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71 Mostra de cine de Venecia #1 Iñárritu inaugura con estridencia

71 Mostra de cine de Venecia #1 Iñárritu inaugura con estridencia

No nombrarás a Carver en vano, prefiero el cuento persa de Moshen Makhmalbaf y el trampantojo pop de Quentin Dupieux. Alejandro González Iñárritu inauguró la Sección Oficial con Birdman (or The Unexpected Virtue of Ignorance), la historia de un actor famoso por encarnar a un superhéroe, que decide dirigir y protagonizar una adaptación de un

No nombrarás a Carver en vano, prefiero el cuento persa de Moshen Makhmalbaf y el trampantojo pop de Quentin Dupieux.

Alejandro González Iñárritu inauguró la Sección Oficial con Birdman (or The Unexpected Virtue of Ignorance), la historia de un actor famoso por encarnar a un superhéroe, que decide dirigir y protagonizar una adaptación de un relato de Raymond Carver en Broadway en plena crisis personal-profesional. Crisis creativas, personales y de identidad las hemos visto a docenas y nos vienen a la mente algunos logros insuperables cuando la sinceridad del director le capacita para abrirse en canal y reflexionar con talento, seduciendo al público y emocionando con un alarido de dolor auténtico, de ese que sacamos de las entrañas cuando aprendemos y nos reinventamos de verdad. Por el contrario, Iñárritu confunde la estridencia, la redundancia de recursos solapados que llegan a la mutua anulación con la intensidad, la profundidad de análisis que, por otra parte, nunca vemos. Debería saber que como dijo Wilder, al espectador hay que plantearle cuánto suman dos y dos, para que ponga algo de su parte y llegue a la solución.

En algunos momentos, dan auténticas ganas de taparse los oídos ante tal derroche de música-planos-fantasías-ensoñaciones-tópicos, porque estorbarían si hubiera algo debajo, que no es el caso. Para afrontar un tema como el que ha escogido Iñárritu, lo primero es desnudarse de verdad y pasearse durante dos horas cara al público expresando cuál es el conflicto y cómo lidiar con su dolor, pero en su lugar, prefiere quedarse en la retaguardia y observar como se mueven, hablan, sienten sus personajes que, por ello mismo, suenan a hueco, a déjà vu y a tópico intragable. Naomi Watts, Keaton, Edward Norton, Zach Galifianakis y Emma Stone sacan la cabeza del torbellino de gritos, peleas, violencia física y verbal, objetos que vuelan y trajes de prestado, como pueden, mientras la fotografía de Emmanuel Lubezki, ganador del Oscar por Gravity aporta lo necesario a Iñárritu para que su producto sea la respuesta a ese dilema-crisis que hace sufrir tanto a su protagonista.

También inauguró sección, en este caso Orizzonti, el cineasta iraní Moshen Makhmalbaf, quien presentó una fábula sobre las dictaduras y la violencia que comparten con las revoluciones no pacíficas. El riesgo de elegir un formato tan simplificador se ve compensado por la necesidad de contar con una herramienta que admite la descontextualización y la posibilidad de poder estilizar un relato efectivo, contando con los recursos mínimos sin caer en dicotomías ni simplezas. Un dictador derrocado (interpretado por el actor georgiano Misha Gomiashvili) y su nieto y heredero, de cinco años (Dachi Orvelashvili), huyen a través de su país encontrando las consecuencias de su mal gobierno, a través de situaciones y personajes que, como en un cuento, aportan un conocimiento inaudito al tirano. Más que un film sobre las dictaduras, The President es un alegato por los derechos humanos, que poco tienen que ver en las  revoluciones de todas las épocas y de los ejemplos cercanos, que adquiriendo el poder por la fuerza utilizan los métodos de quienes derrocan, incitando a la lucha interna, las guerras civiles y el exilio.

La economía de recursos estilísticos, que no resta belleza ni efectividad al resultado, con hábiles elipsis y licencias, consigue que el relato seduzca con la misma eficacia de un cuento, recordando esa otra fábula sobre la pobreza y la inmigración, sin lugares ni fechas que dirigió Costa-Gavras, titulada Eden à l’Ouest. Cuando tanto hemos visto y leído, se agradece una mirada tan limpia como la que ofrece una fábula descontextualizada y tan bien pergueñada como la obra de Makhmalbaf.

La violencia también llegó a la Mostra con Kim Ki-duk y su película One on One, otra fábula en la 71 Mostra, esta vez sobre Corea, metaforizada en la niña que es asesinada en la primera secuencia. Lamentablemente, la obra del coreano es incapaz de mantener el interés, el argumento es excesivamente burdo y reiterativo sin necesidad alguna, convirtiéndose en una rareza dentro de su filmografía, entre la que se cuenta la ganadora del León de Oro en 2012, Pietà. Alegato anticapitalista, en el que los oprimidos se toman la justicia por su mano, tiene la virtud de mostrar comportamientos y actitudes, que en el caso de los marginados no superan éticamente a sus explotadores.

La falta de valores humanos, la defensa del débil o el acatamiento sin cuestión de las órdenes son síntomas de una sociedad sin esperanza, tal como la plantea Kim Ki-duk, que parece incluso autoparodiarse en el empleo de la violencia, de la que poco a poco nos distancia a lo largo del metraje, no porque deje de recurrir a ella, sino porque la transforma en algo incapaz de conmover, mostrando lo absurdo de su empleo, por unos u otros. El esquematismo de la trama no proviene de su tesis, lo que es de agradecer por el realismo y su planteamiento inicial. Sin embargo, el resultado no llega a convertirla en una película recomendable.

One on one (2014, Kim Ki-Duk)

Reality es la película que Quentin Dupieux ha tenido en la cabeza desde que rodó Rubber. Cien por cien fiel a su estilo, la estrenó en la sección Orizzonti con una gran acogida, siendo ese tipo de director que te fideliza o te repele. El argumento es intrincado, jugando con realidad, tiempo, sueños, multiperspectiva… donde un director novel conseguirá producción para su película si es capaz de grabar ese grito de horror que mereciría un Oscar. Según Dupieux, pretendía rodar una Inception divertida y desenfadada, que no fuera aquel aburrimiento, según sus propias palabras. Divertida, lo es, lo de Inception está por ver, me gustaría saber si Dupieux es fan de Nacho Vigalondo, eso sí.

La estética ochentera, los personajes bizarros, pero adaptados a la vida cotidiana, una trama que no funciona en términos de verosimilitud, aunque tácitamente aceptamos todo tras la primera secuncia, las bandas sonoras maravillosas compuestas por su alias Mr. Oizo son marcas de autor que nos enganchan a cada nuevo film de Dupieux, sea el neumático asesino o el policía anormal. En Reality, el director ha conseguido un reparto que le es muy querido, el humorista francés Alain Chabat, miembro del grupo Les Nuls, de quien es rendido admirador y borda su papel junto al mítico Jon Heder (Napoleon Dynamite).

Reality (2014, Quentin Dupieux)

Eva Peydró
ADMINISTRATOR
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