El Ministerio de Cultura como Ministerio poco «cultivado»
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Hermosos y malditas

Cultura: Un ministerio poco cultivado

Cultura: Un ministerio poco cultivado

El de cultura es un ministerio poco cultivado en los distintos sentidos del término. Es un ministerio poco cultivado, en primer lugar, desde un punto de vista histórico. La palabra «cultura» no aparece en ninguna de las constituciones de las que trató de dotarse España durante el siglo XIX. Es mérito de la Constitución republicana de

El de cultura es un ministerio poco cultivado en los distintos sentidos del término. Es un ministerio poco cultivado, en primer lugar, desde un punto de vista histórico. La palabra «cultura» no aparece en ninguna de las constituciones de las que trató de dotarse España durante el siglo XIX. Es mérito de la Constitución republicana de 1931 haber sido la primera en integrar explícitamente la cultura entre los bienes que debe proteger el Estado. Lo hizo en un capítulo de ocho artículos que llamó «Familia, economía y cultura».

La palabra «cultura» aparece numerosas veces en la Constitución Española de 1978. Aquí ya resultan visibles los distintos «usos» del término cultura que habrán de conducirnos (en seguida lo veremos) a ese otro sentido en el que podemos sugerir que el de cultura es un ministerio poco cultivado.

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En la Constitución de 1978, el término «cultura» apunta, de un lado, al patrimonio cultural, lenguas, tradiciones y otras particularidades de «lo protegido cultural». De otro lado, como la cultura tiene un sentido universal (pero mucho más concreto) ligado a las ideas de crecimiento y progreso, el acceso a la cultura es un derecho fundamental. Este sentido cercano a la aspiración formativa, al «cultivo» interior, «espiritual», si se quiere así, de uno mismo a través del acceso al arte, la ciencia, la música o la literatura habría sido, según lo veo, paulatinamente olvidado, apartado, cuando no sustituido, por una visión menos esforzada, una visión muy amplia (demasiado amplia), meramente descriptiva, antropológica (aquí paradójicamente pluri-etnocéntrica) de la cultura que se certificó el día en que la sección cultural de los periódicos dejó de llamarse así.

Aquí mismo ya sugerimos cómo acabar de una vez con todas con las «culturas».

En efecto, el de «cultura» es un concepto complejo que se presta a numerosas confusiones. Los «usos» de la cultura son legión y podría suceder que quien esté al frente de una institución que se llama a sí misma «cultural» no se haya detenido a reflexionar alguna vez en su vida sobre alguna consecuencia práctica de dicha complejidad.

Escribió Raymond Williams que cultura es one of the two or three most complicated words in the English language. En Culture, los antropólogos Kroeber y Kluckhohn compilaron 164 definiciones de cultura que abarcaban desde la metáfora del cultivo de la que proviene etimológicamente el término, al culto a los dioses, de la descripción de costumbres (incluidos, por ejemplo, los sacrificios humanos, las corridas de toros o la tortura) al conjunto de conocimientos y desarrollo científico, intelectual, moral, jurídico o artístico que permite a alguien desarrollar un juicio crítico (por ejemplo, en relación con los sacrificios humanos, las corridas de toros y la tortura).

Expresado de forma muy básica, y en lo que me interesa aquí, podemos convenir en que existen dos grandes sentidos de cultura: el universalista, ligado a una idea crítica-formativa de cuño ilustrado relacionada con la metáfora del «cultivo» y el particularista, de acuerdo con una perspectiva antropológica bajo la cual la cultura adquiere un sentido muy amplio, integrador o total.

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La confusión entre la acepción antropológica y la formativa es relativamente fácil y abunda incluso en aquellas personas que tienen una visión de sí mismas tal que no se incomodan ni un ápice cuando algún desaprensivo las llama «cultas». La volvimos a escuchar (la confusión, digo) hace solo unos días en las primeras declaraciones del entonces ministro Màxim Huerta –No soy aficionado a los toros pero soy ministro de todas las culturas– y de forma sutil en las palabras iniciales de su sucesor, José Guirao, quien pronto apuntó una tercera acepción (un tercer «uso» de cultura) ligado a las dinámicas culturales en la triple intersección: capitalismo, cultura de masas e industria cultural.

Creo que el nombramiento de Huerta y su dimisión no son dos hechos distintos sino un mismo hecho, como si en la acuosa decisión de que el ufanado escritor y tertuliano formara parte de un Gobierno que iba a ser examinado con microscopio no braceara ya, para delirio del ojo situado al otro lado del cristal, una célula nadando alegremente en dirección contraria por la piscina. Uno tuvo la impresión de que Huerta podía ser culpable de muchas cosas, pero no de nombrarse a sí mismo. Es decir, uno tuvo la impresión de que ni siquiera dentro del Ministerio de Cultura se ha cultivado una acepción de cultura de forma seria y razonada.

El Ministerio de Cultura se creó en la Legislatura Constituyente en julio de 1977. Desde entonces ha existido de forma intermitente, ha adoptado distintos apellidos, como esos seres cuya voluntad se empeña en triunfar sobre la experiencia y por ello se ven impelidos a casarse varias veces. Bajo los gobiernos de José María Aznar, el Ministerio de Cultura se fusionó con el de Educación: Ministerio de Educación y Cultura (1996-2000) y Educación, Cultura y Deporte (2000-2004).

¿Cómo debería llamarse el Ministerio de Cultura si no pudiera llamarse simplemente así? Yo creo que «Ciencia y cultura», como «Educación y cultura» son expresiones en algún punto redundantes, pues la formativa (de la antigua Paidea griega o la Bildung alemana) es una acepción imprescindible de cultura. Por otro lado, la ciencia, el arte, la literatura son expresiones culturales. ¿Un trío o una tríada: «Ministerio de Educación, Ciencia y Cultura»?

No.

Pensándolo mejor, tal como expresó de forma alegre y espontánea Màxim Huerta, de acuerdo con la acepción antropológica de cultura arriba señalada, los trajes, los toros, los taxista y los helados de fresa también son cultura. ¡La cultura está en todas partes! ¿Qué tal, pues, «Ministerio de Educación, Ciencia, Trabajo, Seguridad Social y Cultura»? Ah, Guirao recordó luego, como estupendo gestor cultural que debió ser, que hay una faceta de la cultura ligada a la explotación económica de bienes culturales: ¿«Ministerio de Educación, Ciencia, Trabajo, Seguridad Social, Economía, Cultura y Deporte»? ¿Demasiado largo?

Si uno repasa la lista de ministros de Cultura, lo más parecido a un André Malraux que hemos tenido en nuestro país fue Jorge Semprún, un ser humano que se enfrentó una vez a la tortura de la Gestapo, esos hombres que odiaban la cultura (en el sentido universalista apuntado atrás). Huerta no hubiera sido peor ministro que Esperanza Aguirre. El propio Rajoy, lector de periódicos de «cultura deportiva», dirigió el Ministerio de Educación y Cultura. La lista es una suerte de montaña rusa de carros que han circulado enloquecidos arriba y abajo por las distintas acepciones de cultura: Carmen Alborch, Esperanza Aguirre, César Antonio Molina, Ángeles González-Sinde, José Ignacio Wert… A esa velocidad de vértigo, en el descanso de uno de los grandes altibajos de este ente intermitente, en julio de 2011 el Ministerio de Cultura incorporó las competencias en materia de tauromaquia… Eso es justo lo que pasa cuando se decide no pensar en lo que pasa.

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André Malraux, 1969. Foto: Raymond Depardon.

Desde el proceso de afirmación de la cultura inaugurado de forma temprana por la Constitución mexicana de Querétaro de 1917, el siglo XX ha sufrido toda una serie de reveses en materia de cultura. Es el lamento de Adorno, de Benjamin, de Freud, de Simone Weil o de Georg Steiner: la alta cultura pudo convivir con el horror más absoluto. 

A pesar de todo, a mí me gusta mucho la acepción de cultura que invita a reflexionar sobre qué hitos, qué obras, qué libros, qué avances científicos, jurídicos, literarios, musicales o morales han contribuido y siguen contribuyendo hacia un mundo más sensible, más inteligente; un mundo que la gente pueda habitar mejor. Me gusta esa acepción porque la veo descuidada, incomprendida, paradójicamente poco «cultivada».

Creo que Guirao no lo hará mal, pues sabe que el de profesionalidad es un concepto imprescindible, un hito cultural. Unos esperan la ley del mecenazgo, la creación de una verdadera oferta cultural en RTVE, otros, con buen criterio, la creación de una política cultural, yo sólo espero que este ministerio paralice la inercia irreflexiva, infantil, frívola y tibia de las cosas, que sea valiente, que tenga criterio, que se detenga a pensar hacia dónde vamos y hacia dónde queremos ir. Aunque no tengo mucha fe. Como decía con finísima inteligencia Finkielkraut: los prejuicios constituyen el tesoro cultural de cada pueblo.

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Simone Weil (1909-1943)

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