hacer encaje de bolillos para que el disco de dentro sea el que corresponde a la portada, aquellas en las que hay que preguntar el precio porque no está especificado o con un poco de suerte lo pone en pesetas, y aquellas en las que te cruzas con algún mequetrefe incauto que vende su colección de discos de Led Zeppelin o The Doors sin que nadie le frene y/o le detenga en la comisaría más cercana. Lo que me jode es que lo haga justo cuando ya tengo asignado el presupuesto del mes a la media docena de vinilos que llevo en ristre y sí, a algunos CDs, que no me las voy a dar de pureta por escribir en un blog de obligada visita. Lo confieso, tengo miles de CDs. ¿Y qué más da? Si son cosas de la edad…

El paraíso de los Dedos Negros

El paraíso de los Dedos Negros

Alta Fidelidad, la peli protagonizada por John Cusack, dejó algunas escenas para el recuerdo, pero sobre todo cuando este despistado y atormentado dueño de una tienda discos se afana en poner banda sonora a cada momento que acaece en su vida. Es como cuando te dejan, que debes buscar en tu memoria o en tu selecta colección al llegar a casa esa canción que te haga embadurnarte de dolor, algo que se ilustra perfectamente en otra peli (Tres bodas de más) con el baladote de Europe llamado Carrie sonando a todo trapo en el coche. Un grupo, por cierto, coetáneo de Sabrina Salerno y aquellas aureolas antológicas, pero que (sin embargo) supo hacerse un hueco en nuestras memorias catódicas gracias a la duda razonable de si Carrie era un  hombre o una mujer o incluso sus componentes al ver sus cabelleras peinadas al estilo de mujeres jubiladas.

Europe, ¿Quién no recuerda ese gloss y esa laca?

Europe, ¿Quién no recuerda ese gloss y esa laca?

Cuando te dejas una pasta en música te pasan dos síndromes negativos post-pecado: el que adviene una vez te has masturbado sin aparente necesidad o el que sobreviene al día siguiente de una gran borrachera y no quieres volver a probar el alcohol. Cuando eres consciente de que eres insaciable en tu melomanía, te sientes tan culpable como gozoso de haberte llevado esa colección de Bessie Smith por 2 pavos.

Mientras, que si Spotify, que si Itunes, que si la abuela fuma…tú empeña los discos de tus padres que seré yo quien puje como un corredor de apuestas o como un hustler por ellos. De tener un lugar donde almacenarlos ya me encargaré en otro momento. Por cierto, otro día hablaré del verdadero “Día en el que murió la música”.

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