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Conmemora, que algo queda

  • En Música
  • 22 octubre, 2015
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Conmemora, que algo queda

Los plazos de la nostalgia se han acortado tanto, en progresión inversa a la sucesión de hallazgos estilísticos, que la escena pop va camino de convertirse en una espiral de efemérides sin sentido. La nostalgia reconforta por lo que tiene de reconocimiento de un pasado común. En términos culturales, eso se sustancia en nuestro enrocamiento dentro

Los plazos de la nostalgia se han acortado tanto, en progresión inversa a la sucesión de hallazgos estilísticos, que la escena pop va camino de convertirse en una espiral de efemérides sin sentido.

La nostalgia reconforta por lo que tiene de reconocimiento de un pasado común. En términos culturales, eso se sustancia en nuestro enrocamiento dentro de la tribu, en estos tiempos en los que las redes sociales oficializan vínculos comunes entre legiones de -al menos en la práctica- completos desconocidos. Ya sea en la añoranza común de los tiempos de la EGB, en el recuerdo de las películas de John Hughes o en la simple remembranza de aquellos alegres años 80 de neoliberalismo rampante, cardados imposibles y ritmos sintéticos. Así lo dicta el estereotipo, claro.

Elegir aquella década no es casual, por cuanto ha sido aquel decenio el principal abastecedor de materia prima para que los músicos de los últimos tres lustros rebozasen sus propuestas con el barniz revivalista, revisionista o reformulador de todos los estilos, géneros y subgéneros que en aquella década fueron. De los tres, escojan ustedes el adjetivo que más les guste, según la mayor capacidad de inventiva o las menores cotas de mimetismo por parte del músico de turno. Avanzando en el tiempo, los últimos años han visto como la evocación de los años 90 avanzaba a pasos agigantados, algo tan lógico como el propio discurrir del tiempo. Nada por lo que rasgarse las vestiduras.

La capacidad de la cultura pop para nutrirse de su propio pasado, no obstante, comenzó a entrar en una nueva dimensión cuando se empezó a rescatar cualquier clase de efeméride como coartada para esos retornos escénicos tan socorridos, que son el pan nuestro de cada día, desde hace ya bastante tiempo. Y lo mismo daba que la cifra fuera redonda: un 15º, un 21º o un 28º aniversario de la edición de un álbum histórico era motivo más que suficiente para resucitar su temario sobre los escenarios tal y como fue concebido, por estricto orden original, sin necesidad de que el plantel que lo escenificaba se ajustase (ni mucho menos) a la alineación original.

Rizando el rizo e incurriendo en esta esquizofrenia en la que estamos inmersos, según la cual acabaremos muriendo de nostalgia por no tener siquiera tiempo para tomar cierta distancia con nuestro paso inmediatamente anterior sin que la melancolía nos invada (tal y como pronosticó el irreverente Frank Zappa), arrecian en las últimas semanas las noticias que celebran, con estruendo de fanfarria y sonoras alharacas, el décimo aniversario de cualquier single o álbum emblemático. Los plazos se acortan irremisiblemente, y si hace unos años podía sorprender el entusiasmo generado ante reunificaciones que, vistas con cierta perspectiva y sin la obnubilación del fan, prácticamente se habían gestado en un plazo tan corto que no habían dejado tiempo para la añoranza (Pulp, Luna, Blur, Pavement), ahora se reproduce el fenómeno con bandas que, en su mayoría, ni siquiera se han llegado a marchar. Nunca.

Animal Collective: la vanguardia celebrando, autocomplaciente, su eclosión de hacez diez años.

Animal Collective: la vanguardia celebrando, autocomplaciente, su eclosión de hacez diez años.

Arctic Monkeys (aún en un estupendo estado de forma) celebran por todo lo alto el décimo aniversario de su primer single, “I Bet You Look Good On The Dancefloor”. Animal Collective (aún forjando los relieves de su sonido) hacen lo propio con Feels, el álbum que les puso en el mapa de la vanguardia a nivel internacional. Los canadienses Stars rinden también honores a Set Yourself On Fire, -estos sí- conscientes de que rara vez facturarán algo mejor. Incluso los catalanes Dorian celebraron hace unos meses su primer decenio como banda en activo con un alborozo que obligó a esquivar el dial de Radio 3 durante una semana entera, por mera salubridad mental. Y si hacen ustedes la prueba de entrar en Pitchfork, la web de referencia de la independencia pop occidental (recientemente adquirida por el grupo mediático Condé Nast), y teclean la expresión décimo aniversario, darán con la escalofriante multiplicación de conmemoraciones, ya sea en forma de reedición discográfica con gadgets inéditos (nimios e intrascendentes, la mayoría de los casos) o la preceptiva gira para incondicionales: Clap Your Hands Say Yeah, Death Cab For Cutie, Black Mountain, Okkervil River y tantos otros, imposibles de enumerar en unas cuantas líneas.

Es una nueva modalidad de nostalgia pop: aquella que se ceba en el recuerdo de quien nunca se fue. La que focaliza un hito que ni siquiera hemos tenido tiempo de valorar en perspectiva, no digamos ya -en consecuencia- de añorar. La que convierte la no-noticia en fenómeno viral, con la aquiescencia de todos. A ver quién es el guapo que se atreve a encender las luces y detener por un momento la música, en medio de semejante fiesta.

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