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Beware the Slenderman, terror y crónica negra

Beware the Slenderman, terror y crónica negra

Beware the Slenderman, el nuevo documental estrella de la HBO pone parte de su foco en uno de los fenómenos más apasionantes de la era de Internet: los Creepypasta. Para todo aquel que no esté familiarizado con el tema, se trata del nombre que reciben las leyendas urbanas de terror creadas en la Red. Pueden

Beware the Slenderman, el nuevo documental estrella de la HBO pone parte de su foco en uno de los fenómenos más apasionantes de la era de Internet: los Creepypasta. Para todo aquel que no esté familiarizado con el tema, se trata del nombre que reciben las leyendas urbanas de terror creadas en la Red. Pueden iniciarse con una foto o un meme, con un vídeo, o simplemente con un misterioso mensaje en algún foro online, que luego se propaga de forma viral.

La película dirigida por Irene Taylor Brodsky se concentra en una de esas leyendas, la de Slender Man: un hombre del saco que algunos adolescentes creen real. Beware the Slenderman repasa minuciosamente el caso de dos chicas de doce años de edad que trataron de matar a una de sus amigas (le asestaron la friolera de diecinueve puñaladas), para ganarse la confianza de Slender Man y entrar así en el reino de fantasía que este hombre espigado tiene, supuestamente, en una zona forestal de los Estados Unidos.

La nueva tradición oral

Antes de valorar el documental en lo que de verdad es en esencia (la disección de un suceso de la crónica negra reciente yanqui), vayamos a por su punto fuerte: la forma en la que describe y presenta el fenómeno de los Creepypasta. Acertadamente, se refiere a estos como a la nueva tradición oral; la manera en la que los niños y niñas de hoy en día se cuentan las historias de terror. Antes de la llegada de Internet, hacíamos sesiones de espiritismo improvisadas, nos contábamos historias de miedo en las colonias, o nos asustábamos relatando fugas del manicomio de locos homicidas (en Cataluña circulaba una famosísima: la de un perturbado mental escapado del frenopático, que acababa en el túnel de Viella con una cabeza decapitada en la mano, aterrorizó a varias generaciones).

El caso es que ahora esas leyendas se propagan gracias al Ipad, a los ordenadores portátiles, a las redes sociales. Y eso no es algo malo, sino todo lo contrario. Los creepypasta son los nuevos cuentos de terror, el equivalente actual a los pasajes más oscuros de los Hermanos Grimm. En el documental, de forma acertada, se afirma que Slender Man es una especie de versión moderna de El flautista de Hamelín: un personaje enigmático que rapta niños para llevarlos a un lugar ¿mejor? apartado de la civilización en el que los padres no existen.

¿Documental parcial?

A nivel formal y a la hora de relatar los hechos (echando mano de imágenes del juicio, los vídeos de las confesiones de las chicas, y demás material de archivo),  Beware the Slenderman es un trabajo sólido. El documental tiene una buena factura (un recorta y pega de declaraciones y filmaciones que evitan en todo momento entrevistas largas en su formato más clásico), y hasta cierto punto explica bien las motivaciones de las jóvenes y cuáles fueron los pasos que siguieron para llevar a cabo su macabro plan. Ahora bien, el problema viene con el punto de vista que elige la directora: abiertamente parcial y empático, sobre todo, con las dos niñas y sus familiares. La víctima casi no tiene peso en la narración, y todo el protagonismo cae en las dos adolescentes y el via crucis que vivieron y aún viven sus familias (padres y madres que, obviamente, no vieron venir el crimen).

Hacia su desenlace, Beware the Slenderman descubre su tesis central. Según el Estado de Wisconsin, dada la premeditación y alevosía de los hechos, el intento de asesinato debe de ser juzgado como si las acusadas fueran adultas; incrementándose así las penas si acabaran siendo declaradas culpables (si lo hicieran como menores, serían liberadas a los pocos años).

Irene Taylor Brodsky plantea el documental como un alegato a favor de que las niñas sean juzgadas como menores. Por el tono que utiliza, se presenta como víctimas a los verdugos; no se atreve, como sí ha hecho la ficción, a mostrar la maldad que a veces también anida en los más pequeños, y sí trata de buscar una lógica al trágico suceso. Esa tesis subjetiva, y esas ganas de racionalizarlo todo (Brodsky pasa por alto que los crímenes que aterrorizan más son aquellos que parecen no tener ninguna razón clara), acaba restando credibilidad y pegada al conjunto.

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