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No olvides las canciones que te salvaron la vida

No olvides las canciones que te salvaron la vida

En No olvides las canciones que te salvaron la vida, Carlos Pérez de Ziriza se ha liberado (a su manera) del enorme esfuerzo enciclopédico que ha desarrollado a lo largo de sus anteriores tres obras y se ha soltado la melena. Esta vez la premisa es mucho más directa: un capítulo, un año y una

En No olvides las canciones que te salvaron la vida, Carlos Pérez de Ziriza se ha liberado (a su manera) del enorme esfuerzo enciclopédico que ha desarrollado a lo largo de sus anteriores tres obras y se ha soltado la melena.

Esta vez la premisa es mucho más directa: un capítulo, un año y una canción asociada a sus vivencias personales durante el mismo. Desde 1989 hasta 2018. De los Pixies y New Order a Yung Beef y Kate Tempest con, literalmente cientos de canciones, conciertos, grupos y discos, y claves para entender determinados momentos de la música popular de las tres últimas décadas. Y lo que cuenta, mira tú por donde, se acerca mucho a las vivencias, recuerdos y anhelos de una generación de españoles y españolas. Yo mismo diría que me identifico plenamente con algunos pasajes de su nuevo libro, pero es que, añado, he estado presente en muchos de ellos.

Conozco a Pérez de Ziriza desde hace más de veinte años y he compartido noches y mañanas, conciertos, festivales, penas y alegrías. De la mayoría de todo ello, es él quien mantiene un recuerdo más preciso (sobre todo de los conciertos). Puede recordar con precisión detalles de conciertos que yo había enterrado en mi memoria para siempre. El otro día, sin ir más lejos, ocurrió con uno de Lagwagon.

En lo que sí puedo coincidir leyendo No olvides las canciones que te salvaron la vida —no tiene mucho mérito, creo que nos pasa a todos y a todas los que vivimos la música con una cierta intensidad— es en asociar canciones a momentos determinados de nuestra existencia. La primera paga, el primer beso o las primeras decepciones de la vida moderna suelen ser momento que el subconsciente, de quienes pensamos que Alta Fidelidad de Nick Hornby habla también un poco de nosotros, asocia de manera juguetona a canciones concretas.

La gran virtud de este libro es que Carlos, a diferencia de otros, no ha pretendido erigirse en representante de nada ni de nadie (por mucho que afirme el subtítulo del libro). Otra cosa es que lo que cuente genere empatía y vínculos. En un mundo en el que todos quieren ser diferentes y cada uno nos creemos un copo de nieve único y especial, es reconfortante toparse con un tipo que no aspira a recordarte  lo singular que es, sino que se conforma con compartir contigo el camino y, en este caso, las canciones, que le han llevado hasta aquí.

El autor ha conseguido hablar de su vida y de sí mismo, algo de lo que siempre ha sido reticente, al menos hasta este momento. Incluso en esta ocasión, como hace siempre que escribe, prefiere que el protagonismo se lo lleven músicos, cantantes, estribillos, riffs y samples. Pero es que, bien mirado, forman tanta o, en realidad, más parte de su recorrido vital como el cura de su Primera Comunión o su profesor de Matemáticas de COU.

canciones

Carlos cita por su nombre a sus compañeros de correrías adolescentes en Oxford, a Quico Alsedo y a Nando Cruz (dos veces), pero casi todo lo demás son nombres y apellidos de músicos. No puede, no sabe, no le sale, o no quiere verbalizar el nombre de su pareja, de su hija, o de alguno de los amigos que le han rodeado en varias décadas de conciertos, festivales y francachelas varias. Es algo un tanto extraño para un libro en primera persona pero, en el fondo, contribuye a que esta autosubtitulada crónica generacional cale más en el lector. Sus inquietudes ante las miserias laborales y sus recuerdos de adolescencia pueden ser también los de quien las lee o, al menos, parecerse mucho.

Al mismo tiempo, el crítico musical recuerda momentos, lugares y setlists con asombrosa precisión. Alterna polisílabos barrocos, desempolva palabros carpetovetónicos y los saltea con expresiones y giros valencianísimos, a veces rizando el rizo de la perífrasis. En manos de alguien más engolado, algún circunloquio de doble mortal con tirabuzón merecería una sonora colleja, pero en las suyas no chirría. Él es así y, a estas alturas (como pasa con casi todos sus coetáneos) poco se puede hacer por cambiarle.

A Pérez de Ziriza, como a muchos, la música le ha servido para entender y, sobre todo, aceptar algunas cosas del paso de la adolescencia a la vida adulta. Le ha acompañado en viajes y primeras veces y le ha servido de refugio en malos momentos. Ese valioso recorrido, de la mano de un puñado de canciones memorables, lo cuenta, como no podía ser de otra manera, con la emoción de alguien que siente la música como un elemento vital básico más. De quien, ya que no puede cantar su vida, escribe sobre las canciones que le ayudan a hablar sobre ella.

Foto cabecera ©María Carbonell.

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