Café Society, de Woody Allen, crítica de Eva Peydró.
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Cine y TV

Café Society: Woody Allen, champagne y bagels

Café Society: Woody Allen, champagne y bagels

Café Society está ambientada en los años treinta, entre el Nueva York canalla y el Hollywood dorado, tan dorado como la magnífica fotografía de Vittorio Storaro, capaz de transformar el glamour en melancolía. La película número cuarenta y siete de Woody Allen relata una historia de coming of age, protagonizada por Bobby Dorfman (Jessie Eisenberg), un inquieto chico judío que

Café Society está ambientada en los años treinta, entre el Nueva York canalla y el Hollywood dorado, tan dorado como la magnífica fotografía de Vittorio Storaro, capaz de transformar el glamour en melancolía. La película número cuarenta y siete de Woody Allen relata una historia de coming of age, protagonizada por Bobby Dorfman (Jessie Eisenberg), un inquieto chico judío que rechaza la tradición laboral familiar (joyería y gangsterismo), para probar suerte en la costa oeste, donde su tío Phil (Steve Carell) es un magnate del cine, agente de actores. Contratado como un upgraded chico de los recados, Bobby no solo vence las reticencias de Phil a ayudarle sino que gradualmente formará parte del mundo de sofisticación de sus sueños juveniles.

Café Society

Naturalmente, hay una chica, y aquí es cuando la apabullante química entre Eisenberg y Kristen Stewart (mayúscula en su papel de Vonnie) invade la película y nos seduce como si de un filme propio de la época se tratara. Robert Taylor, Joan Crawford, Joel McCrea son algunas de las gotas que ese permanente dropping names que son las fiestas, partidas de golf y los infinitos actos sociales convertidos en oficinas por los que deambulan actores, productores y agentes. Los cruceros a Catalina, los visones a lucir por contrato, incluso en verano, y el tour por las mansiones de Beverly Hills definen el contexto en el que Bobby y Vonnie viven una historia de amor nacida de la afinidad sin artificios, de las ambiciones reales, modestas y sinceras de dos jóvenes empleados de una fábrica de la que no se creen ningún sueño.

La pareja protagonista encarna la antítesis del mercado en el que venden sus servicios, y que se refugia en pequeños bares, clubes, restaurantes y playas solitarias, para expresarse con libertad (y secreto), sin confundir nunca los grandiosos decorados de los estudios, las mansiones, jardines, piscinas y salas de fiestas con algo que no sea su trabajo. La experimentada Vonnie desata la venda que cubría los ojos de Bobby, haciendo esfumarse las quimeras alimentadas desde la niñez en una familia prosaica y tan realista como el olor a pollo hervido, ofreciendo un idilio casi perfecto, a no ser porque su corazón está compartido.

A partir de aquí, el enredo elegante, las idas y venidas de la dubitativa enamorada y el dolor llevado con dignidad y aceptación por Bobby, nos llevan de vuelta a Nueva York. Woody Allen personifica tradicionalmente California y la costa este, dotándolas de cualidades contrapuestas, la frivolidad, la sofisticación, la vacuidad y la ficción frente a lo intelectual, la cultura y la autenticidad, aunque en este caso la línea no sea tan tajante. Café Society es una historia pendular de amor y desencuentro, de sueños rotos y enmendados, rehechos con seda y terciopelo, como útiles parches, difíciles de disimular. La juventud y la frescura ausentes, los protagonistas desarrollarán una negociación con la vida a la que el director otorga un final que nos hace dudar si nos encontramos ante el Woody Allen cínico, el realista o el romántico.

Café Society (Woody Allen, 2016)

Café Society convierte la metafísica en filosofía de la vida, las escenas familiares en el Bronx son el envés que actúa como divertido contrapunto del literario narrador (el propio Allen), cuyas máximas son reducidas inmediatamente a refranes y proverbios judíos, en una exégesis que transforma el néctar en repollo, que para eso las verdades que salen como puñetazos, en el cine del neoyorquino, nos llegan solo… como bofetadas.

Los ecos de Balas sobre Broadway se limitan a cuatro retazos epidérmicos y la conexión con Midnight in Paris supone revisar, una vez más, el tinte nostálgico del cuadro de honor, donde reconocer a los personajes sobre los que cimentamos nuestra educación artística, literaria, cultural, compendio de lo más cool e icónico de esas épocas que nunca vivimos. Aunque se sitúa algunos escalones por encima de Magia a la luz de la luna o La maldición del escorpión de jade, la nueva película de Woody Allen nos hace esperar a esa nueva Blue Jasmine, que nos permita aúllar de placer y reconocimiento ante el gran director de Maridos y mujeres. 

Eva Peydró
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