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Club Gordo, placer y esperanza a golpe de beat

  • En Música
  • 13 septiembre, 2016
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Club Gordo, placer y esperanza a golpe de beat

¿Qué es lo que determina el éxito de un club? ¿Acaso depende de que vaya mucha gente o de un cuidado lineup? ¿De unos altavoces capaces de generar movimientos sísmicos o de que haya mucha gente de esa rara bohemia, que solo parece existir en estos sitios para sacarse muchas fotos pro? ¿Quizás de que

¿Qué es lo que determina el éxito de un club? ¿Acaso depende de que vaya mucha gente o de un cuidado lineup? ¿De unos altavoces capaces de generar movimientos sísmicos o de que haya mucha gente de esa rara bohemia, que solo parece existir en estos sitios para sacarse muchas fotos pro?

¿Quizás de que la cobertura en las redes sea inmejorable en todo momento? ¿O acaso tiene más que ver con el precio de la entrada y las copas? Lo que sí que es cierto es que su éxito depende un poco de cada uno de estos puntos y que es algo mucho más complejo y sofisticado. Siempre faltará esa pieza angular que convierta el encuentro en una experiencia única y emotiva.

Hoy Club Gordo

Quizá por eso, en algunos clubs los cabezas de cartel necesiten toneladas de pantallas de plasma, confeti, fuego, láseres y naves espaciales. Pero en Club Gordo, a la manera berlinesa, véase la política de acceso de lugares como Berghain, le basta con dejarnos el mensaje de que está ahí, todos los viernes, en la sala Látex de Valencia (C/ Carlos Cervera, 23), dispuesto para nosotros, sin necesidad de invadir a su público con el hype de la programación, las esperpénticas ofertas de los VIP, ni con las fotos para testimoniar lo bien que nos los hemos pasado.

Lo que ocurre en Club Gordo queda en Club Gordo. Es más bien una suerte de pacto colectivo y de resistencia frente a un mundo acelerado, donde la imagen, la exposición y el golpe de like, lo son todo. De ahí que estemos asistiendo a una paradójica sedentarización en plena ideología de lo nomádico: hiperconectados pero incapaces de participar en nada. Y es que la red funciona, en cierto sentido, como aquel imperativo victoriano de hacer visible todo lo perverso, para controlar mejor cualquier mutación (rebelde o revolucionaria) del mundo.

Por eso, una de las normas de Club Gordo radica en no alimentar al narcisista (estrictamente bipolar y de complicado tratamiento) oponiéndose a la transparencia, a la pornografía de la imagen. Porque cuando aparecen las fotos, ese erotismo, que es la fiesta de la vida, desaparece, y no tardan en llegar oleadas de pretenciosos documentalistas con afán de “capturar el momento”, rompiendo así la pureza y coherencia del ambiente, dejando a la música en un segundo plano, es decir, en algo ajeno -un producto más-, para ser retransmitido.

Club Gordo

A la pregunta sobre qué es “música avanzada”, los organizadores del club lo expresan así: Música avanzada es techno, electrónica y house oscuro. Nada fresco. Nada comercial. Esta línea, desatendida en las últimas décadas en muchos clubs referenciales, más pensada en resaltar los matices oscuros inscritos en el ADN del techno, también es la línea que más presente ha tenido el futuro, en esa búsqueda insaciable de posibilidades radicales y sonidos más vanguardistas de la última tecnología.

Esta obsesión por el futuro, ya sea concebida como utopía de placer tecnológico, o como distopía de vigilancia y automatismo, es una buena señal dentro de una época marcada por la precarización, el pesimismo y el cinismo, reticente a cuestionar el futuro dado. Porque el que tiende al futuro sin despegar los pies de la tierra, es fiel al mundo, pero con miras a algo más perfecto y justo. De ahí que esa supuesta “música avanzada” no sea otra cosa que un motor para la esperanza, para la confianza sacra en las posibilidades creativas de la materia, de todo cuanto hay, pese a todo. Así parece que lo exprese subrepticiamente Club Gordo: hay que saber esperar lo inesperado. O como decía Ernst Bloch, en El principio esperanza: Al final, lo que importa es aprender a esperar, porque cada día anticipa un fragmento del futuro que está por llegar.

Así pues, quien vaya a Club Gordo, que guarde silencio y disfrute del momento, como si estuviera en un templo. Porque al final, todo yace en la memoria, y los gestos y entonaciones son la mejor imagen que podemos tener de ese oscuro y mágico lugar. Inolvidable. Etéreo. Y si eres de aquellos que conectan con esta idea, puede ser que también seas de los que cree que, ante el dolor y el mal rollo, la música (y el arte en general) es un refugio y una manera de lograr algo de sosiego y empatía con todos los que te rodean, sin perder la esperanza.

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