Sobre Susan Sontag, la autora de Ante el dolor de los demás.
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Hermosos y malditas

Buscando desesperadamente a Susan

Buscando desesperadamente a Susan

Susan Sontag murió hace 14 años y lo mejor que podemos decir de la autora de Sobre la fotografía es que nos seguimos acordando de ella, aunque no se cumpla ningún aniversario de su muerte ni cualquier otro fetiche temporal. La filósofa crítica con la política exterior de su país no llegó a ver el

Susan Sontag murió hace 14 años y lo mejor que podemos decir de la autora de Sobre la fotografía es que nos seguimos acordando de ella, aunque no se cumpla ningún aniversario de su muerte ni cualquier otro fetiche temporal.

La filósofa crítica con la política exterior de su país no llegó a ver el escalofriante ascenso de Donald Trump al poder político y al meollo del universo simbólico del siglo XXI. La ensayista, autora de Contra la interpretación, se libró de asistir a la actual y cada vez más acentuada  deriva de la crítica cultural. La mujer capaz de describir lo que se siente Ante el dolor de los demás no pudo seguir contando los muertos que lleva en su prepotente y enloquecida lista el estado de Israel. La hábil analista de la fotografía no pudo decir nada acerca de las imágenes de niños ahogados en el Mediterráneo, en la orilla frívola y adormecida de una Europa cada vez más cínica y distante. La lectora aguda de KafkaConrad, BellowHenry James no supo de la muerte de Philip Roth.

Susan Sontag

Sontag era capaz de pensar de forma sofisticada y cosmopolita, y no sólo de forma interdisciplinar (como se insiste tanto ahora confundiendo con ese término la mera yuxtaposición de disciplinas); en Estilos radicales (1969) renovó el género que creó Montaigne para transformarlo en un instrumento capaz de indagar a la vez en las drogas y en la pornografía, en la política y en la literatura occidental mezclando su afilada crítica contra las dictaduras sudamericanas o la guerra de Vietnam con el hermoso cine de Bergman o Godard.

Todos tenemos la fuerza suficiente para soportar el dolor de los demás (François de La Rochefoucauld) fue el frontispicio, muy lúcido, de una obra que supo revisar más tarde, como supo rectificar con rara honestidad intelectual algunas de sus tesis acerca de ese sufrimiento que no resulta posible aprehender del todo en la observación obstinada de las fotografías.

La echamos de menos, la buscamos, ahora que el presidente que pidió un poco de cambio climático, el día que pasó un poco de calor en medio de una rueda de prensa, arropa con maldad y cinismo a la tenebrosa Gina Haspel como futura directora de la CIA. Haspel amerita haber babeado ante la irrupción de una tragedia cultural. Amerita Haspel haber dirigido un oscuro centro de tortura, como un charco de mierda, en mitad de uno de los lugares más bellos del mundo: Tailandia. Allí, entre otras aberraciones jurídicas y morales, fueron torturados de forma tan fría como salvaje, chicos sospechosos a los que tras meses de tres sesiones de martirio diario de acuerdo con un listado macabro ideado en un despacho de abogados incluía golpes en la cara durante tardes enteras, jaulas con insectos o alfileres bajos las uñas al ritmo de rock: no se les pudo «sacar» nada más que su dolor.

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Foto: Annie Leibovitz

Sontag exploró las fotografías de Abu Ghraib. Lo hizo más allá de la indignación y el dolor, buscando una revelación con trasfondo de Conrad acerca del corazón de la cultura norteamericana. En «Regarding the Torture of Others» concluyó que lo significativo de las fotografías tomadas por los propios soldados es la manera en que, siendo pensadas a modo de «trofeos», en ellas es bien visible la cosificación de los detenidos, convertidos en masas de carne, en medio de un sadismo controlado. Obligados en una situación de terror e indefensión absoluta a escenificar actos sexuales (violaciones anales con palos de escoba, ingesta de heces, felaciones forzadas, etc.) ante la sonrisa de los perpetradores, las imágenes –imágenes de una suerte de sadismo pintoresco– participaban de los sentimientos que, relativos a la violencia asimétrica, ya eran muy visibles en las fotografías de linchamientos de ciudadanos de raza negra en numerosos estados de EEUU entre 1880 y 1930. Sontag leyó el mensaje: un tipo de placer y de sadismo situado en una zona muy oscura de la subjetividad de seres humanos con nombres y apellidos, pero también de dirigentes anónimos, ocultos en instituciones opacas nada democráticas.

Buscamos desesperadamente a Susan Sontag. Echamos de menos sus ardientes oleadas de vergüenza, su espejo. Echamos en falta esa claridad muy singular que consiste en llamar por su nombre a cada cosa: Sontag se refirió a la mal llamada «guerra civil» española como una insurrección fascista.

La buscamos en verano cuando los días son más largos y las noches más cortas, la buscaremos cuando una particular variación en la inclinación del Sol coincida con otra política insensible y cobarde, en el estruendo de dos lemas coreados a ambos lados del océano: ¡Nosotros primero!

Esos somos nosotros. Los que vamos primero. Las fotografías somos nosotros.

Susan Sontag

Alex Prager Photographs a ‘Face in the Crowd’

 

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