Barbara es un caleidoscopio - el Hype
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Barbara es un caleidoscopio

Barbara es un caleidoscopio

Monique Andrée Serf (1930-1997) nació para la música, a la que se consagró como Barbara, en honor al nombre de su abuela rusa, Varvara Brodsky. El debut parisino de la compositora y cantante tuvo lugar en la sala L’Ecluse, en 1958, donde interpretaba al piano a Brassens y Brel, entre otros músicos franceses. Al poco tiempo

Monique Andrée Serf (1930-1997) nació para la música, a la que se consagró como Barbara, en honor al nombre de su abuela rusa, Varvara Brodsky. El debut parisino de la compositora y cantante tuvo lugar en la sala L’Ecluse, en 1958, donde interpretaba al piano a Brassens y Brel, entre otros músicos franceses. Al poco tiempo serían Bobino, Zénith u Olympia los templos que acogerían sus conciertos, ya como una estrella consagrada. Barbara reinó en el Barrio latino y gozó de un prestigio envidiable entre el público, parejo a su éxito comercial, palmarés y multitudinarias giras internacionales –Japón, Estados Unidos, Israel…–, triunfó incluso en un programa de la televisión francesa.

No faltó de nada a la biografía de este personaje tan carismático como misterioso, ya que sus empeños en el terreno humanitario fueron también fructíferos; por su activismo en la recaudación de fondos para la lucha contra el SIDA, Barbara fue reconocida por el gobierno francés con la Legión de honor. Su infancia como judía en plena ocupación nazi y su carácter solidario fueron decisivos para que su generosidad no conociera límites, ya fuera socorriendo a niños desfavorecidos o haciendo pedazos el trofeo otorgado a su disco Barbara canta a Barbara, que en su opinión debía repartirse entre sus colaboradores.

barbara

Los amigos de Barbara lo fueron de verdad y para siempre, no dudó en interpretar un tema al piano durante la presentación de un ballet de Baryshnikov, en el Metropolitan de Nueva York o componer para una obra de teatro de su gran amigo Gérard Depardieu… El perfil personal de la gran artista también incluye dolorosos episodios como los abusos que sufrió por parte de su padre y plasmó en una de las más bellas canciones de todos los tiempos, “L’aigle noir”.

En suma, valga esta introducción para quien no se halle familiarizado con el personaje, ya que el estreno en salas de su peculiar biopic, dirigido por Mathieu Amalric nos ha deparado una maravilla de película digna de su biografiada. Con un curriculum como el que hemos resumido, un talento limitado y televisivo habría convertido las vivencias de la cantante en carne de telefilm de sobremesa, sin embargo el director de la excelente Tournée sobrepasa la anécdota, para alejarse del perfil mímesis de una película tipo La vie en rose y crear,  esa  es la diferencia.

Barbara, película inaugural de Un certain regard en el pasado Festival de Cannes es el fruto de una afortunada colaboración, la del actor y director  Mathieu Amalric y su exesposa, la maravillosa actriz  de cine y teatro Jeanne Balibar. Cine dentro del cine –aplíquense a voluntad metáforas de cajas chinas y juegos de espejos–, la película nos presenta un work in progress: el supuesto biopic que dirige Yves Zand sobre la cantante francesa, que en su filme es interpretada por la actriz Brigitte. La obra de Amalric es una honesta y deslumbrante aportación al género que, en simbiosis, se convierte en un musical en sí mismo; un musical de la escuela que circunscribe las canciones a su ámbito natural, que no se entretiene en pesquisas biográficas o pseudopsicológicas, pero tampoco carga las tintas en la identificación enfermiza de la intérprete y la interpretada.

Y, a pesar de ello, nos parece haber acechado la intimidad artística de la protagonista, reveladora de su personalidad y también, de alguna manera, al espíritu creativo que la imbuye y sirve de proyección de su ser interior. Barbara brilla personificada en Brigitte/Jeanne, mientras que Yves/Amalric cede deliberadamente el protagonismo, sin arrogarse más crédito que el de un director fascinado y transformado por la diva, desde la adolescencia.

La personalísima y encomiable visión desde la que se elige qué y cómo contarnos esta historia, su originalidad y libertad, así como el ritmo –a veces, sincopado y elíptico– tan orgánico respecto al relato constituyen el core que el talento de Balibar dispara tanto a la mente como al corazón. Sin embargo, al mismo tiempo, esa declaración de amor a la cantante, gran regalo, también, de Amalric a Balibar, no es bocado fácil para quien no comparta de entrada la pasión desbordante declarada a Barbara, que puede desinteresarse demasiado pronto o, en el mejor caso, descargarse toda su discografía, en cuanto salga de la sala.

Eva Peydró
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