Alanis, en defensa del libre albedrío - el Hype
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Alanis, en defensa del libre albedrío

Alanis, en defensa del libre albedrío

Ganadora de los premios a Mejor actriz y a Mejor directora en el pasado festival de San Sebastián, Alanis (Anahí Berneri, 2017) supone toda una bocanada de aire fresco a esa etiqueta tan manoseada del cine social. Sí, ese que es comprometido y al que siempre se tilda de necesario pero que, en realidad, suele

Ganadora de los premios a Mejor actriz y a Mejor directora en el pasado festival de San Sebastián, Alanis (Anahí Berneri, 2017) supone toda una bocanada de aire fresco a esa etiqueta tan manoseada del cine social. Sí, ese que es comprometido y al que siempre se tilda de necesario pero que, en realidad, suele ser plano, maniqueo y falto de ideas, tanto en la puesta en escena como en la historia, cosa que debería sonrojar a sus directores y guionistas. La nueva película de Anahí Berneri evita todos esos lastres sin buscar la lágrima o la empatía facilonas, realizando un relato certero y emotivo de una prostituta de 25 años madre de un bebé –interpretados respectivamente por una extraordinaria Sofía Gala y su hijo en la vida real– que lo único que quiere es eso: que la dejen ser puta.

Alanis

La historia de Alanis se inicia con una crisis; la pérdida de la vivienda donde la protagonista ejerce su profesión y lugar que comparte con su familia: la madame que también la ayuda con el niño y las otras chicas. A partir de ahí, la joven queda desubicada e inicia una búsqueda para encontrarse y recolocarse en un Buenos Aires agresivo y claustrofóbico. Y eso es lo que Berneri muestra con inteligencia; una serie de encuadres y planos en los que Alanis, literalmente, no acaba de encajar en las calles de la ciudad, en la tienda de ropa de la tía que la acoge tras ser desahuciada o en la comisaría donde intenta recuperar su móvil confiscado.

La directora es capaz de tocar un tema dramático y tabú con arrojo y frescura.

Su periplo se convierte en un tetris emocional lleno de piezas que caen y adquirien la forma de juicios morales de terceros, trampas, peligros y algún instante fugaz de felicidad; ese paseo en moto que Alanis vive con la ilusión de una niña en uno de los mejores momentos del filme. Las piezas volverán a encajar, algo que también acabará haciendo la cámara de Berneri en una secuencia hacia el final reveladora.

Alanis (Anahí Berneri, 2017)

La brillante formulación visual de la directora argentina –cercana a los hermanos Dardenne, pero con algo más de nervio y sin caer en el tremendismo de los belgas–, viene acompañada de una historia que en ningún momento juzga a la protagonista. Berneri se pega a Alanis para que la conozcamos por sus actos y no por sus palabras. Casi no se revela nada de su pasado o de sus convicciones personales y solo se enfatiza lo siguiente: su deseo de hacer uso del libre albedrío para decidir qué hacer con su vida. De hecho, cuando alguien le cuestiona ese derecho la vemos luchar y revolverse. Alanis es consciente que ser trabajadora sexual puede ser precario y tener sus peligros, Berneri lo plasma en una angustiosa escapada nocturna, pero es su decisión y tiene que ser respetada por los espectadores y, por ende, la sociedad. Eso es, lo que en esencia, quiere contar esta pequeña película. Y lo consigue con creces, ya que es capaz de tocar un tema dramático y tabú con arrojo y frescura.

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