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Brava, al fin

Brava, al fin

Janine, la protagonista de Brava no es la alegría de la huerta, su trabajo en un banco tampoco es precisamente agradable, ni prestigioso, en tiempos de deshaucios y falta de crédito. Viéndola encarrilada en las vías de una existencia “exitosa” según los cánones burgueses -que explicitan dos de los personajes-, la directora Roser Aguilar solo

Janine, la protagonista de Brava no es la alegría de la huerta, su trabajo en un banco tampoco es precisamente agradable, ni prestigioso, en tiempos de deshaucios y falta de crédito. Viéndola encarrilada en las vías de una existencia “exitosa” según los cánones burgueses -que explicitan dos de los personajes-, la directora Roser Aguilar solo ha necesitado una breve introducción para transmitirnos el desfase entre el interior y el exterior de una mujer todavía inconsciente del hecho de vivir una vida que no es la propia.

Laia Marull, como la extraordinaria intérprete que es, entona a la perfección la melodía desesperada de su personaje: el doble resurgir que implica la toma de conciencia -aquí a través de un suceso violento y traumático- y, después, la evolución para aceptarla y crecer interiormente. Nada es fácil, ni gratis. Cuando pensamos en lo que podría haber sido de la vida de Janine, de no haber sufrido un mal encuentro en el metro, deseamos de inmediato que algo le sucediera, que su día a día fuera roto por un incidente cualquiera, pero tan potente como para hacerla reaccionar, desmoronarse, sufrir, rehacerse y reconstruirse después, como un ser más completo y despierto.

Laia Marull y Bruno Todeschini en Brava.

Laia Marull y Bruno Todeschini en Brava.

Las historias de crisis personal, de coming of age o de madurez, pueden ser contadas en cualquier clave y han dado lugar a magníficas comedias, pero a lo que nos enfrentamos en Brava es a una película que roe la historia hasta la esencia. Por ello, podemos sentirnos en algún momento desconcertados por su discurso, como si faltaran claves o nos lo pusieran difícil para acompañar a su protagonista, casi como si no se dejara abrazar por el espectador que la deseara reconfortar. Sin embargo, en su estilo austero, es la sequedad de una vida, que debería florecer en otras circunstancias, la que nos pide ¡Déjame en paz! ahora necesito estar conmigo.

La complacencia no tiene lugar en el cine de Aguilar, como ya vimos en Lo mejor de mí. Las mejores intenciones pueden no ser suficientes, así como lo que creemos que somos se puede evaporar en un instante. El distanciamiento físico de lo cotidiano, del entorno habitual, es la premisa de la curación, como una despedida simbólica, un paralelismo con el duelo de un yo que ya no sirve. Sola y brava, porque solo desde dentro surge la regeneración y solo hacia dentro debe mirar Janine.

El guion de Roser Aguilar y Alejandro Hernández no se anda con contemplaciones, demostrando que las manos tendidas no significan necesariamente consuelo ni impulso. La interacción de la protagonista con su entorno social, conocido o nuevo, la sigue poniendo a prueba, haciendo aflorar también la cuestión femenina con fuerza y sensibilidad, evitando el panfleto.

En Brava todo es coherente, áspero al paladar y auténtico al digerir y, desde luego, no queremos tener que esperar otros diez años para ver lo siguiente de Roser Aguilar.

Eva Peydró
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