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La gran aventura de Pérez

Autorretrato

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Somos cotillas por naturaleza, observadores por necesidad y voyeurs por obligación. Sí, vale, pero ¿alguna vez te has preguntado por qué nos interesan las fotos que otras personas comparten en Internet? ¿Qué te lleva a ti a seguir las fotos de otras personas? La primera vez que mi abuelo, octogenario de pro, nos vio con nuestros

Somos cotillas por naturaleza, observadores por necesidad y voyeurs por obligación. Sí, vale, pero ¿alguna vez te has preguntado por qué nos interesan las fotos que otras personas comparten en Internet? ¿Qué te lleva a ti a seguir las fotos de otras personas?

La primera vez que mi abuelo, octogenario de pro, nos vio con nuestros flamantes teléfonos con cámara, se echó las manos a la cabeza. ¿Tú estás segura de que a la policía le va a parecer bien que cualquiera vaya por la calle haciendo fotos a todo y a todos? No le convencimos del todo de que no pasaba nada, que la policía estaba al corriente, y que tampoco es que fuéramos a ir por ahí haciendo fotos a diestro y siniestro porque ¿qué interés podía tener fotografiar cosas o incluso personas por la calle?

De esta conversación hace menos de diez años y fíjense dónde hemos llegado, esto es un sindiós: hacemos fotos de pies, de amaneceres, de animales, de carteles que vemos en la calle, de personas a las que no conocemos, ¡hasta hacemos fotos de fotos!

Y lo peor no es eso, qué va. Lo peor no es que para encontrar una foto del sobrino tengamos que pasar por delante de todas esas imágenes sin sentido, lo peor es que las compartimos. Sí, amigos, las compartimos. ¿Por qué lo hacemos?

¿En qué momento nos hemos autoconvencido de que la foto de la paella del domingo es interesante para otras personas? ¿Cómo hemos llegado a este grado de estupidez? Porque la pregunta ya no es si es interesante o no. Lo es. Tampoco es si somos estúpidos o no. Lo somos, claramente. La cuestión es que no sólo las compartimos en nuestras cuentas de Facebook o Twitter, es que las subimos a Instagram o Pinterest, redes de fotos. Y sabemos que la foto de nuestra paella del domingo es interesante, porque hay personas que nos siguen y se toman la molestia de decir que les gusta.

Y vete a saber el criterio de “megustamiento” porque, no nos engañemos, salvo honrosas excepciones, no son fotos de gran valor artístico. No aportan conocimiento, no destacan por su utilidad, ni por ser de interés general.  ¿Qué nos gusta? ¿Saber que la otra persona se ha metido entre pecho y espalda una paella con pintaza? ¿Nos gusta la pintaza de la paella? ¿Qué nos gusta, POR EL AMOR DE DIOS?

En cuanto a las fotos de cosas, aunque aún no entiendo la razón que nos lleva a compartirlas creo que sí puedo llegar a entender por qué seguimos, por qué participamos. Tiendo a pensar que es una mezcla entre el tradicional cotilleo de portera de toda la vida, voyeurismo morboso, también de toda la vida, y necesidad de contexto.

Las fotos nos dan más información. Son un elemento más para completar el todo de esa persona a la que seguimos, con la que interactuamos, a la que nos gustaría conocer más. Nuestro subconsciente sabe que las fotos que el otro comparte definen aún más su personalidad, nos ayudan a crear un contexto: las cosas que le gustan, las que no, su forma de ver la vida, lo que destaca sobre lo demás.

Paradójicamente, las fotos de las cosas son las que acaban construyendo nuestro autorretrato, mucho más que nuestro propio rostro.

Imagen de www.laverdadnoticias.com

Pérez
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